Retos de la academia para el posconflicto

     

Un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar al mundo. La educación es la única solución”, es una de las frases más destacadas de la Nobel de paz más joven de la historia, Malala Yousafzai y que materializa el camino a uno de los retos más imperantes para el inminente posconflicto colombiano: la educación de los ciudadanos en un contexto de Paz.

La revisión de los planes curriculares de formación ciudadana indican que el modelo de ciudadano que aspira la constitución del 91 y su reglamentación mediante la ley general de educación es aquel ciudadano competente para el desarrollo, consiente y respetuoso de lo público y que convive en paz. Sin embargo el contexto bélico o al menos conflictivo al que se han expuesto las últimas generaciones ha sido la atmósfera de educación que en ocasiones termina resultando en la réplica de las dinámicas sociales extracurriculares.

Por ello la educación ha de construir ciudadanos para la paz, pero no debe olvidar el agar donde se cultivó: la guerra. Éste es un capítulo que no puede olvidarse, toda vez que a partir de su reconocimiento cognitivo, cognoscitivo, interpretativo y emotivo se desencadena la necesaria aptitud propositiva de los miembros de las comunidades educativas básicas y superiores que son responsables de perpetuar, por medio de la educación un legado de paz escrito no como carta impuesta a los indeterminados vencidos de esta guerra de más de dos siglos sino como testamento y compromiso de mantener una sociedad que consolide los valores humanos, el respeto y la promoción de lo público y que conviven lejos de las armas, de las calumnias, de las chuzadas, de los combos, de los atracos, de la muerte.

Indefectiblemente sin la educación no habrá verdadera libertad, ni paz, ni justicia ni prevención de que ocurra el conflicto de nuevo. Si bien, por la naturaleza humana, estamos diseñados para tender al placer, al poder y al poseer, esto no legitima ni justifica de modo alguno la ocurrencia de confrontaciones indiscriminadas, fratricidios y crímenes contra la humanidad. El precedente de las comisiones de paz, como las de África y más recientemente las Latinoamericanas, han señalado que los perpetuadores de estas acciones irracionales no pueden quedar como llanos relatores de lo ocurrido. No es el camino justo sentar a los criminales a la altura de las víctimas, ni exaltar los méritos de aquellos que no tienen alguno. La discusión acerca del sitio de los victimarios y sus objetos de guerra queda para otro momento, pero me refiero a ello pues la bandera de la paz no ha de tener el logo del perdón y del olvido, más bien la blanca ondeante ha de tener escrita la historia de los nuevos sujetos de paz, principalmente de aquellos que no han sido expuestos directamente a estos escenarios que se repiten, y se repiten… La bandera del posconflicto ha de ser una educación que forme para la ciudadanía de la paz y la civilización de la fraternidad que perdone sin olvidar la sangre de los que yacen en no-se-dónde.

@JoseA_Collazos

[author] [author_image timthumb=’on’]https://alponiente.com/wp-content/uploads/2013/08/Jose-collazos.jpg[/author_image] [author_info]Jose A. Collazos Molina Huilense, Estudiante de Ciencia Política de la Universidad de Antioquia. Auxiliar Administrativo en el Comité de Asuntos Estudiantiles del Consejo Académico de la Universidad de Antioquia. Subdirector del Grupo Juvenil Ruah en Prado Centro. Editor y Diagramador de la Escuela de Teología “San Miguel Arcángel” y conductor del programa radial “El esplendor de la verdad” en 2011. Leer sus columnas. [/author_info] [/author]

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