Un viaje de los sentidos

     

La ciudad ha quedado lejos, detrás de montañas y carreteras. Cuarenta minutos al aeropuerto y dos horas al avión. Había cierta expectativa y a la vez cierto remordimiento por lo que uno deja atrás y por el cambio de horario que se veía venir. Se avecinaban, en una proporción justa, un millón de nubes de noche y de madrugada. Se venían también, junto con el avión, las horas que separan América de Europa, y adiós.

Las constantes despedidas y gestos de atención se volcaban a kilómetros de distancia, dejados atrás donde no había que tener autorización para volar y donde las nubes no lo sacudirían a uno si tenían furia. Era el abominable rato eterno de surcar los cielos y llegar a otra parte del mundo donde el mundo fuera distinto. Altitud de más de treinta mil pies y velocidad de crucero para tomar un camino de mares y vientos alisios.

En el avión gigantesco se podía sentir un centenar de personas inhalando y exhalando,  y el aire que por poco nos desbordaba sabía un poco a comida empaquetada. -¿Desea un paño húmedo?, se oía a ratos desde algún lado. Las señoras y los señores de uniformes, expertas y expertos en todo lo referente al viaje por los cielos, parecían unas máquinas autómatas con cada detalle previsto y cada centímetro del avión cubierto.

El aterrizaje debía estar próximo porque la noche ya se estaba acabando y lo estaba haciendo tal vez demasiado rápido. Menos de 8 horas de oscuridad y estrellas y ya se divisaba una tenue línea, con bordes entre azules y rojos, que pronto iba a engendrar un nuevo día, poniendo en la bóveda infinita un sol y un cielo con los mismos colores. Igual los motores del avión no dejaban de rugir a toda máquina, y trabajaban en proporciones sobrehumanas e interminables  para acercarse al sitio donde se debía aterrizar. Tantas horas escuetas y apagadas que solo servían en el mejor de los casos para intentar dormir.

El capitán de la nave daba avisos parroquiales de vez en cuando, que además de despertar a los dormidos, los ilusionaban con la prontitud del descenso y el descanso pero terminaban ofreciéndoles consejos legales o descuentos sin aduana.

La imaginación, a ratos, permitía escapar de la rutina que provocaban la colocación de las sillas y el sonido de las turbinas. Entre dilemas, ratos de ocio y un adormilamiento evidente, pensaba uno en cosas tan triviales como extraordinarias. Se era capaz de intentar deducir la manera de las cosas allá, sus costumbres más ajenas y, más importante aún, qué diferencia habría de la vida en Colombia.

¿Comerán tres veces al día? ¿Descansarán el domingo? ¿Qué habrá en este lugar? ¿Cómo será su gente? Algunos en el vuelo seguramente ya sabrían estas cosas, pero era imposible saber a quién preguntarle. Éramos los curiosos, los aburridos, los resignados, los excitados: todos mirando a través de alguna ventana buscando algo más que mar.

Entonces, ya con una tierra prometida aparentemente cerca y sin esperanza de retorno, los temerarios que por a o b estaban yendo a Europa empezaban a impacientarse a bordo de un vuelo de 11 horas. Era mucho el tránsito al baño, el acomodarse sin éxito en la silla o el ir por ahí a no hacer nada. Los hablantinosos ya no tenían nada que mencionar, los dormilones ni roncaban y los más hiperactivos solo podían hacer maromas  con sus dedos.

La cola de la aeronave, en un momento de sospechosa aleatoriedad, comenzó una ligera inclinación hacia arriba y el hombre al mando ordenó usar los cinturones y enderezar las sillas. La gente de ventana o pasillo, obediente, se puso en la sintonía del aterrizaje. El destino ahora sí parecía próximo, sin importar que faltara la pérdida de altitud, la salida del tren de aterrizaje y el toque en el piso. Los vellos se erizaban con cada sobresalto y una sensación cándida se apoderaba del vientre bajo. Todas las personas expectantes se concentraron en el momento en el que las llantas tocaron el asfalto, y ese suceso que tomaría un par de segundos pareció durar mucho más. Ya era la hora de llegar, de escuchar los últimos anuncios parroquiales y de amontonarse en la salida.

Sin más, había un cielo nuevo encima y una tierra nueva debajo. Los costosos gastos de operación aérea le daban al avión un lugar exacto para parquear y dejar salir a los viajeros. Cada uno, con ciertos kilos de equipaje en la mano, no cabía casi en la ropa ya fuera por la emoción o por el sudor y el cansancio. De todas formas todos tenían o teníamos cara de necesitar un buen baño.

Luego de indicaciones en un español ya extranjero y un inglés mal hablado, todos se dispusieron a coger distintos rumbos dentro o afuera de la ciudad de Madrid. Después de traspasar los controles de equipaje y pasaporte, fueron añadiéndose a la multitud ibérica y diversa que algo tenía en la cabeza y algo tenía para hacer. Por poco y ya éramos todos españoles, pero aún faltaría mucho para pensar algo tan descabellado.

La luz era amarilla y olía a frío. El aeropuerto, de magnitudes grandes y espaciosas, se renovaba en caras cada cierto tiempo. Algunas de angustia, de premura y de agotamiento y otras de expectativa, tranquilidad y satisfacción. La zona posterior a la recogida de equipaje, donde una gente es recibida y otra recibe, variaba de personas en intervalos no regulares. Algunos acostumbrados a los trayectos largos no saludaban a nadie, otros desubicados trataban de no perderse, otros buscaban a quienes serían sus choferes o guías y otros se encontraban con sus familiares y amigos. Los abrazos eran los premios de las largas horas de espera, y todas las bienvenidas eran calurosas.

Pero no había tanto tiempo para fijarse solamente en la solemnidad o el ajetreo de un aeropuerto. Había que buscar la forma de volver a viajar, no de regreso sino aún más lejos.

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Juan Pablo Sepulveda

Tengo 20 años, estudiante de periodismo, apasionado por el deporte y la escritura.

5 Comments

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  • ¡Qué bien Juan!, ¡qué bueno que estés allá!… sobre ese nuevo cielo encima -y sobre esa tierra nueva abajo- que se te multipliquen las alegrías, las bendiciones y las palabras…
    ¡¡Buen viento y buena mar siempre!! <3

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