Ser disenso en Medellín con Alma Social

     

Muchas veces existe una gran similitud entre lo que ocurre en el mundo animal y el humano. Cuando los leones macho, un tanto envejecidos, evidencian que hay cachorros machos en su manada, optan por matarlos. Este hecho ha sido interpretado como un gesto para evitar que las nuevas crías los destronen y tomen el control de la manada. Ello, también crea las condiciones para que las leonas de la manada estén dispuestas a la procreación de nuevas crías. De ese modo, el león está tranquilo por un tiempo hasta que nazcan nuevas crías y el ciclo se repite.

Este símil inicial sirve para ejemplificar lo que suele suceder en el escenario de lo político cuando quienes están acostumbrados a estar en posiciones de poder se ven amenazados por nuevos liderazgos, y creen que tiene la autoridad para aplastarlos y sacarlos del escenario político. Una lucha entre lo continuidad, lo mismo, y lo disruptivo, lo otro.

¿Por qué pasa esto? ¿Por qué un grupo de personas se creen con el derecho para mantenerse en una posición exclusiva en la que nadie más podría participar a menos que sea de su mismo nicho político? La respuesta es sociológica: las sociedades organizan una distribución del trabajo en función a varios elementos como el género, la edad, la etnicidad, el lugar de habitación, la posición socioeconómica, el conocimiento adquirido, entre otros. Esta distribución termina por establecer roles que, con el paso del tiempo, se convierten en ideales, en formas tácitas y explicitas de exigibilidad para las personas, según se ubiquen en el espectro social y cultural. El mantenimiento de estos roles involucra la existencia de mecanismos de reproducción social de estos como una forma de ideología que se cree colectiva, pero que termina configurando relaciones de dominación y subordinación entre los miembros de una sociedad o colectivo, de forma que las relaciones de poder se mantengan y sean lo menos cambiantes posibles.

Tiene sentido, ¿no?, creo que nadie le confiaría una cirugía a corazón abierto a su carpintero por más habilidoso que sea el segundo. De igual forma, si un médico o medica solicita que te desvistas para un examen con un malestar relacionado, accedemos sin mucho problema, pero si alguien extraño lo solicita es un delito punible. Confiamos y otorgamos poder a quienes creemos tiene el conocimiento para ayudarnos. Pero ¿qué pasa con la política? ¿también está destinada a ser ejercida sólo por aquello que se dicen ser dignos de esta o a quienes se autoproclaman los mejores administradores de lo público? La esencia de la democracia nos invita a aseverar lo contrario. La libertad del elegir, la opción de cambio y la alternativa de hacer oposición, son las bases de la democracia.

Si bien estos son los ideales democráticos que deben imperar en un estado nación decente, la historia nos ha mostrado otra cosa. Particularmente, en la historia de Medellín se han creado roles exclusivos para la política, creando una tendencia a promocionar a Medellín como una ciudad de hombres adultos (negando los espacios de participación pública a las mujeres y jóvenes), blancos (negando la participación de amplia diversidad cultural que hay en la ciudad así como sus procesos de mestizaje), católicos (estableciendo un estándar moral que intenta ocultar su misoginia, homofobia y racismos), ricos (indicando que cierto poder adquisitivo es sinónimo de eficacia en la administración pública, y que sólo ellos podrían gobernar) y empresarios (priorizando el manejo, fomento y aumento del capital privado que ha oprimido a las pequeñas y medianas empresas invisibilizando sus papel fundamental en la economía local y nacional, como estándar de buenas prácticas).

Este era el estándar de estricto cumplimiento para quien pretendiera gobernar Medellín. Algunos lo disfrazaron de manera hábil de progresismo adornándolo de vacuos discursos sobre la Educación y la Seguridad, pero sus prácticas de gobernanza estructurarán proyectos que administraciones posteriores han tenido que corregir: infraestructura física deteriorada, rezagos en los niveles educativos, desplazamiento forzado interno e institucionalizado, etc.

Un modelo, que por las formas en las que se reprodujo (en simposios, eventos, publicidad pagada con recursos públicos) aparentaba ser incuestionable, y ahora se hace más evidente que en Medellín no se puede hablar de esto porque sobreviene la estigmatización de quién hace la crítica, tildándolo de sectario, polarizador, difusor de odio de clases y un sinnúmero de lugares comunes que pretender ocultar lo acertado de las críticas que se realizar desde lo político y lo técnico. Si no hay lugar a la crítica, entonces, no hay lugar a la democracia. Tal vez una cleptocracia sería el término más adecuado para referirse a las relaciones que un grupo empresarial tejió con pasadas administraciones públicas.

Entonces, ¿qué implica ser disenso en Medellín? ¿qué significa ser parte de un grupo de ciudadanos y ciudadanas que se rehúsan a creer que Medellín iba por buen camino? ¿qué implica romper esas relaciones entre un saber político y su respectivo ejercicio de poder? Implica defender la democracia, defender el derecho a gobernar con otras perspectivas más cercanas a las necesidades de los más vulnerables, pero con acciones, no sólo en discursos que han repetido por décadas, pero sin cambios significativos. Ser disenso es un trabajo constante de litigio y reivindicación social, para manifestar que las continuas justificaciones que mantienen el orden de las capacidades trabajan arbitrariamente para excluir del gobierno de la ciudad a los sectores más populares, incluso ocultándolos o invisibilizándolos dentro del plano de lo político. Ser disenso implica evidenciar que no existen razones para justificar la exclusión de nadie del ejercicio político.

Por ello también cuestionamos cuando frente a la actual administración se ha dicho que hemos destruido los avances sociales de Medellín porque en sus métricas hay un incremento de la inseguridad alimentaria de las personas en la ciudad; sin desconocer lo preocupante de esta situación, sus métricas no logran medir los efectos económicos y sociales de la pandemia en la sociedad, ni lo retrasos en materia social ocasionados, ni aceptar las repercusiones de un modelo económicos no sustentable que no fomenta el agro local, ni tampoco medir el impacto de la devaluación del peso frente al dólar, ni la súbita inflación del último año que ha encarecido todo. Es claro que afirmar que esta situación es responsabilidad de la Administración Municipal, no solo es tendencioso, sino que instrumentaliza el infortunio estructural de las personas más vulnerables para convertirlo en un ataque, más personal que técnico, hacia los que trabajamos en esta administración. Lo cierto es que el accionar de la administración ha permitido que no se deterioren más las condiciones estructurales agravadas por el COVID-19 y por el modelo económico a nivel nación y repercute en nuestra estructura de ciudad.

Hay que reconocer, por un lado, que las estructurales de vulnerabilidad social de Medellín no fueron construidas en esta Administración, es imposible que en dos años un gobierno pueda acabar con el paraíso que los opositores han señalado que existía. Incluso, en el caso que tanto les gusta citar de Venezuela, no fue sino hasta 10 años después del inicio del gobierno bolivariano que se deterioraron drásticamente las condiciones económicas y sociales del país.

Contrario a ello, las acciones que esta administración ha adelantado en materia de seguridad alimentaria y superación de la pobreza han estado a la altura de las circunstancias de la ciudad, aunque si debe reconocerse que jamás una administración podrá resolver todos los problemas sociales de una ciudad en cuatro años. Por ello, se han continuado la implementación de las políticas públicas existentes y se han promovido la creación de otras más. Como Secretaría de Inclusión Social, Familias y Derechos Humanos el 2020 y 2021, hemos atendido más de 300.000 personas en programas de complementación o asistencia alimentarias, en cada año; más de 55.000 personas han sido capacitadas en nutrición alimentaria para mejorar hábitos saludables; y cerca de 1.200 huertas se han consolidado para el autoconsumo y/o comercialización.

Este camino hacia el Hambre Cero, lo compartimos junto con la Unidad de Buen Comienzo y con la Secretaría de Salud, pues en la ardua tarea de reducir las brechas de inseguridad alimentaria y nutricional conjuga los esfuerzos desde distintas ópticas y desde distintos enfoques. Pretendo ahondar en futuros artículos en los logros alcanzados y los retos que nos quedan hacia adelante.

Lo importante es no perder de vista que defender la democracia, defender el derecho a ser disenso, a gobernar protegiendo la dignidad de las personas, a no detenernos aun cuando nuestro gobierno tuvo que frentear con la peor catástrofe mundial de nuestro tiempo, es la motivación con la que todos los días nos motivamos a construir una Medellín de todos y todas: la Medellín Futuro.

 

About the author

Santiago Preciado Gallego

Historiador, Magister en Estudios Políticos. Integrante de @LDSoficial. Comprometido con un #FuturoImparable.

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