Cultura Opinión

Sucumbiendo a la manipulación

Es mi firme convicción que esta insistencia irracional en la emoción y la pasión conduce, en última instancia, a lo que sólo merece el nombre de crimen […] dicha actitud, que […] en el peor de los casos conlleva un desprecio por la razón humana, debe conducir al empleo de la violencia y la fuerza bruta como árbitro último de toda disputa.
Karl Popper


El reciente paro nacional que, en un inicio se produjo en contra del proyecto de Reforma Tributaria impulsado por el gobierno de Iván Duque, y que aún persiste y ha provocado un colapso económico y social no visto desde hace mucho tiempo en Colombia, reafirmó además el hecho de cómo diversas instituciones, de todo tipo, pero fundamentalmente culturales, han sido colonizadas por activistas de izquierda.

¿Supremacía?

Los peores han sido –además de los medios de prensa televisivos y digitales, salvo por unos pocos periodistas que no han avalado la metodología subversiva que busca acabar con la poca democracia e institucionalidad que aún nos queda– los conocidos como “influenciadores de redes sociales” como Facebook e Instagram, tomados de referentes en muchos aspectos, y ahora también en materia político-económica, pese a carecer de toda rigurosidad a la hora de profundizar en lo que concierne a esto.

Por otro lado, una masa considerable de los intelectuales que gozan de más popularidad –si es que pueden ser llamados de esa manera– tampoco ha obrado de la forma más sensata posible; ofreciéndonos un inescrupuloso discurso empachado de trivialidad e incontinencia intelectual y auto-santificación, reflejado en la pretensión de que de un desastre como el que en este momento nos atañe, puede concluir sin que absolutamente nadie pague un costo en términos de cuestiones que todos los colombianos consideramos valiosas. Resulta muy curioso que lo hagan, y que además justifiquen acciones vandálicas como los bloqueos sobre las vías nacionales, los cuales, están provocando pérdidas substanciales, especialmente, en materia económica y sanitaria, y un profundo desabastecimiento e incremento de precios en productos importantísimos de nuestra canasta familiar.

Y, desde luego, no se puede olvidar al sindicato más grande que existe en nuestro país: la Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación (FECODE), quienes han tenido la desfachatez de anunciar que una de sus peticiones –son participes de este paro ¡que novedad!–, consiste en no volver a dar clases presenciales; claramente, los niños y jóvenes sólo les importan para sacarlos a las calles como carne de cañón, y no saben otra cosa que vagar y adoctrinar a las nuevas generaciones ¡Y se los seguimos permitiendo! Lo paradójico, es que aún así, existe gente que me pregunta por qué razón yo me opongo a la educación “pública, gratuita y universal”, sabiendo que es un “derecho humano” –razones sobran, más con esta cuestionable forma de obrar–. Peor todavía, ha sido el torpe proceder del Presidente de la República y de otros gobernantes locales. Muchos, como el “Alcalde de Cali” –uno de los más ineptos mandatarios locales que actualmente tenemos–, se han encargado de paralizar todo lo que han podido el actuar de policías y uniformados como si el verdadero y único problema de Colombia fuera el abuso ejercido por policías y militares –que no es de ahora–, cuando el verdadero desastre se debe al colapso del Estado de derecho, que reposa precisamente en el uso de la fuerza.

A eso, sumémosle el brazo político de terroristas, narcotraficantes y delincuentes que forman parte del Congreso –y no hablo solamente de Uribe y sus huestes, para que no me caiga la horda de fanáticos petristas en manada a atacarme–, y sus deplorables justificaciones de la destrucción de las vidas de millones de colombianos; lo cual, no compete únicamente a las muertes hasta ahora registradas, ni a los heridos y desaparecidos de esta movilización nacional, sino también a todos los que en este momento no han podido ejercer su derecho a laborar, además de los productores campesinos –por efectos de los bloqueos en vías de los que ya hice mención– y otros más. Para colmo, también nos encontramos con aquellos empresarios carentes de fortaleza y convicción, y que ahora más que nunca, salen con el absurdo de que la desigualdad es el origen de esta situación tan lamentable. Estamos echando mano de todos los ingredientes de la receta perfecta que conducirán a Colombia a un terrible final.

Sin embargo, para que todo sea mucho más desastroso, es imposible excluir a una masa muy significativa de personajes que, cada vez tienen más injerencia en la opinión pública, primordialmente en cuestiones de política y economía –bobada sería que se educaran antes de hablar–: los artistas y las celebridades, quienes ahora han aprovechado más que nunca para posar de buenas personas hablando de desigualdad y de la “dictadura” que nos gobierna –dictadura que permite hacer desmanes en las protestas y que, desde que empezó su gobierno, ha cedido a sus presiones y caprichos de “sentarse a dialogar” ¡vaya dictadura!–, en casi todos los casos, propagando mentiras. El nivel de absurdo e insensatez llega al punto de que, muchos de ellos han sido invitados a formar parte de los “negociadores”, como es el caso de la fracasada cantante Adriana Lucía

La estrategia

… Y es que, como indicó el teórico marxista Antonio Gramsci hace casi un siglo, lo que consiente que el capitalismo de libre mercado –que por cierto, ¡no hay en Colombia!– se sostenga es su legitimidad frente al público general. Para Gramsci, la especie humana se mueve por las ideas, las creencias y las percepciones, más que por otra causa. Debido a ello, es que insistió tanto en que el camino para lograr la inminente caída del capitalismo no reposaba únicamente en la revolución armada –como lo postuló el mismo Karl Marx–, ya que no contaría con respaldo popular a largo plazo. El mejor camino, para él, residía en la construcción de una hegemonía cultural.

Gramsci planteó que el Estado fuera invadido por instituciones orgánicas propias de nuestra sociedad, previamente infiltradas; iglesias, medios de comunicación, instituciones educativas, empresas, entre otras, se convertirían en espacios para posicionar el pensamiento socialista. Contemplaba además, que el declive del Estado como “organismo funcional a los intereses de la burguesía” no se lograría sólo de la manera que LeninHitler también– consideró: desacreditando las fuerzas militares y sustituyendo la clase política; su propuesta buscaba “una nueva voluntad colectiva entre las masas”, alineada con tener a las personas “idóneas” en las altas esferas de la sociedad civil y de las burocracias estatales. “La marcha larga a través de las instituciones” la llamaba.

Prostituyendo a la comunicación

Por otra parte, nos encontramos con un arma fundamental en la batalla de las ideas desde la trinchera de la izquierda colombiana –y de la continental y del mundo también–: la lengua. Primero, estos han depositado todos sus esfuerzos en impulsar la corrección política, que desaprueba tácitamente la ofensa como parte fundamental de nuestro derecho individual a ejercer la libre expresión; y posteriormente, trajeron el lenguaje inclusivo –de tarados más bien–, el cual nos obliga a modificar el uso de los plurales, en aras de dejar de excluir a los que desde siempre han sido “oprimidos”.

Ahora, con el fin de explicar la razón de ser de este paro violento y de las acciones emprendidas en contra nuestra y de nuestra propiedad privada, despliega por todos los canales posibles, un asalto minucioso y muy bien calculado. Los lectores de la distópica novela 1984 (George Orwell, 1949), sabrán que en la neolengua, la semántica de las palabras, bien sean escritas o habladas, corresponde a lo que quieren que signifiquen quienes sirven al Gran Hermano. Lo peor de todo es que esa semántica se ve continuamente viciada de acuerdo al contexto y, para colmo, en muchos de ellos una palabra puede significar una cosa y, simultánea y paradójicamente, su antónimo. Al respecto, el liberal clásico y economista paisa Luis Guillermo Vélez, escribió un artículo titulado La neolengua de la izquierda y el paro nacional (Fuente AQUÍ).

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, en La verdad de las mentiras, afirma que en sociedades tan cerradas como la nuestra, distinguir la ficción de la realidad es casi inverosímil; pues, mediante la censura, la demagogia, el conservadurismo ortodoxo y el progresismo contemplados exclusivamente desde una perspectiva cultural, la banalización y los análisis superficiales con los que se tratan los hechos, la politización total del derecho y el apoderamiento de nuestras instituciones democráticas, es que los regímenes totalitarios o quienes aspiran a ello, basan su poder. Sobre la manipulación de la lengua reposa éste, mucho más que en el uso de la fuerza o en la violación sistemática de los derechos humanos. No en vano, expresiones como “reinventarse” o “empatía” se encuentran tan desvirtuadas hoy por hoy.

Conclusión

Gústenos o no, nuestro país ha sucumbido a la manipulación, producto de décadas de trabajo de construcción de hegemonía cultural y de alteración de la lengua por parte de la izquierda. En cuanto a una significativa fracción de los empresarios, puedo decir que literalmente fabricaron la guillotina con la que sus cabezas van a rodar; ya que fueron ellos los que se encargaron de contratar y financiar a sus verdugos, o sencillamente se despreocuparon de lo que acaecía al interior de sus medios, instituciones educativas, fundaciones, entre otros ¡A la izquierda se le hace agua la boca por darles cuanto antes su pena capital! Estará por verse si a corto plazo –muy–, tanto empresarios como ciudadanía en general, logramos revertir el panorama actualmente establecido, para así, sacar a Colombia de la larga y oscura noche que, sin duda, se nos viene encima. Aún no es demasiado tarde.


Este artículo apareció por primera vez en el portal El Bastión.

Esto fue escrito por

Cristian David Gil Toro

Ingeniero Electrónico de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales (Manizales Caldas, Colombia), y Especialista en Gerencia de Proyectos de la Escuela de Ingeniería de Antioquia (Envigado Antioquia, Colombia). Socio, administrativo y docente de una franquicia educativa que imparte una metodología como complemento para que niños y jóvenes mejoren su nivel académico.

Editor en Jefe de "El Bastión", y columnista permanente de "Al Poniente" y "El Parche del Capuchino". Miembro del grupo de empresarios de "Libertank" (Colombia), de las organizaciones "Ayn Rand Center Latin America" y "Objetivismo México", y de los equipos de colaboradores de Libertas Phyle (Colombia-Chile) y "The Bastiat Society of Argentina".

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