¿Qué nos queda a los jóvenes?

Foto: RCNRadio

Inspirado en uno de los poemas de Mario Benedetti me basaré para plantear un cuestionamiento que últimamente se ha vuelto relevante ¿Qué nos queda a los jóvenes en este país?


Me incluyo aún en esta categoría y no hago sino pensar si acaso nos queda vivir relegados al desempleo, a puestos mal remunerados y a la falta de acceso a la educación, vivir en la pobreza- una que va más allá de lo económico y se convierte en un asunto multidimensional -. Acaso nos queda vivir cada vez más atacados por la ansiedad y la depresión que nos incita el consumismo excesivo y las comparaciones incesantes que se dan en las redes sociales o recluidos en nuestras burbujas y ajenos a las necesidades de los demás que conviven en nuestro entorno. Luego está el eterno conflicto y la violencia que ha manchado la tierra de este país sin discriminar. Una mancha que se reniega a desaparecer. Por último, estaremos condenados a convivir con la corrupción, el mayor mal que tiene nuestro país y que explica en parte porque existe tanta desigualdad y de la cual creo firmemente que se derivan las demás problemáticas que enfrentamos como colombianos.

El escenario es desalentador. Con respecto a lo laboral los jóvenes seguimos liderando el porcentaje de desempleo con una cifra que, al cierre de agosto, se ubicó en 21.5% (DANE, 2021). Lo anterior a pesar de las políticas públicas que se han anunciado por parte del Gobierno y los incentivos que se han declarado para beneficio del sector privado con el propósito de fomentar la contratación de este segmento de la población. Asimismo, las políticas de emprendimiento y creación de empresa si bien han dado fruto y nos han permitido obtener reconocimientos tales como ser el país con mayor espíritu emprendedor de la región, por encima de países como Perú y México (Ipsos. 2020) no se puede negar que emprender es riesgoso y que al término de los cinco años solo prevalecen el 54.3% de las empresas constituidas y lo que es peor, en el país no tenemos una mentalidad que valore el fracaso, al contrario, lo condenamos.

Con respecto a la educación, se vive un momento de crisis que la pandemia ha profundizado. En cuanto a la educación superior, de acuerdo con las últimas cifras de la ASCUN, la disminución de matrículas durante el segundo semestre del 2020 fue del 11.3%. Sumado a lo anterior según el SNIES en el 2019 llegaron con esperanza cerca de 2.1 millones de jóvenes a inscribirse a diferentes niveles de educación superior y solo un millón lograron acceder, es decir un poco más del 52%. Dicho de otra manera, si consideramos toda la población colombiana, solo el 2% logran acceder a estudios superiores.  Aun así, de quienes logran acceder, existen algunos que no valoran la inmensa oportunidad que tienen, tanto así que hay detractores que cuestionan el valor de la educación, de la academia para el desarrollo de la sociedad.

Ahora, si observamos la educación básica- secundaria, los efectos de la pandemia en el mediano y largo plazo aún no se podrán observar, pero existe ahora evidencia que denota la disminución en la capacidad de aprendizaje en los jóvenes a través de medios virtuales, especialmente quienes no gozaban de los medios para hacer frente a la situación. A esto se le suma el hecho que uno de cada dos hogares tiene insuficiencias con relación a la seguridad alimentaria y así, muchos de los niños, adolescentes y jóvenes que estudian alrededor del país solo comen una comida al día. Una profesora alguna vez nos invitó a la reflexión de lo que esto implica para el desarrollo cognitivo, social y como algo tan necesario como la alimentación puede impactar significativamente para bien o mal el desarrollo de una sociedad.

De los demás males que padecemos los jóvenes en el país también resalto la omnipresente sensación de inconformismo con la clase política y los dirigentes que han gobernado el país directa e indirectamente. Si, acá menciono a los corruptos, los avariciosos y aprovechados, los que duermen en los recintos del Senado y el Congreso si es que alcanzan a llegar a las sesiones. También incluyo a los que cobran sus sueldos sin pena ni gloria con labores paupérrimas que en nada representan la voluntad del pueblo que los eligió. Como consecuencia de ello, están en las luchas que se ha desbordado a las calles en forma de protestas, manifestaciones y cacerolazos justificadas que claman por justicia, equidad y esperanza. Una esperanza que algún día al despertar, nosotros los jóvenes podamos construir sobre lo que han edificado nuestros antepasados y que no estemos condenados al fracaso de no cumplir con los sueños e ideales a los que aspiramos. Colombia tiene una riqueza inmensa a la que todos podemos tener derecho si tan solo partiéramos de la premisa que solo existimos como consecuencia del otro, que el bienestar individual en un sistema como el nuestro poco o nada tiene sentido sin la existencia de una colectividad mayor.

Las raíces de la corrupción son difíciles de erradicar, vivimos en el país donde se premia y rinde pleitesía al vivo que vive del bobo, pero hasta que no mitiguemos al máximo este cáncer, nuestro país seguirá convaleciendo o peor aun decayéndose y debilitándose poco a poco. Un ejemplo de esta decadencia está en los jóvenes que ya han perdido interés, aquellos que llaman Nini, que ni estudian ni trabajan, los mismos jóvenes que luego son incitados a agrandar las filas de los grupos al margen de la ley, a dar plomo y bala porque no hay para aspirar a más.  En su libro El Expreso del Sol de Tomás González, se expresa claramente una de las consecuencias de este inconformismo y desesperanza. “Entiendo que [los jóvenes] se estén yendo del país, este va demasiado mal y vivir aquí no es fácil” irse del país es una opción de pocos, pero en un sentido más amplio también diría que abarca quien agarra un fusil, un paquete de bazuco para vender en una plaza y declara su renuncia con su proyecto de vida. Estoy convencido que nadie lo hace intencionalmente – o si lo hay son pocos-. Las decisiones que tomamos están influenciadas por nuestro entorno pasado, presente y la ilusión del futuro y todos aspiramos a un devenir esperanzador, el quid del asunto es cómo lograrlo y en este país las oportunidades son cada vez peores.

Reitero el escenario es desalentador, sin embargo, soy un convencido en la transformación de nuestro país y el rol que nosotros los jóvenes podemos ejercer. Por eso los invito a reconocer y materializar en este momento de la historia un punto de inflexión, uno en el cual nosotros los jóvenes podamos unirnos alrededor de una causa superior a la individual, a ir por la búsqueda de un mejor mañana aprendiendo a construir puentes con el otro, comprendiendo que la diferencia no divide ni se soluciona a través de la violencia, sino que por el contrario complementa. Que para ello el diálogo y la escucha activa son competencias indispensables para desarrollar o fortalecer y la tolerancia como virtud es imperativa para avanzar. Tenemos que aprender a construir nuestro propio camino y hacerlo sin desmeritar o desconocer nuestro pasado pues quien no conoce de dónde viene, no sabe a dónde va.

Debemos tomar roles protagónicos en los distintos ámbitos de la sociedad, específicamente el político, el social y económico. Para ello es importante conectarnos, vernos a los ojos y ser capaces de utilizar todos los medios legales y pacíficos posibles para alzar nuestra voz y tomar representación en los espacios que más lo requieren. Continuando con el libro de Tomás González “[El hecho] que el país esté así, con todos los diablos sueltos, robando y matando campesinos [y líderes sociales] es más razón para que [los jóvenes] no se vayan. ¿O vamos a dejarles el gobierno para siempre a los rateros, a los incompetentes y los matones? ¿Qué entonces nos queda a los jóvenes en este país? Nos queda hacer uso de nuestro enorme potencial que tenemos para construir la Colombia que soñamos y queremos, haciendo de este hermoso pedazo de tierra un país donde todos podamos tener la esperanza de un mejor mañana.

Santiago Zapata Serna

Soy un curioso innato, apasionado por la lectura y en general los temas financieros y de economía en general. Me encanta una buena conversación y de vez en cuando escribir sin tinta lo que se me viene a la mente.

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