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Sobre el Duelo

“Claramente, el duelo ayuda a morir en lo simbólico aquello que ya está muerto en lo real”.


 La persona que está de duelo, está corriendo detrás del ladrón que se llevó un trozo de sí, sabiendo que nunca lo va alcanzar.

Jean Allouch

El duelo junto a la depresión son quizá los fenómenos más figurativos en la actualidad, eso si se hace referencia directa a todo lo relacionado con la salud mental. Es imprescindible, por tanto, pensar y repensar los procesos de duelo en estas sociedades cada vez más convulsionadas, donde la muerte aparece como posibilidad constante y donde el perder figura como evento persistente en las complejas dinámicas de relación que hemos alcanzado a establecer.

Para efectos prácticos, se puede simplificar conceptualmente el duelo diciendo que hace parte del proceso que se surte ante la dificultad para romper los lazos con el objeto perdido (un amor, un ideal, un ser…); proceso que, indiscutiblemente, permite una restitución de la trama simbólica que se ve afectada ante esta pérdida, debido a que se produce un agujero en lo real. En ese caso, el duelo más allá de un acto revestido de dolor y sufrimiento, permite la objetivación de aquello que ya no está.

En términos coloquiales, el duelo es el sentir que acompaña el tránsito que realiza una persona hacía la “aceptación” de alguna pérdida y la posterior reconstitución del vacío que deja aquello que se pierde. Sin embargo, la interrupción u obstaculización de este tránsito propicia la eternización del dolor; es decir, cuando falta el proceso efectivo de duelo y todos los rituales que lo contienen, se presenta una imposibilidad real para alcanzar el punto de llegada: la re-simbolización del agujero. La psiquiatría moderna, erróneamente, ha facilitado la interrupción de dicho camino, taponando ese proceso con fármacos que impiden a cualquier costo el sufrimiento; así, se reemplaza el duelo por un fármaco que inicialmente sirve como paliativo, atenuando un dolor que termina eclipsado ante los efectos fisiológicos producidos por dicha sustancia, pero que propicia irremediablemente la prolongación del sufrimiento; sufrimiento que como es bien sabido se niega a desaparecer incluso ante la ingesta constante y prolongada de cualquier ansiolítico.

A grandes rasgos se puede describir el proceso de duelo de la siguiente manera: la dificultad manifestada que se da por la incapacidad del sujeto de separarse de un objeto que ya no está, se encuentra relacionada con la negación de la libido para abandonar y posteriormente sustituir aquel objeto perdido —de allí la famosa consigna que determina al sujeto como alguien que se queda anclado a posiciones libidinales alcanzadas—. Esa sustitución, que suele tomar tiempo, requiere o se sostiene a través de la ritualización del acto (sea desde el aspecto religioso, terapéutico, espiritual…); ese ritual contiene la gradualidad que necesita la persona para darle tránsito a la pérdida sucedida en lo real y llevarla a un nivel psíquico. El cambio en cuanto a la dimensión que encarna la ausencia, la falta, el agujero, facilita que al ser restituido simbólicamente pueda ocupar el lugar de recuerdo. Claramente, el duelo ayuda a morir en lo simbólico aquello que ya está muerto en lo real.