Un hombre que representa la esperanza: Obama

El 20 de enero de 2009 prestaba juramento como presidente de los EEUU un hombre que para muchos, a lo largo y ancho del mundo, representaba la esperanza, el cambio, el futuro en un país que salía de una presidencia muy pobremente evaluada; llegaba a la presidencia de la primera potencia del mundo Barack Hussein Obama.

Recuerdo perfectamente la alegría mía y de tantos y tantas que nos identificábamos con una visión liberal, pluralista, respetuosa de los derechos humanos y claramente comprometida con la equidad como herramienta necesaria de desarrollo.

No era para menos.  Desde su nombre – con claras referencias a países y culturas declaradas como “enemigas” por la derecha gringa tradicional – hasta su condición de afroamericano (primer candidato presidencial demócrata de esta condición y, por supuesto, primer presidente negro en la historia de EEUU) su triunfo en las elecciones nos hacía creer en un país donde pensamos que esta elección nunca se daría y nos permitía soñar con que mucho de lo considerado hasta entonces como utopía estaba al alcance de la mano.

Mucha agua ha pasado bajo el puente.  El primer período de gobierno demostró que es más fácil crear la esperanza que saberla administrar.  Temas tan importantes como Guantánamo, el bloqueo a Cuba, la salud para los más pobres y la generación de trabajo e ingresos en una país saliendo de la más profunda crisis económica desde la depresión de los años 20 nos obligaron a moderar nuestras expectativas y a cargar con las previsibles críticas de los contradictores cuando lo prometido no se correspondía con lo realizado.

El pasado 12 de enero Obama pronunció lo que será su último discurso sobre “El Estado de la Unión” y nos da una cátedra de cómo se habla y escribe para la historia.

Liberado ya de las presiones electorales que le acosaron en su primer gobierno, se nos presenta como ese  estadista que ha entendido su lugar en la historia y las responsabilidades que le cabían con el pueblo norteamericano y con el mundo mismo.  Acometió peleas que le causaron no pocos dolores de cabeza pero que las consideraba justas, correctas: la reanudación de relaciones con Cuba fue un audaz paso en el sentido correcto, la reforma a la salud que se encontró con toda la oposición parlamentaria posible como portavoces de una industria millonaria y que logra sus beneficios a partir de la inequidad, el inicio de desmonte de Guantánamo y un nuevo tono en las relaciones internacionales en las que su visión del liderazgo lo aparta de aquel obtuso papel de “policía del mundo” para llevarlo más de lado de la cooperación y el apoyo (a nuestro proceso de paz incluso, que mereció mención en su discurso); últimamente llegó su coherencia al nivel de iniciar lo que debería ser el control para la compra y porte de armas en Norteamérica cuando todos sabemos que este es un punto de honor para muchos de los ciudadanos de ese país.

Ese es el Obama que recordaremos.  El que defiende el debate democrático interno como la necesaria confrontación de visiones de país y de desarrollo pero que requiere del respeto como condición indispensable, que impide satanizar a los contrarios a su partido y tratarlos de “traidores a la patria” por no compartir sus ideas.  Aquel que le dice claramente a la ciudadanía que los  políticos no son los responsables de avance o retroceso del país, que este depende de manera fundamental de la voluntad de todos y cada uno, del concurso del ciudadano de a pie en el cumplimiento de sus obligaciones y de su apego a la ley. Del que cree de manera inequívoca en la educación como camino de progreso y ascenso social y de la calidad de esta para todos – no solo para los ricos – como un principio de justicia social.

Hace 7 años tenía yo una sonrisa en la cara pues la democracia norteamericana me demostraba con la elección de Obama que este es el sistema adecuado para gobernarnos como pueblos y para progresar en libertad.  Con su último discurso esa esperanza se me ha renovado.

No se queden con apartes del discurso, no se queden con estos mis personales comentarios, léanlo para que se hagan su propia opinión.

Vale la pena.

About the author

Alejandro Gómez López

Médico, especialista en auditoría y finanzas. Experto en Sistemas de Seguridad Social.
Docente universitario y consultor.

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