Reflexiones sobre el fin de año

…vuelve a reescribirse en todos nosotros, físico e irremediable, el pulso crónico del tiempo.

Me pregunto, acaso es el tiempo lo único irremediable de la vida, en donde ciframos todas nuestras expectativas …incluso aquellas que por esencia son ontológicas, y que nos redactan tal como somos, como fuimos y como queremos ser.

Y por qué estrenamos nuevamente este espectáculo social, muchas veces ambivalente en lo emocional, si las cero horas del día 31 de diciembre es una hora más, cómo cualquier otra de nuestro reloj temporal.


Cuando se va el día y se nos viene la noche, y transcurre la noche con sus pesadas herrumbres, a la hora 21, a la hora 22, a la hora 23…, y nos abandonan los últimos minutos y segundos, y se extingue el año 2021 que nos cercara de enfermedad y de muerte, vuelve a reescribirse en todos nosotros, físico e irremediable, el pulso crónico del tiempo.

Me pregunto, acaso es el tiempo lo único irremediable de la vida, en donde ciframos todas nuestras expectativas, aquellas sobre el amor, los afanes del estudio y del trabajo, de la familia, de la salud y del bienestar, de la economía, de lo político, de lo porvenir, ¡en fin! … incluso aquellas que por esencia son ontológicas, y que nos redactan tal como somos, como fuimos y como queremos ser. Porque en definitiva somos tiempo, navegando en un océano de tiempo, precipitados hacia el tiempo.

Sin embargo, para llenar nuestro personalísimo tiempo existencial, esa subjetividad que siempre nos acosa, en el instante presente, sin pasado ni futuro, sin contingencia, tan sólo con la inmanencia profunda de nuestro ser, como otra laguna oceánica insondable que siempre está colmada y sin saberse por qué, el evento del fin del año, a muchos nos enmudece, se desordenan nuestros pulsos cardiacos, sudamos más de la cuenta, nos descomponemos, y si no caminamos nerviosos nos volvemos melancólicos, en cambio otros con alegría inusitada se mueven de un lugar a otro, agitan sus extremidades relajándose, conversan más de la cuenta., mientras tanto los teléfonos celulares se confunden en una isocronía de timbres, tonos y alarmas, como si fueran éstas las últimas llamadas que esperamos en vida .,y todo en un bullicio permanente de niños jugando, tronaduras de pólvora lejana, charlas entrecortadas, al choque de copas para el delirio de algunos, mientras la casa se incendia de estrellitas multicolores, serpentinas, reflectores, compases iracundos, y de los fogones estallan los olores más familiares para la ocasión. No obstante, más de algunas lágrimas nos resbalan por las mejillas hasta el pastel que nos servimos, ciertamente para volver a inteligir que la vida tiene mucho de agridulce, y que este acontecimiento particular se puede convertir en una reflexión sobre el paso del tiempo.

¡Inevitable! Cronos, el Dios del tiempo de los antiguos griegos, aquel que se tragaba a sus propios hijos, hoy entre risas y llantos, los occidentales celebramos: sirenas rompen el silencio espacial, se ilumina el cielo con la pirotecnia, se acelera el pulso de todo, nos abrazamos para entendernos en nuestra finitud, y luego de ese instante no queda nada, porque ya se ha ido, transformándose en cosa del pasado.

Y por qué estrenamos nuevamente este espectáculo social, muchas veces ambivalente en lo emocional, si las cero horas del día 31 de diciembre es una hora más, cómo cualquier otra de nuestro reloj temporal. Lo que ocurre, ¡señores lectores!, que existen pocos instantes durante el año calendario que caemos en la cuenta que esa fecha y “ese ahora” puede ser decisivo para muchos proyectos, o simplemente como consumación de todo; e igualmente el tiempo se lo traga todo, y también a nosotros. ¡El “hoy”, el “ya! y el “ahora!”, ese instante presente está sucediendo, pero al mismo tiempo se está yendo para siempre.

El tiempo es indisponible e irreversible, sus dos cualidades absolutas. Por ello, el drama de la vida se da en esta contingencia, no podemos controlar ni disponer, ningún segundo del tiempo, y quizá lo más angustioso que el tiempo pasa acercándonos cada vez más a la encendida muerte, y no poder volver atrás para cambiar el camino que tomamos algún día, pedir perdón a quienes ofendimos, el habernos distraído en cosas superfluas, o simplemente, el habernos jugado como cobardes ante nuestra propia e ineludible libertad de ser y elegir. Porque somos, sin duda, la consecuencia de lo que elegimos.

Podemos creer o no en otra vida mucho mejor que ésta, por supuesto después de la muerte; vivir eternamente en una instancia paralela a ésta, y de modo de eterna vigilancia; pensar que volvemos a un mundo mejor, a la Patria de Dios; suponer que volvemos como en un “eterno retorno”, nuevamente a caminar sobre este mundo. No obstante, el hoy, este preciso momento, este tiempo particular de cada uno, esta certidumbre, este llamado de alarma, esta heterodoxia particular de cada uno la cruza la grieta ineludible del tiempo.

Víctor Henríquez Bustamante

Profesor de Estado en Castellano y Filosofía

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