Petri… adictos

Justificación de lo indefendible hace parte de la doble moral de una fuerza progresista colombiana que tiene como estrategia el democratizar el odio, el dolor y el resentimiento de los “nadies”. Lo que fue base de una revolución social se revierte ante el incumplimiento de las promesas y subsidios ofrecidos en campaña.

 Estado del cambio se desdibuja ante una transformación que sucumbió frente a lo que antes tanto atacaba la izquierda como oposición y ahora lo avala como gobierno. Profunda polarización que invade a Colombia tiene como base de la divergencia lo que trae de fondo la propuesta política, económica y social del Pacto Histórico, apuesta gubernamental que atomiza los recursos, de las pensiones y de la salud, para alimentar el clientelismo y la corrupción regional en pro de alzarse con la victoria en las elecciones de octubre. Los hechos evidenciados, en los últimos días, exaltan la incoherencia del petrismo posando como faro de la ética, prohombre de moral intachable, cuando su transparencia se pone en entredicho ante el inventario de acciones controversiales en campaña, y el ejercicio del poder, que se avalan bajo el precepto de que otros lo han hecho, y ellos ahora en ejercicio de sus funciones tienen derecho a hacerlo también.

El escenario de escándalos que acompaña a Gustavo Francisco Petro Urrego, en donde cada día hay uno mayor que el anterior, enaltece lo complejo que resulta para un mitómano hablar de verdad, decir que acata la justicia, pero no acepta los fallos que le son adversos, hablar de combatir la corrupción y estar nadando en ella, o hablar de cambio solo porque le sustituye de nombre a las cosas (retención por secuestro, bandido por gestor de paz, entre otros). Oportunidades de igualdad que, se decía, se ofrecerían a la sociedad, para resarcir las deudas con comunidades ancestrales, aniquiló las esperanzas del ciudadano del común que esperaba la constitución de un símbolo de una nueva Colombia distante de la historia que ha demarcado a los países que ya transitaron los caminos del socialismo progresista del siglo XXI. Actos del primer año de gobierno traslucen que todo es igual, que la izquierda en Colombia tiene licencia para derramar sangre, crear pobreza y multiplicar la desesperanza.

Zozobra que se tiende en el ambiente, en el marco del caos perfecto, es el simbolismo ideológico de una fuerza que hace uso de las campañas de desprestigio, calumniosas y brutales, para acabar con el oponente. Defensa acérrima que se hace de lo que saben que está mal, solo por negar o dañar lo que está bien, es el eje de un matoneo en redes que se constituyó, con recursos públicos, para perseguir desde la política a la prensa y los militantes del centro y la derecha. Mesianismo que quieren encarnar en los referentes de lo que han llamado el Pacto Histórico poco a poco se desmitifica, salidas en falso en temas de trascendencia, lavada de manos al mejor estilo de Pilatos, y señalamientos de preocupantes procederes que los liga con acciones non sanctas, pulveriza un discurso retórico que necesita del show digital y la atención mediática para calar en la opinión pública, pese a sus incoherencias y desastres en el ejercicio del poder.

Lucha de la izquierda por llegar a ser gobierno pierde sentido al no hacer nada diferente a destruir todo lo construido durante años: la salud, la economía, las pensiones, la minería, las fuerzas militares. Vandalismo que se emplea tras el argumento de exigir oportunidades y pedir resultados que ya se vive en Colombia, denota lo deplorable de una clase política que se esconde detrás de los jóvenes, los menos favorecidos y los refugiados para estructurar una propuesta de cambio que nada aporta para el futuro de la nación. Ausencia de justicia real en la que se escuden solapados políticos, que fungen de progresistas, para polarizar, profundiza la herida de una sociedad masacrada por la fuerza de las armas y el terrorismo de la palabra que intimida e infunde el miedo. Jugaditas maestras de ejemplares sujetos que siguen haciendo de las suyas con esguince a la ley y sin el pago de un castigo ejemplar en tiempo real.

Voto de opinión que se emitió en las urnas, en junio de 2022, es la cosecha que se empieza a recoger por parte de quienes estructuran un Pacto Histórico por Colombia, antología de una agrupación de partido para la que no existe una segunda opción y solo aceptan lo que ellos imponen. Egocentrismo de Gustavo Francisco Petro Urrego es el estandarte de una izquierda que no para de fingir, dedicarse a juzgar y a condenar, mentir, y negarse a reconocer la humanidad propia y la del otro. Ruta de paseos internacionales que se ha trasado su presidente devela que tiene un propósito oculto que le impide estar al frente del país. La estrategia de negar una realidad que la gente ve, y muestra a gritos lo que sucede en Colombia, es la testaruda obsesión, de “querer tapar el sol con un dedo” y negarse a ver la situación que aqueja al colectivo social colombiano. Llegó el momento de asumir responsabilidades, victimización de la izquierda es solo un afán distractor para culpar a los demás y no asumir lo que a ellos corresponde.

Destacado patriota del que quiere fungir su mandatario, más que lecciones de vida para emular, deja al país ondas preocupaciones por las acciones de proceder en el ejerció de sus funciones y la prepotencia que lo caracteriza como servidor público. Lo que la izquierda llama calumnias de la oposición, chantaje de algunos partidos y tergiversación de los medios, es la materialización del perfil de su presidente, un cínico que propaga mentiras sin mayor sentido para victimizarse de manera infantil y recurrir a la bajeza, propia del delincuente, para justificar su irresponsabilidad. Quien incendió el país en pandemia, argumentando que estaba en contra del aumento de la gasolina y una refirma tributaria, llegó al poder a desestabilizar la economía e imponer tributos que pegan directamente a los menos favorecidos. El tiempo y los hechos dan la razón a quienes siempre expresaron que el Pacto Histórico era un gran error y más de lo mismo, que poco está interesado en generar cambios estructurales en la nación y crear oportunidades para las clases populares.

Mezquindad que acompaña a la izquierda en el poder la aleja del pueblo y la tiene desesperada y sin argumentos para seguir defendiendo la incertidumbre que acelera el embrollo político, económico y social en Colombia. Búsqueda de la verdad ha terminado por revelar el talante, la coherencia y la fiabilidad de quienes están al frente del país, agentes políticos con valores invertidos que alientan y patrocinan la violencia e inseguridad que invade a la nación. Palabras bonitas, acompañadas de una cara de buena persona, embauca la esperanza de una población que creyó en la paz total, dudoso proceder de quien matonea y hace apología al terrorismo y el vandalismo desde las redes, pero a su vez hace un llamado a la empatía. Sujeto que corrió la línea ética y desesperadamente busca recursos para avivar las primeras líneas estandarte, de las elecciones de octubre, que delinea milicias urbanas que siembran el terror y desvían la atención de lo coyuntural.

Elemento distractor, que devuelve al país al pasado, consigue que se olvide fijar la mirada en el presente. Pasan los días y crece la preocupación, Colombia está caminando rumbo al colapso económico y social, a la destrucción de todo lo construido en los últimos 50 años. Criterio moral con el que actúa el Pacto Histórico impide enviar un mensaje de tranquilidad a todos los sectores de la nación de manera inmediata, pronunciamiento que evite el pánico y una debacle absoluta y monumental. Desestabilización, incompetencia, terquedad y desaprobación popular son factores que convergen y ponen en jaque la gobernabilidad de Gustavo Francisco Petro Urrego y su pacto histórico por Colombia, apuesta de cambio solo será viable con el reconocimiento del prójimo, respeto por la diversidad y lucha por la equidad sin odio, mentiras y exclusiones. ¡En el marco de la tolerancia hay que dejar de ver mesías donde solo hay verdugos! A consecuencia de los Petri… adictos, la democracia del país está raída, rota y abandonada, el ecosistema social está inundado de mucho discurso y pocas propuestas que se materialicen para el cambio que muchos esperan y quieren ver sin fomentar la violencia y terrorismo.

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

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