¡Qué elegancia la de Francia!

la vicepresidenta en su intervención invoca el elitismo como enemigo, pero también como argumento a favor, pues el hecho de decir que, al ostentar el segundo puesto más importante de la nación, merece tener un trato especial, la pone a ella en términos simbólicos y materiales, en una elite.


Es cierto que las grandes dignidades traen consigo privilegios que, aunque necesarios en muchos casos, no dejan de ser grotescos en la sociedad desigual en la que vivimos.

Sea este el caso de la vicepresidenta Francia Márquez que en los últimos días está en el ojo del huracán por sus declaraciones cuando en una entrevista con Vicky Dávila se mencionó el hecho de que Márquez usa un helicóptero del Estado para movilizarse a su casa en Dapa en el municipio de Yumbo, a pesar de que cada hora de viaje cuesta en promedio $60.000.000 de pesos.

Para cualquier comunicador político e incluso, para toda persona con sentido común, esta forma de transmitir un mensaje es un despropósito que cosecha a mediano plazo, el desgaste de la imagen del gobierno y su promesa de ser un proyecto político del cambio.

Y es que, no solo fueron sus palabras sino también sus gestos que, bajo el rigor de un análisis del lenguaje no verbal, queda en evidencia su molestia cuando se pone en tela de juicio sus privilegios.

Jugando con su cabello, acentuando la petulancia de un monarca y con su otra mano utilizando una batuta con su dedo índice remarcado cada vez que usó y usará el helicóptero para ir a su casa, termina por complementar su mensaje: ¡De malas, yo soy la vicepresidente de este país!

No cabe duda de que, en efecto, se debe velar por la seguridad de los altos funcionarios, por lo cual, el argumento de los atentados y amenazas que ha sufrido Márquez y su familia bastaría para desarrollar una narrativa sin apelar a los peores sentimientos que se pueden despertar: El odio y el resentimiento.

Por el contrario, Francia Márquez insistió que los ataques mediáticos por este hecho solo son una muestra del clasismo y el racismo que pervive en el país, es decir, que se le está cuestionando su actuar por ser negra y una persona pobre que logró llegar a uno de los escaños políticos más importantes del país.  Pero, en realidad, esa narrativa se destruye así misma, teniendo en cuenta que, sin excepción, todos los gobiernos pasados han sido criticados por el despilfarro de los recursos públicos en diferentes instancias, incluyendo, algunas situaciones similares en las que se enmarca este escándalo.

Paradójicamente, la vicepresidenta en su intervención invoca el elitismo como enemigo, pero también como argumento a favor, pues el hecho de decir que, al ostentar el segundo puesto más importante de la nación, merece tener un trato especial, la pone a ella en términos simbólicos y materiales, en una elite. De hecho, su actitud desafiante, sus expresiones burdas y coloquiales tal y como decir “de malas”, viene a ser todo lo contrario a lo que en su momento definió su marca política, esto es, el gobierno del cambio, el gobierno popular, el gobierno de la gente.

Insisto, nadie puede negarle a la vicepresidenta de este país la garantía de su seguridad y la de su familia, pero al menos, debería tener más empatía al momento de hablar; reconocer que en realidad, se hace impensable para una familia extremadamente pobre que mientras la vicepresidenta gasta una millonada para ir a su casa, ellos siguen en la misma situación deplorable y llena de incertidumbre.  Pues no serán las elites las que le cobren a Francia Márquez su elitismo, sino las clases populares que la eligieron.


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Andrés Zorrilla

Filósofo y comunicador político,
Investigador,
Diseñador estratégico para la innovación

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