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Siquiera tenemos la música

“Perder el olfato y el gusto es perder la noción de la vida, la esencia de la existencia, el placer de sentirse vivo.


Hace ya una semana que salí positivo de no hace falta decir qué. Ha sido una semana con leves dolores articulares y musculares, congestión nasal y fiebre anunciando que algo está mal. Hace una semana estaba entusiasmado porque me iban a vacunar en una semana, en fin, ha sido una semana que esperaba -no con anhelo- desde hace ya muchas semanas o para aclarar, meses, razón: comprendo qué es una pandemia y por ende sé que este virus está por doquier y tarde que temprano nos atrapará, quizás no hoy, ni mañana, pero sí tal vez en una semana y a mí me tocó bailar con esta peste en la semana 29 y aún quedan 26 semanas del presente año lleno de incertidumbre para los que no se han contagiado.

En esta semana lo único que no perdono es la pérdida del olfato y el gusto, los dos complementos que le comunican a mi cerebro el placer de la vida están silenciosos, no se atreven a decir nada. Permítanme entonces narrarle en qué momento me percaté que se marcharon. Lo primero que desapareció fue el olfato. Era sábado en horas de la mañana. De las montañas del oriente salían rayos amarillos. Escuchaba Mediterráneo de Juan Manuel Serrat. Los pájaros cantaban y las guacharacas desde los árboles de eucalipto les entonaban el canto. Encendí la cafetera de goteo e ingresé a la internet a buscar el diario El País para leer los artículos del fin de semana -es una costumbre que siempre acompaño con café- y mientras selecciono los artículos siempre me dejo deleitar con el sonido del goteo del café, sin embargo, esta vez no volvía a los lugares mágicos que solo logra transportarme el olor a café recién hecho. Ya la jarra estaba llena, se suponía que el olor siempre me hablaba y me convidaba a acompañarlo.

Bebí mi café. Lo saboree como nunca consciente de que llegaría una tragedia anunciada. Leía la columna Ante todo no hagas daño; por Rosa Montero, y en la mitad de la lectura, comenzaron a llegar a un grupo de la empresa en WhatsApp una serie de fotografías anunciando los primeros vacunados del día. Suspiré y comencé a reírme, me causa gracia pensar que estuve tan cerca de estar vacunado, ahora esperaré dos meses. También pensé que es una ironía, porque días antes y en compañía de una compañera -quien también está aislada por compartir conmigo la oficina- estuvimos diseñando unos pendones y unos banderines para hacer de la jornada de vacunación más amena, además, traería consigo unas frases de motivación y así lograr que todos se vacunen. Pensamos, además, que cada quien le tomaría la fotografía al otro en el instante de la vacuna, puesto que en cien años, en la otra pandemia, estas fotografías tendrán mucho valor histórico, aunque solo bromeamos.

Perder el olfato y el gusto es perder la noción de la vida, la esencia de la existencia, el placer de sentirse vivo. Cuando me percaté que el gusto se me iba fue cuando almorzaba, intenté echarle más sal pensando que estaba simple, pero cada vez que transcurría el día lo que decidía comer no me sabía un carajo. Ahora como y bebo por sobrevivencia más no por placer, hago café por costumbre, pero su cuerpo no me provoca ninguna sensación.

Finalizo el día observando el atardecer y escuchando unas de mis piezas favoritas para piano: Nocturno en Do sostenido menos, de F. Chopin. Esta etérea melodía hace de mi alma un manifiesto a la solemnidad, a la esperanza, ¡Qué ganas de vivir! Y pienso: siquiera tenemos la música, siquiera tenemos la escucha.