Por sus frutos los conoceréis

De la victoria del No en el plebiscito de 2016  y particularmente del importante aporte que hicieron las comunidades evangélicas y pentecostales a la misma, se puede establecer una notoria similitud entre la oposición al plebiscito del 57 con la del 2 de octubre de 2016, donde en ambas se distinguen expresiones con un alto contenido emotivo como “protestantismo”, “libertad de culto”,  “castro-chavismo” o “ideología de género”, las cuales, logran acudir a sensacionalismos que mezclan el temor, el conservatismo y la moral religiosa para la búsqueda de beneficios políticos.

Leyendo sobre el tema de mi columna anterior (Un pais como regalo), encontré que el plebiscito de 1957 fue aprobado por una contundente mayoría  gracias al apoyo de los partidos políticos, la prensa, los industriales y el clero, y que todo ello propició que aquellas fueran las elecciones con el nivel más alto de participación en la historia de Colombia, sin embargo, contó con una pequeña y no muy sonada oposición.

Según la historia nacional, los primeros en saltar al ruedo de las discusiones en torno a la viabilidad de ese plebiscito fueron los sectores conservadores excluidos de los pactos. Un representante de aquella oposición era José María Nieto Rojas, un católico, conservador y recalcitrante, quien de cara al plebiscito para aprobar el Frente Nacional y junto con sus seguidores organizaron lo que se denominó “Movimiento Católico de Resistencia”.

Para convencer a los católicos de votar negativamente, los miembros de aquel movimiento difundieron volantes con encabezamientos como: «CATÓLICOS: ¡ALERTA! EL PLEBISCITO SERÁ UN TRIUNFO DEL COMUNISMO, DEL PROTESTANTISMO Y DE LAS LOGIAS LIBERALES CONTRA LA IGLESIA».

Hoy se puede decir que quizá Nieto Rojas, en medio de sus afirmaciones carcas, tenía algo de razón pero no referente al Frente Nacional sino a 30 años más adelante.

Es claro que antes de la Constitución del 1991 la Iglesia Católica gozaba del status constitucional de “religión de la Nación colombiana”, y después de ella, se removió ese privilegio y permitió un contexto de mayor libertad política y religiosa. Desde entonces, los grupos religiosos no católicos han tenido un crecimiento exponencial en el país como tanto temía Nieto Rojas, pues según cifras del Consejo Evangélico de Colombia (Cedecol), asociación que agremia el 80 % de las cerca de 332 vertientes que existen en el país, mientras que hace 20 años eran solo un millón, hoy son 7 millones, es decir, el 14 % de los colombianos. 

Una historia que me parece interesante de enunciar es la que inició unos años antes de la “apertura” religiosa del 91, donde una pareja de esposos iniciaron una maratón hacia el poder político, desde que fundaron la iglesia Misión Carismática Internacional en 1983.

Claudia Rodríguez de Castellanos empezó su carrera política en 1989, unos años después de la fundación de su iglesia, cuando también fundó el Partido Nacional Cristiano. Por este mismo partido fue candidata presidencial en el 90, obteniendo algo más de 30 mil votos. Luego fue constituyente y senadora en el 91.

Ya con varias campañas, se empezaba a formalizar una plataforma política que ayudó, por ejemplo, a que su padre Luis Alfonso Rodríguez fuera concejal de Bogotá en el 97 y a que su esposo, el pastor César Castellanos, lograra ser representante a la cámara en el 98.

Toda aquella maquinaria le sirvió también para ser candidata a la alcaldía de Bogotá en el 2000 ocupando un nada despreciable tercer lugar, y en el 2002, le sirvió de gran apoyo a Álvaro Uribe en su primer mandato, y en contraprestación por aquello, el ex presidente la nombró embajadora de Colombia en Brasil.

Todo iba bien hasta que la reforma política de 2003 exigió que los partidos políticos consiguieran un 2% de votación nacional para conservar su personería jurídica, porcentaje que el Partido Nacional Cristiano no pudo conseguir. Rodríguez de Castellanos quedó entonces sin su plataforma política, teniendo que acudir al aval de otro movimiento político para continuar su trayectoria, así que, en 2005, llegó nuevamente al Senado con más de 57.000 votos pero esta vez avalada por el partido Cambio Radical.

En ese periodo se hizo famosa gracias a las investigaciones realizadas desde la Comisión de Ética del Senado por su “presunta deslealtad política”. Además, fue nombrada la “reina del ausentismo”, pues asistía escasamente a las sesiones y a las plenarias, e incluso fue investigada disciplinariamente por la Procuraduría por el tipo de documentos que había presentado para justificarse. (Ver documento).

En el 2009 cambió de partido y se unió al partido de la U, donde logró ubicar a Claudia Wilches como senadora por  ese mismo partido.  En 2014, volvió a cambiar de partido y  apoyar al uribismo con Óscar Iván Zuluaga a la presidencia, y lograron ubicar, de paso, a Orlando Castañeda en el Senado y a Esperanza Pinzón y a Johanna Chaves en la Cámara de Representantes, todos por el Centro Democrático. En diciembre pasado se conoció que Claudia Inés Rodríguez y su esposo, César Castellanos, se divorciaron nuevamente del Centro Democrático para realizar una nueva alianza con el Cambio Radical de Germán Vargas. Sin duda, el hijo pródigo vuelve a casa.

Para este 2018, esta dupla que lidera una parte importante del voto cristiano en Colombia, ya logró poner nuevamente a Claudia Rodríguez de Castellanos en el segundo renglón de la lista para el Senado de Cambio Radical y cinco candidatos más para la Cámara de Representantes. 

La premisa de “separación iglesia-estado”, se suponía que era la separación de todo tipo de manifestación religiosa en relación con las instituciones estatales, sin embargo, parece haber sido una premisa que solamente le cobijaba a la Iglesia Católica, pues según ideologías que se han materializado muy bien en Colombia, como la del influyente y poderosísimo pastor estadounidense Jerry Falwell, la división entre iglesia y Estado según ellos “was invented by the Devil to keep Christians from running their own country” (Fue un invento del diablo para alejar a los cristianos del manejo político de su propio país).

En los últimos 20 años hemos visto muy entusiasmada a la cúpula evangélica con la idea de hacer parte de la organización estatal desde concejos, alcaldías, embajadas y en el congreso. Ellos, han ingresado formalmente a la contienda electoral para rápidamente hacer elegir en importantes escaños a algunos de sus candidatos, como el pastor escocés de la Iglesia Filadelfia, Colin Crawford, o como la hija de la controvertida pastora María Luisa Piraquive, Alexandra Piraquive.

Algunos pastores además, conformes a su dogma, han considerado que son ellos mismos quienes deberían guiar los caminos de la nación participando en política cruda, directamente y sin pudor alguno, como el polémico pastor Miguel Arrázola de la iglesia de Cartagena, Ríos de Vida, Eduardo Cañas de la iglesia Manantial de Vida Eterna, Jhon Milton Rodríguez de la iglesia Misión Paz a las Naciones, Enrique Gómez del Centro Misionero Bethesda y César Castellanos y Claudia Rodríguez de Castellanos de la Misión Carismática Internacional, entre otros.

Otras iglesias han optado recientemente por no apoyar a sus pastores líderes o fundadores, pero sí en apoyar a personajes con vocación política innata como Viviane Morales, de la iglesia Casa sobre la Roca, el hijo del líder de la Cruzada Estudiantil, Jimmy Chamorro, y recientemente la diputada de Santander Ángela Hernández, quien pertenece a la Iglesia Cuadrangular y el concejal de Bogotá Marco Fidel Ramírez de la Iglesia Familiar Internacional.

Los evangélicos y pentecostales tienen todo el derecho, naturalmente, de elegir y ser elegidos. Obviamente creo que hay que motivar su participación, pues pienso que a veces resulta mucho mejor tener a un cristiano decente en el congreso que un Ñoño Elías, un Besaile o un Ashton; sin embargo, la comunidad evangélica, a mi forma de ver las cosas, deben elegir a verdaderos representantes que conozcan el accionar político y legislativo, que tengan vocación para ese ejercicio y no a pastores que pasan sin pena y sin gloria por esas corporaciones públicas sin mayor relevancia (como Claudia Rodríguez, por ejemplo).

Me gustaría preguntarle a la comunidad evangélica y pentecostal: ¿quieren seguir incursionando en política para atajar supuestas cartillas con enfoque de género, evitar que mediante ritos “satánicos” nos convirtamos en Venezuela, exigir más exenciones tributarias a sus voluminosos ingresos y bienes; crear un grupo de oración en la Presidencia, mostrar actitudes de poder frente a sus fieles, etc.? o, por el contrario, están más comprometidos con los grandes temas nacionales como el que se incremente la edad para pensionarse, el abusivo sistema financiero, la universalidad en el acceso a la vivienda, educación, servicios públicos de calidad, las reformas tributarias, la miseria en el aumento anual en el salario mínimo, el paupérrimo servicio de salud, la inflación, etc.

Creo que el llamado voto cristiano, gracias al liderazgo que ostentó en el 2016, tendrá un papel importante en las elecciones de este año, pero, dependiendo hacia donde se inclinen, podrán contribuir a mejorar nuestro país, o serán tildados como unos oportunistas más de la politiquería de siempre.

About the author

Daniel Porras Lemus

Estudiante de Derecho de la Universidad de Medellín. Apasionado por la Política, el Derecho y la Historia. Investigador en temas históricos y constitucionales. Sangileño. Santandereano.