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Querer matar a Jesús

Hemos sido un bucle temporal de violencia: matan a los míos, yo mato a los tuyos, nos matamos todos


La historia de Colombia no es una, son muchas, pero dentro de ellas hay una que nos ha habitado y parece no irse: la venganza, la retaliación, la justicia por mano propia. Hemos sido un bucle temporal de violencia: matan a los míos, yo mato a los tuyos, nos matamos todos. El enfrentamiento y la destrucción del otro como nuestro camino. La violencia como nuestro destino. De ese círculo de horror hemos querido salir recientemente buscando el perdón. Son muchos los actos que quieren acercar a las partes que alguna vez estuvieron enfrentadas. A víctimas y victimarios. De manera religiosa seguimos el camino del perdón y la reconciliación. Lo idolatramos. Se ha vuelto nuestro fetiche.

Ese fetichismo del perdón y la reconciliación nos ha llevado a negar la rabia, el odio y el deseo a veces legítimo de matar, que es esperable en cualquier ser humano, que es inherente a nuestra condición. Intentar borrar esos sentimientos es profundamente violento. Asume que hay sentimientos prohibidos, vedados. Que -si bien es evidente su inconveniencia social- son sentimientos ilícitos. Parece que utilizamos la vieja fórmula de las religiones de salvación y especialmente de la cristiana: el aleccionamiento vía culpa. Jugamos con la ficción de que no podemos sentir ciertas cosas.

Esta semana le escuchaba a Francisco de Roux decir: “amen a sus enemigos”. Su propuesta me parece improbable y sólo posible en un idilio bíblico ¿por qué tengo que amar a quién me hizo daño? ¿por qué tengo que poner la otra mejilla? ¿por qué tengo que abrazar a quien me agredió en lo más hondo? Una propuesta más probable sería “no maten a sus enemigos”, “resístanse a ser como ellos”. Por más deseos, razones y motivos que tengan, y por más legítimos que estos sean, no lo hagan. Ya vimos lo horrible de ese lugar, ya sabemos cómo era, y ya dijimos una vez: “nunca más”.

Buscar el perdón a como dé lugar gasta energía en tierra infértil. La apuesta tendría que estar direccionada a encontrar un modo, un marco institucional y moral en donde el deseo de matar a alguien, que en muchas circunstancias es legítimo, sea tramitado. Yo, que deseo matarte, y que además tengo muy buenas razones para hacerlo, decido resistirme a la violencia como camino, a volver a ese lugar oscuro.

Nadie entendió mejor esto en este país que Laura Mora. En Matar a Jesús, a Paula la habita la rabia, el dolor y el deseo de venganza por la muerte de su papá a manos de un sicario. La película es principalmente el desarrollo de su dilema sobre matar o no al asesino de su padre. Cuando está a punto de hacerlo, cuando tiene la oportunidad, ella decide resistirse. En la última escena vemos a Paula frente a Medellín cerrando el círculo de violencia de esa ciudad que mató a su padre.

Todos en algún momento hemos querido o vamos a querer matar a Jesús, e intentar negar ese lugar de enunciación es tan violento como lo que encierra ese deseo. El camino, creo, es el que nos propone Laura.  Es resistir ante la posibilidad del destino violento, negarse a seguir alimentándolo. No “amar a nuestro enemigo” si no, “no matarlo”.  La altura moral no implica intentar borrar nuestros sentimientos negativos o negar el deseo de acción violenta que nos habita. Es, pese a sentirlo, resistirnos a ella.