¿Qué hacemos con la posibilidad de construir nuestra propia existencia?

Quién tiene un porqué para vivir, encontrará siempre el cómo

 – Nietzsche

En el libro X de la República, Platón narra el mito de Er. Después de morir, las almas llegan al lugar donde deben escoger la vida que desean llevar cuando regresen al mundo. Ante ellas se presentan distintas posibilidades: vidas de poder, riqueza, reconocimiento, tranquilidad o sufrimiento. El problema no consiste solamente en poder elegir, sino en saber qué se está eligiendo. Algunas almas se dejan seducir por el brillo del poder o de la riqueza, sin examinar lo que esas vidas traen consigo, y lo descubren demasiado tarde. Platón introduce así una pregunta que, aunque antigua, sigue siendo actual: ¿qué hacemos cuando tenemos la posibilidad de escoger nuestra propia vida?

Por eso, la pregunta por la libertad cambia de sentido. No basta con saber si podemos escoger; también debemos preguntarnos cómo se forman nuestros deseos y qué intervienen en ellos. Tal vez una persona no sea más libre cuando dispone de infinidad de opciones, sino cuando logra comprender por qué elige una de ellas.

Hace algunos años, en una clase en la que conversábamos sobre cómo nos imaginábamos el 2030, una joven habló de su proyecto de vida con una seguridad que todavía recuerdo. Quería casarse con un hombre muy rico. Hasta ahí, nada parecía extraño. Lo que llamó mi atención fue que, al preguntarle qué ocurriría si ese hombre la maltrataba, ella respondió que no importaba demasiado, siempre y cuando él la sostuviera. Esa respuesta me dejó pensando. No se trataba simplemente de juzgar su deseo, sino de preguntarnos algo más difícil: ¿cuánto de lo que deseamos realmente lo hemos elegido nosotros?

La pregunta adquiere otra dimensión desde la perspectiva de Sartre. Para él, el ser humano no llega al mundo con una existencia completamente definida. No somos una esencia terminada que simplemente espera realizarse. Somos, más bien, un proyecto: vamos construyéndonos mediante nuestras decisiones y experiencias. Pero esta libertad no significa que podamos iniciar de cero. Nadie escoge el lugar donde nace, la familia que lo recibe, las condiciones económicas o la época histórica que marcarán su camino. Incluso lo que deseamos se forma dentro de esa situación. Somos libres, pero nuestra libertad está situada.

Esta premisa se ve con claridad en otro caso. Hace años, un estudiante, al hablar de su futuro, decía que aspiraba a ingresar a un grupo armado del barrio. Lo atraían las armas, el dinero, el poder y el reconocimiento que encontraba en ese mundo. Su caso se parece a los relatos que Alonso Salazar recoge en No nacimos pa’ semilla, donde las vidas de algunos jóvenes de la ciudad aparecen atravesadas por la violencia, la pobreza, la falta de oportunidades y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. Esto no significa que todos los jóvenes de esos contextos aspiren a lo mismo; significa, más bien, que nuestros proyectos se construyen a partir de las posibilidades que el entorno nos ofrece o nos niega. Si nuestros deseos nacen en una situación, queda por saber cuáles vale la pena seguir.

Aquí Aristóteles introduce una diferencia fundamental: la que hay entre desear y deliberar. Una vida buena no puede reducirse a obtener aquello que deseamos en un momento determinado. Vivir bien implica deliberar, formar el carácter y aprender a distinguir entre aquello que simplemente queremos y aquello que contribuye realmente a una vida plena. No todos los deseos valen lo mismo, y no todo lo que podemos elegir merece convertirse en proyecto.

En nuestro tiempo, esta pregunta se vuelve todavía más difícil. Estamos rodeados de mensajes que nos dicen qué debemos desear: qué cuerpo tener, qué comprar, qué éxito perseguir e incluso qué experiencias deberíamos considerar indispensables. Las redes sociales, la publicidad y los algoritmos no necesitan obligarnos para influir en nosotros; muchas veces basta con orientar nuestra atención y convertir determinadas aspiraciones en algo que sentimos como propio.

Por eso, la pregunta por la libertad cambia de sentido. No basta con preguntarnos si podemos elegir; también necesitamos preguntarnos cómo se forman nuestros deseos y desde qué condiciones elegimos. Ser libre no significa disponer de infinidad de opciones, sino poder reconocer las razones, influencias y circunstancias que intervienen en nuestras decisiones y asumir las consecuencias de lo que elegimos. Precisamente ahí las humanidades resultan indispensables: Aristóteles nos invita a preguntarnos por la vida buena. Sartre nos enfrenta a la categoría de la eterna libertad con responsabilidad; aunque no hayamos escogido todas las condiciones de nuestra existencia, debemos responder por lo que hacemos con ellas.

Educar para la libertad no debería consistir simplemente en preguntarles a los jóvenes cuál es su proyecto de vida. Habría que acompañarlos con preguntas más difíciles: ¿por qué quieres eso?; ¿quién te enseñó a desearlo?; ¿desde qué condiciones estás eligiendo?; ¿qué estás dispuesto a sacrificar para conseguirlo?; ¿a quién afecta tu elección?; ¿en qué persona te convertirás si alcanzas aquello que deseas?

Quizá ahí se encuentre una de las tareas más profundas de las humanidades: no decirle a cada persona qué vida debe escoger, sino ayudarla a comprender que elegir una vida también significa hacerse responsable de la persona que llega a ser.

Al final, la pregunta no es solo qué queremos llegar a ser, sino qué hacemos con la posibilidad de construir nuestra propia existencia.

Héctor David Arcila Ayala

Soy magíster en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y Especialista en Gerencia Educativa de UNIMINUTO. Docente Universitario

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