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Se me embolató la felicidad

Eso sí, nos hemos amado con la intensidad pertinente, solo si hay tiniebla, cuales náufragos del desprecio.”


Yo no entiendo de felicidad, y mucho menos pretendo hacerlo. Pero sé que el día que lo logre, seré infeliz. Tal vez sea este el motivo, por el cual, me trae chorreando babas la incertidumbre mística que porta entre su curvatura aquella Felicia. Más de veinte años, para ser inexactos.

Estoy acostumbrado a ver mucha felicidad ajena. Y entre zozobras, me la paso quebrantando al décimo mandamiento, como si mi vida dependiera de eso. En verdad, no tengo más motivo que los que me susurra procusto, por medio de su síndrome.  Donde todos parecen tener felicidades exorbitantes, y en mejor forma que la mía.

En especial, por las redes sociales. Aquellas bóvedas de narcisismo, donde veo mucha felicidad de parrillera en la moto del que ostenta su nueva adquisición, a la par que esconde su fobia decembrina, o sea, lo “buñuelo” que está. También las percibo a la sombra del que exhibe todos sus logros, por más mínimos que sean, estilizando los con frases motivadoras sacadas de baladas comerciales. Mismas que solo sirven para desmotivar a aquellos que solo nos quedamos en el anhelo.

Con este panorama, solo me inunda la desesperanza, ¿Por qué mi felicidad no se ha ido con alguien así de “exitoso”? Teniendo la oportunidad de poder viajar por el mundo, conociendo lugares paradisíacos del brazo de un empresario ganador. Ella, sigue prefiriendo gastar suela, y pedir rebajas en el transporte público, de la mano de un desempleado que solo carga desgracias … ¿o gracias?, todo depende de la perspectiva de quien quiera reírse.

A mi felicidad solo me la imagino en comparaciones con la de los demás. La he sentido en los momentos culminantes de mi vida y la he añorado en los menos deseados. Y aún así, nunca nos hemos visto de frente. Aunque nos hemos amado con la intensidad pertinente, solo si hay tiniebla, cuales náufragos del desprecio. Porque sabemos muy bien que, en total oscuridad, las penas se duermen, y los sentidos emanados del corazón hacen parranda vallenata.

Que sea intermitente, es lo que más me gusta de ella. No necesito que esté siempre en mi regazo, porque me aburre su liviandad. Me satisface el simple hecho de que me piense un par de veces en el día. Tampoco la presumo en fotos, porque no quiero que se agrande, y ya quiera grabar historias con los tigres del norte de fondo. Pero, si lo hago en mis escritos. Lugar donde refugio la inmensidad de mi sentir hacia ella, aventajándome de su analfabetismo por elección.

Cuando vuelva de su ausencia, a mi felicidad, la seguiré pintando como la mayor de mis musas. Y si se descuida, la haré mi moza.