Ponerle fin a la vida

La vida es ese espacio de momento (así la quiero llamar), al que hemos sido arrojados sin haberlo pedido. De repente, somos conscientes de que nacimos en una familia y un país que nunca elegimos, pero ahí vamos siendo, con los otros, para ser uno… para buscar nuestros rumbos y construir eso que llamamos proyecto de vida.

Sin embargo, hay muchos que, casi siempre por sucesos adversos, deciden ponerle fin a eso de la vida. Esas personas, igual que quienes decidimos seguir en este trasegar, merecen igual respeto y reconocimiento porque seguramente intentaron seguir… e intentarlo es otra forma de lograrlo.

“No sé si es cobardía o valentía”, solemos decir cada que intentamos definir o abordar eso del suicidio. Pueden ser las dos, o una de ellas: valentía por tomar la decisión, o cobardía por no sobreponerse, pero no somos nadie para definir eso que solo quien ejecuta el acto lo sabe. Solo quien se suicida ha palpado realmente qué es el suicidio y por qué realmente suspendió la vida, y nunca podremos saber la respuesta. El “no sé” siempre va a estar presente cada que el suicidio lo esté.

Ahora, muchos de los que ejecutan el acto, tienen el decoro y la apenas obligación moral, y hasta social, de despedirse. Es un mínimo, porque quedan los dolientes, que son quienes real y paradójicamente sufren la muerte del que ya no está. Cuando hay despedida, la partida es menos tortuosa para quienes quedan: “al menos alcanzó a despedirse”, es lo que muchos dolientes agradecen cuando alguien sabe irse de estas tierras.

Otros, en su lecho de muerte, incapaces incluso de hablar, piden que les interrumpan la vida: una lágrima, un apretón de manos o un movimiento de párpados puede ser la señal de auxilio… ese “Por favor, no me dejen vivir en estas condiciones”. El dolor les es insoportable y no quieren estar más así. El doctor Juvenal Urbino, ese bello pero efímero personaje de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, plasmó de manera bellísima y contundente una de las misiones de los médicos, a quienes tanto les debemos en estos tiempos difíciles: en clase con sus estudiantes, afirmaba que cada uno es dueño de su propia muerte, pero “lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor”. Es eso lo que muchos dolientes quieren cuando un amado está postrado en la cama: quieren que no sufra, y deciden disponer de su vida, porque seguramente esa persona así también lo hubiera querido.

Jeremiah de Saint-Amour, ese otro efímero personaje de esa misma novela del Nobel colombiano se suicidó también de una bellísima manera, aunque no tuviera ninguna dolencia, pero ya había llegado a viejo… y eso, según, él era una “enfermedad que había que evitar a toda costa”.  El francés se acostó en su cama, hizo un sahumerio de cianuro de oro, y nunca más despertó. Junto con él, murió su perro al lado de la cama.

Son las maneras, estimado lector.

En Madame Bovary, su protagonista Emma Bovary, esa mujer que siempre estuvo en el lugar equivocado, y quien luego de avatares que cualquiera no aguantaría, decidió suicidarse también, no con cianuro, sino con arsénico, aunque quizás no previó la tortura que la preparación le causaría antes de morir. Pero le dio tiempo de morir, por decirlo de alguna manera. Contempló la muerte ya reflejada en su cadavérica cara: “con voz clara, pidió su espejo y permaneció inclinada sobre él durante algún tiempo, hasta que por fin gruesas lágrimas se deslizaron de sus ojos. Entonces volvió la cabeza lanzando un suspiro y cayó sobre su almohada (…) A partir de entonces, el pecho se le empezó alborotar en un estertor galopante. Se le salió toda la lengua fuera de la boca y sus ojos daban vueltas y palidecían como dos globos de luz a punto de apagarse, hasta el punto de que se la hubiera creído ya difunta”. Quizás en ese punto se pudo arrepentir de tomar esa decisión, pero solo ella sabrá eso.

Otros mueren antes de morir. Ya sienten la muerte encima, y quieren ser sus propios autores de la muerte, antes de que otros lo sean. Ese es el caso de José Gontrán de Signoles, ese personaje de Un cobarde, Guy de Maupassant. Él, próximo a salir a un duelo con revólveres, decidió adelantar las cosas. “Miró a la boca del cañón (…) pensando en su deshonra, en las murmuraciones humillantes de los casinos, en las burlas irónicas de los salones, en el desprecio de las mujeres, en las reticencias de los periodistas, en los insultos de los cobardes” y se disparó en la boca. No fue la muerte más estética, pero fue su muerte. Esto no lo hagan, por fa; piensen en sus dolientes. Siempre hay al menos una persona que no quiere encontrar el cadáver de su amado o amigo con los sesos y la sangre derramada en el cuarto o con las vísceras regadas en alguna vía del tren.

Otros mueren por amor, y de la manera más simbólica posible. Tal es el caso de José Asunción silva, el poeta del billete de 5.000, a quien un amor socialmente prohibido lo llevó pedirle a un amigo médico que le indicara dónde exactamente se ubicaba el corazón y, muy entrada la madrugada, se disparó acostado en su cama (ver El billete de 5.000).

Hay suicidios entonces de todos los tipos y maneras: estéticos, poéticos, bruscos, repentinos, grotescos, etc. La literatura debe estar llena de episodios bellos de suicidios, o de otros no tan bellos, sino cuestionadores y conmovedores, como crudamente lo supo hacer Piedad Bonnett en Lo que no tiene nombre, en donde aborda el suicidio de su hijo.

También se vale morir simbólicamente, como lo relata aquel fragmento de La importancia de morir a tiempo, de Mario Mendoza: “Hay que dejarse morir tranquilamente. Es la única forma de renacer, de resucitar convertido en otro”.  Importante eso de morir cuando sentimos que tenemos un cadáver encima, que estamos haciendo lo que no nos gusta, que estamos inmortalizando un Yo que hace rato no está o que pide cambio. Es difícil, pero también se vale dejarse morir.

El suicidio seguirá existiendo, porque la libertad del sujeto de disponer del rumbo de su vida también seguirá existiendo. Hay que aceptarla. Es más, qué bueno sería que hubiera un lugar especial para morir, como esa Institución de la muerte voluntaria de Maupassant en La dormilona; o como en Japón, en donde quien quiere darle fin a su existencia, puede ir al Aokigahara, también conocido como Bosque de los suicidios, en cuya ruta hay diferentes avisos con números telefónicos para pedir auxilio psicológico, porque siempre se vale arrepentirse, aunque la pistola esté cargada, el veneno comprado y preparado, o la soga colgada. Siempre puede haber una razón para continuar viviendo… porque la hay.

 

Santiago Molina

Santiago Molina

Licenciado en Humanidades, Lengua Castellana de la Universidad de Antioquia.​

2 Comments

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  • Santiago que bello texto. Me gusta como justificas tu postura con las obras literarias y como conservas el cuidado en lo que abordas. La parte que más me gustó fue «estamos inmortalizando un yo que pide cambio» Gracias lo disfruté cantidades.