Testamento

“Que arda hasta el más recóndito de los sueños, y siente… Como si perenne fuese aquella hoguera sobre tu cuerpo.”


Es preciso recordar el por qué hacemos las cosas, si lo pensamos con detenimiento, son pocas las cosas que realmente tienen sentido, y, a veces, son aquellas a las que menos atención les prestamos. Pero, ¿las cosas tienen o nos hacen sentido?, es claramente impertinente lo que yo responda.

¿Por qué existe la literatura?, ¿cuál es la finalidad de expresar amor y odio en una nota?, ¿por qué es necesario que este texto se difunda en exclusiva para un medio independiente y no basta el hecho de que nazca para morar en la intimidad de mi diario donde rezagos de verdad serán secreto que alguien quemará como mi historia?, ¿para qué escribir desde el lugar de un heterónimo, que es un tanto más yo conmigo misma porque nadie le define ni con expectativas le traiciona?, la trascendencia de lo inútil, la belleza de contemplar el tiempo estremecido por sentimientos sin correspondencia ni gloria.

Venir para decirme lo incómodo, buscando apelar a la cultura que me trasgrede, desgarrando mi humanidad en el proceso transformativo, asediada por una máquina que me sostiene productiva pese a la muerte que mi alma exhorta. La Inteligencia Artificial podría redactar textos mucho más interesantes que este, pero la persona tras el monitor se enlaza emocionalmente con cada letra que se imprime en la pantalla, existiendo al ser leída, vinculada en cada nueva entrada con los lapsus de mi propia historia, que ahora sanan al ser ajenos, irrelevantes como el daño para mi sombra.

¿Cuántas personas habitan un cuerpo?, ¿cuántas máquinas se necesitan para que exista una persona?, ¿podría morir alguien sin cuerpo?, ¿cuántos olvidos contiene la memoria?, es tan absurdo el llanto como improcedente trasladarme al avatar, que jamás tendrá fe, aunque ya de espíritu esté rota. Me voy gustando en lo imperfecto de la piel cuando se eriza y mis mejillas que se sonrojan, frustrada en la distancia que no descifra mi ternura, que mis afectos no nota, identidad en el verso torpe que me hace única bajo la firma de una otra sin heridas, que no es más que yo en la aspiración libre, hija de mi imaginación sin amenazas y carente de apellidos cercenados de la sociedad para experimentar ilusiones hermosas.

Configurada por el algoritmo que me propuse educar al ser consciente de la procedencia de las ideas, sospecho ser la esclava del éxito ante la derrota de mi pasión ahora frígida por una prosa que en el miedo se aborta. Yo solo quería un beso, pero el código me reclama las facturas posmodernas que cobran creencias líquidas por las cuales me siento mejor cuando estoy sola, alguien sin rostro conversa conmigo consolando mi silencio con información técnica que mi conmoción despoja, temo no volver a enamorarme gracias a las métricas grotescas que narran lo desechable de la gente con precio, lo fungible de un abrazo para animales que por simple instinto se consumen y se botan.

Dios no ha muerto, lo estamos matando, superficial orfandad a la que asistimos para ser programados por otro ser humano, replicamos conexiones neuronales a cambio de nuestra propia estupidez incrementando la alucinación colectiva polarizadamente distópica, entropía del universo al que tratando de entender estamos despreciando, sin comprender lo profundo de una congoja, agujeros negros son ambiciones en los que la inercia es destructora.

María, vivir es vocación creadora…


Todas las columnas de la autora en este enlace: https://alponiente.com/author/mmercedesf/

María Mercedes Frank

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