Salir o no a marchar

     

No podríamos negar las devastadoras consecuencias que ha tenido la pandemia en Colombia. Por otro lado, es muy difícil negar, incluso para el Gobierno Nacional, las devastadoras consecuencias que podría traer la reforma tributaria. Pero hay una diferencia, que a su vez es similitud, entre la pandemia y la reforma tributaria: en la pandemia se juega la vida y la muerte para la totalidad de la población; en la reforma tributaria se juega la vida y la muerte para una parte de la población cada vez mayoritaria.

Aunque es evidente que el número de contagios y muertes aumenta en los barrios más pobres y desprotegidos de la ciudad de Bogotá[1], podríamos afirmar que para todos y todas se intensifica la incertidumbre de que la muerte, ahora más que nunca, está por llegar.

Para el caso de la reforma tributaria, la cuestión de la vida y la muerte se presenta para unos en detrimento de otros: hay algunos para los que el hambre nunca tocará su puerta; hay otros para los que el hambre es rutina; y hay otros para los que el hambre se presenta como un espectro, pues se suman esas clases medias empobrecidas que se ven fuertemente impactadas por la significativa reducción de su capacidad adquisitiva.

En una economía en la que no hay ni habrá para consumir —para comprar esos 12 huevos—, el capital no circula y la miseria empieza a acechar. Por eso la pregunta primera, para los que tenemos opciones o quizá ya no tantas, no es si deberíamos salir a marchar o no, sino por qué es opcional para unos y para otros es cuestión de vida o muerte. Sentir que la vida y la comida no alcanzan —algo que nunca he sentido— nos ubicaría, irremediablemente, en la necesidad de protestar no como una decisión consciente e informada, sino como una forma de luchar contra una situación de precariedad que no deja alternativa; una situación en la que el cuerpo y la vida se juegan su propia humanidad.

En la tragedia griega Antígona de Sófocles[2], cuando se ordena que el cadáver de Polinices debe quedar insepulto —lo que era terrible para los griegos pues su alma en pena no podría entrar al reino de Hades—, Antígona decide honrar a su hermano y darle sepultura, rebelándose en contra de la voluntad de su tío Creonte, rey de Tebas.

¿Cómo podría una mortal sublevarse ante el rey y disponer de un cuerpo que no era suyo sino de las leyes inquebrantables de los dioses? Antígona sabía que esa decisión propiciaría su muerte, pero no tenía opción; se aferraba a la necesidad y a la obligación moral de no dejar que el alma de su hermano vagara en pena para toda la eternidad. Para entender la desesperación de Antígona, pensemos en las madres de Soacha que han vivido el terror de no poder enterrar a sus hijos desaparecidos. Este dolor lo han compartido las madres de mayo en Argentina: el dictador Rafael Videla, con una crueldad metafísica, afirmaba que el cuerpo de los desaparecidos no puede ser tratado conforme a los derechos humanos «porque es una incógnita, no tiene entidad. No está ni muerto ni vivo, está desaparecido»[3].

¿Qué no haría una madre por sepultar a su hijo? ¿Qué no haría Antígona por sepultar a su hermano? ¿Qué no haría un ciudadano con hambre por hacerse de la comida? Tanto para Antígona y las madres de los desaparecidos como para aquellos a los que la reforma tributaria no les deja opción alguna sino protestar, la situación les obliga a sentir la necesidad de tomar acción más allá de cualquier conflicto moral.

Para los que tenemos la opción de no salir a marchar o creemos desde nuestra infinita ingenuidad que todavía la tenemos, no hay ninguna situación que nos obligue a creer en algo o a tomar acción por algo. De ahí la diferencia, por ejemplo, entre ser feminista porque la violencia que vive el cuerpo no deja opción alguna: ya se es feminista incluso antes de creer; y ser feminista haciéndose de una etiqueta o mercancía —aplíquese para #MeToo o Black Lives Matter—.

Entiendo que la protesta no se agota en la marcha y que sus posibilidades con las redes sociales son tan amplias como ambiguas sus repercusiones, pero no podemos olvidar que hay para quienes salir a marchar es de vida o muerte: morir de COVID o morir de hambre. Y por ahora me pregunto, porque tengo la opción de hacerlo:

¿Qué sentido tiene vivir una vida en la que uno no tiene convicciones por necesidad, sino por opción o conveniencia? Lo que facilita defender una causa y mañana a su contrario. ¿Hay algo a lo que tendríamos que empezar a aferrarnos de forma tal que no podríamos no tomar acción?

Mateo Moreno Acosta
27/04/2021

Salir o no a marchar – Mateo Moreno Acosta (wordpress.com)


[1] https://saludata.saludcapital.gov.co/osb/index.php/datos-de-salud/enfermedades-trasmisibles/covid19/

[2] Sófocles. (2019). Antígona. Barcelona: Gredos.

[3] https://www.youtube.com/watch?v=3AlUCjKOjuc

 

 

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