Un país condenado | Parte 1

Hace pocos días, me contaba alguien cercano que labora para algunos colegios públicos, su experiencia en una sublevación realizada por estudiantes de bachillerato, quienes lograron amedrentar por unos instantes a todo el personal de la institución.

Todo comenzó cuando escuchó el estridente sonido de las sirenas y los alegatos desde una oficina administrativa, la cual, goza de mucho silencio gracias a su lejanía con los normalmente alborotados salones de clase. Impulsado(a) por la extrañeza, se acercó con cautela para así observar con seguridad la razón de tal escándalo.

Al estar a la distancia adecuada, se percató de cómo un cúmulo importante de estudiantes tenían pancartas, sirenas, arengas y una euforia iracunda característica de muchedumbres viscerales. Como es obvio, el estruendo no solo llamó la atención de mi fiel testigo, sino de otras personas del planten que sí tenían la obligación laboral de intervenir.

La atribulada revuelta –me narraba– fue motivada por la supuesta deficiencia en la prestación de algunos servicios por parte de la entidad que, según los representantes de los sublevados, eran precarios gracias a la desidia del área directiva. Una razón que, si bien puede ser valedera, para el caso, es la mayor evidencia de nuestra condena como país.

Los gritos y amenazas de un paro estudiantil indefinido, lograron que cuatro (4) integrantes del plantel fueran voceros temporales de la institución, y así pudieran atender a los seis (6) representantes de la movilización. Para mala suerte de mi testigo, al contemplar la mirada de miedo y súplica de una de las profesoras, le toco abandonar su posición segura y fungir como tercer intermediario.

Los envalentonados representantes comenzaron sin mediar palabra con la exposición de motivos, siempre culminando con la fuerte amenaza de un paro indefinido de no tener soluciones concretas. De todas las superfluas demandas, son de resaltar el paupérrimo y asqueroso estado de los baños de estudiantes, el deseo de tener prácticas de laboratorio, tener acceso al Plan de Alimentos Estudiantil (PAE) y, la más desconcertante, tener comida caliente.

Tales demandas, fueron recibidas con mucha indignación por una docente presente, ya que varias no estaban en control de la institución, sino que dependían de otras entidades. Por ello, decidió tomar la palabra y contestarles de manera tajante, y punto por punto.

Como en la mayoría de las instituciones educativas públicas, los baños están divididos por los tipos de usuarios que usan las instalaciones del plantel. Así, los profesores tienen uno de uso exclusivo, los alumnos igual, y en algunos casos hasta los visitantes. Por norma del Manual de Convivencia, cada usuario carga con la responsabilidad de mantener el baño aseado e higiénico para que todos gocen de un servicio básico, aunque de calidad.

Con ello como base, los acusó directamente de ser los responsables del desastre de los baños de los estudiantes, ya que la Alcaldía si tiene contratado un servicio de aseo regular para el Colegio, pero que nunca es suficiente por el nivel de suciedad que causan. Además, mencionó que es el único baño que constantemente necesita sistemas de válvulas para los inodoros, debido a su constante hurto.

El segundo punto fue el del PAE. Si bien este programa busca dar un complemento alimenticio a todos los estudiantes, la asignación de sus recursos no son potestad de la directiva del Colegio, sino de la Secretaría de Educación, la cual es la responsable de la contratación y ejecución de este. Para este punto, el numeró de estudiantes iracundos descendió, y se culminó el tema del PAE con que la temperatura a la que se entregaría la comida también es responsabilidad del operador que las transporta. Al ya no tener mayores alegatos, los estudiantes entregaron una carta que, supuestamente, reposaba todas las demandas con sus justificaciones.

La carta en sí no era más que un recopilatorio de lugares comunes y la exigencia del cumplimiento de “derechos”: una constante que vemos en varias de las manifestaciones de los “adultos”, cosa que fue señalada por una del grupo representante del Colegio y que usó, de manera muy elocuente, como un paralelismo para puntualizar el grave problema democrático que sufre hoy Colombia.

La primera moraleja

Tal y como los niños, o más bien, mal influenciada por ellos, la sociedad colombiana está atrapada por uno de los más tóxicos síndromes: el de Peter Pan. Este síndrome se puede definir como un conjunto de rasgos personales que se caracterizan por mostrar una gran inmadurez emocional en la edad adulta. Los síntomas más característicos (los que están en negrilla los considero más notorios) son:

  1. Altibajos emocionales: no son capaces en controlar la ira o pueden sufrir crisis de ansiedad.
  2. Inseguridad y falta de autoestima (aunque a veces, parecen arrogantes).
  3. Carpe Diem: no quieren pensar en el futuro (carácter irresponsable).
  4. Comportamiento impulsivo, y si algo no les sale bien ¡es culpa de los demás!
  5. Inmadurez generalizada.
  6. Idealizan la juventud para negar la madurez, y como consecuencia, tienen una preocupación en exceso por su aspecto y bienestar físico.
  7. Viven fuera de la realidad o en un mundo de fantasía: hablan de proyectos no alcanzables, negocios prósperos o amores increíbles, y exageran los logros.
  8. Narcisistas, egoístas y egocéntricos: no se preocupan de los problemas de los demás.
  9. Baja tolerancia a la frustración: por lo que se sienten insatisfechos, reaccionan fuera de lugar y son intolerantes a las críticas.
  10. Intentan conseguir grandes cosas sin grandes esfuerzos.
  11. Miedo a la soledad (también suelen tener miedo al compromiso): les cuesta mantener una relación de pareja estable, y en ocasiones, acaban siendo personajes solitarios.
  12. La creencia de que están más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas.
  13. Problemas con sustancias que crean adicción.

Sé que es temerario e imprudente tratar de “diagnosticar” a una sociedad completa, pero en mi defensa les pregunto: ¿Nunca han visto o sido víctimas de personas así en debates políticos en redes sociales? O ¿No conocen a un político que muestre la mayoría de estos síntomas? En definitiva, la proliferación de estos personajes es de miedo, y parece que nadie se interesa por ello.

Aunque la cosa no acaba aquí, y si bien podemos sentirnos cómodos con este pseudo-diagnóstico, el problema real no subyace en esta enfermedad, puesto que las sociedades no son un ente individual. Más bien deja en carne viva uno de los principios base que rigen, no solo a la sociedad, sino a todo el aparato estatal… Pero eso será para la segunda entrega.


Este artículo apareció por primera vez en nuestro medio aliado El Bastión.

About the author

Carlos Noriega

Barranquillero. Administrador de empresas con varios años de experiencia en formulación y ejecución de proyectos productivos de capital privado, público y mixto. Director ejecutivo (CEO) y miembro fundador del medio digital liberal/libertario El Bastión y de la Corporación PrimaEvo.

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