Sobre los fanáticos

Sí, es innegable que a lo largo de la historia hemos tenido una adicción más grande que a cualquier sustancia psicoactiva. Me refiero a la obsesión de matarnos entre nosotros”.


Escribir sobre el fanatismo es algo que no genera novedad alguna. Abundantes ríos de tinta se han escrito al respecto de este tema a lo largo de la historia. Pareciera que somos incapaces de vacunarnos contra el fanatismo dejando de lado sus agrestes campos en los que están presentes los odios más primarios de nuestra especie.

No podemos negar que hoy vemos un nuevo acto de esta interminable obra de teatro, los personajes son variopintos, están los más contemporáneos y propios del lenguaje de la época, como lo son Nayib Bukele, Javier Milei y el venido a menos, Pablo Iglesias. Siguiendo con el reparto de esta obra, otros personajes son la actualización de agendas oscuras del pasado, como la presidenta del consejo de ministros italiana, Georgia Meloni, o el cada vez más popular líder de Vox, Santiago Abascal.

Sin dejar de lado algunos personajes con menos reflectores como el expresidente filipino Duterte y su conocida guerra contra las drogas. La cual ha dejado miles de muertos y profundos efectos colaterales de índole psicológica, social y económica en los filipinos. Incluso, como en su momento reportó Human Rights Watch, en esta cruzada varios menores fueron ejecutados por parte de las fuerzas de seguridad filipinas.

En este largo camino, conviviendo con el fanatismo, el ser humano ha llegado a sucumbir a las expresiones más rabiosas de odio y furia. Algunas parecen haberse vuelto formas típicas de relación con la diferencia. Sí, es innegable que a lo largo de la historia hemos tenido una adicción más grande que a cualquier sustancia psicoactiva. Me refiero a la obsesión de matarnos entre nosotros. Es evidente que esta particularidad del ser humano ha dejado tras de sí una imborrable huella de sufrimiento inabarcable.

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Me causa un extraño interés entender las razones que llevan a que una persona pierda toda conciencia sobre sus actos y los del grupo al que hace parte cuando, frente a ellos, se encuentra aquello a lo que le han elegido catalogar como el mal encarnado. Algunos de estos han sido los creyentes de cultos distintos al propio, los afros, indígenas, miembros de la comunidad LGBT+, los marxistas o simplemente aquello que sea indeseable para algunos cuantos. Esa incapacidad de reconocer el peligro al cual se está dispuesto a llegar por demostrar que las convicciones son impermeables e inamovibles. Llevando a la negación de la posibilidad de, en muchas ocasiones, tener el derecho a cambiar de opinión.

Cuando pienso esto resuena en mi cabeza un fragmento de manual de tolerancia de Héctor Abad Gómez: “Los hombres se vuelven fanáticos porque han sido educados para el fanatismo. Esta educación para el fanatismo es la educación que ha prevalecido a través de la historia de las sociedades humanas. Así se han sostenido coherentes y unidos los grupos humanos de las diferentes categorías y así se han creado y han progresado las naciones, las religiones y las asociaciones de las diversas índoles”.

No deja de ser lamentable que hayamos olvidado uno de los objetivos básicos de la ilustración, la búsqueda del pensamiento propio o la mayoría de edad. Esto es, el entendimiento sin la guía del otro. Aún más claro es con aquella locución latina “sapere aude” que inmortalizar Kant como lema de la ilustración. Valdría la pena hoy día volver a reflexionar sobre la necesidad de valernos por nosotros mismos, dejando la pereza de permanecer en el lugar más cómodo y buscar aquello que nos permita salir de la inmadurez o “unmündigkeit”.


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Juan José Iral Rodríguez

Soy psicólogo, interesado en temas de paz y conflicto, investigo sobre estos temas y sobre psicología política.

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