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Pasos hacia una Ecología Profunda

 “No hablamos del entorno del ecólogo tradicional, sino del entorno que nos determina, que nos contiene. Que nos genera y nos recibe. Del entorno donde se encuentran las materias primas de la mística y de la creación artística”.


 El Hombre, como cualquier organismo vivo, está en relación con su entorno. Es más: forma parte del entorno y es también el entorno que se transforma en sistemas de relaciones, que por un lado se independizan pero que a su vez organizan su propia materia y administran sus propias energías para formar lo que llamamos organismo. Al mismo tiempo, la organización de la materia y de las energías del entorno se modifican para, en la diferencia, generar información acerca de su propio metaentorno. El ambiente, entonces, es como otro organismo que depende de su medio y que se autoorganiza a su vez. Esta condición de existencia implica un reajuste del organismo a los constantes cambios de su medio… medio que volverá a ajustarse a las nuevas condiciones que le plantea el organismo con sus propios cambios (que habían sido producidos por los cambios previos del entorno), porque no debemos olvidar que el entorno tiene al organismo como parte de su medio. De manera que organismo y entorno se autopromueven y se autocontrolan.

En lo que a nosotros compete, y según lo visto, nuestra auto/organización como organismos depende del medio y también de nuestros propios procesos. Estamos, en pocas palabras, inscritos en el entorno y, a pesar de verlo como “en/torno” (como algo que está a nuestro alrededor), somos al mismo tiempo ese entorno que nos rodea. Esto plantea un compromiso lógico: la idea eventual de ser el entorno entra en conflicto con la idea de depender del entorno ¿cómo no vamos a depender del entorno si acabamos de decir que somos el entorno? Tratar de comprender que el medio nos rodea y que a la vez nos constituye, se traduce en nuestro entuerto de base: la idea de un yo y de lo que lo rodea. Esta cuestión es conflictiva porque la generación de una autoconsciencia necesita de la segregación respecto del medio. Desde la biología, esta disrupción entre el sistema entorno y el sistema ser humano conlleva un problema: la segregación conceptual entre un yo y el entorno impide acceder a una visión holística en la cual el organismo que somos y nuestro entorno constituiríamos una “no captable” unidad. Por esto es curioso que no se repare en la contradicción que aparece cada vez que decimos una frase que suena, sin embargo, muy coherente: “El Hombre y su entorno constituyen una unidad”, cuando al mismo tiempo, y para decir eso, nos vemos obligados a interrelacionar dos elementos distintos. En pocas palabras: invocamos la unidad desde la dualidad.

Razonando en lo profundo

¿Hay un punto donde podemos reconocer el nexo entre el mundo que el Humano elabora -un mundo de ideas, de ficciones, de predicciones científicas y mágicas- y el mundo natural que nos vincula con la totalidad de lo existente? El positivismo modeló una visión neomítica del mundo, donde el racionalismo es el referente final de lo real. Pero, ¿es la Razón un referente válido y absoluto? Nietzsche llamaba la atención acerca de la ausencia de una validación externa de nuestra presunta “Razón”… en otra forma: no le puedo preguntar a un delfín o a un orangután si razono o no, por más evolucionado que el animal sea: sólo se lo puedo preguntar a otra persona que hace lo mismo que yo (por lo menos, en la escala del lenguaje compartido)… lo cual no es, en definitiva, una salida muy confiable. ¿Un viaje al interior para ver si razono? ¿Tenemos un interior, o el “interior” es otro mito, otra historia no científica ni razonable? Y el “afuera”, la espacialidad, nuestro entorno, lo “otro”, ¿no será la mera proyección de nuestro aparato psíquico? No hablo de solipsismo, pero, para Kant, se podía entender la diferencia entre la apercepción de los fenómenos del entorno, de la apercepción trascendental: la pura apercepción como capacidad de conocer y no de lo conocido. La apercepción trascendental no es “lo real” sino aquello que hace posible “lo real”. Esta apercepción trascendental funge como horizonte epistemológico del sujeto trascendental: del horizonte hacia el exterior interno (la parte “oscura”, invisible, que se conecta con el Todo y que se disuelve en él) no hay realidad psicológica alguna, sino las condiciones de posibilidad de ser que tiene lo real, que es en nuestra consciencia, de últimas, donde aparece lo consciente como entidad perceptible y de la que podemos argumentar (decir, experimentar, aplicar pinceladas en un lienzo o notas en un pentagrama… lo que sea…). Es el “a priori” de todo concepto que elaboremos, del mismo modo en que -siguiendo con Kant- tenemos al espacio y al tiempo como las condiciones “a priori” donde se establecen las intuiciones desatadas en nosotros, es decir: cuando vemos lo que nos rodea. Dicen los psicólogos: “se puede desear el placer y tenerlo pero no se puede desear el disfrute de ese placer, sino sólo experimentarlo”. Y es en esa experimentación donde también radica la autoconciencia -el ‘yo’-, así como la conciencia de la existencia: la relación ecológica profunda entre el observador y su objeto de observación: el ser consciente de algo es sentirse sujeto del conocimiento y es disponernos en el albur de nuestra existencia como un ego, en el “más acá” del vínculo ecológico. Lo interesante, en este punto, es ver que esta referencia metafísica al sujeto del conocimiento (que espontáneamente queremos colocar dentro del organismo y, muchas veces, dentro mismo del cerebro de ese organismo), se libera de las cadenas de lo real y empieza a seguir sus propias leyes de organización que pertenecen al Universo. Allí las palabras sobran porque faltan: están ausentes. Nos quedamos mudos porque no sabemos qué decir. Quedamos como bebés recién nacidos: infantes: in-faris: el que no habla… ¿Podríamos colocar aquí a El Verbo diciendo: “Dejad que los niños vengan a mí” de Mateo 19:13 al 15? O sea: dejad que los mudos, los in-faris, “vengan a mí”, porque el único Verbo que habla soy yo y es el YO SOY” bíblico lo único que le puede decir el Verbo tanto a Moisés como a los judíos del templo, así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. De esta forma, el mensaje crístico resulta en otra forma de enfocar la ruptura de la consciencia que habla -y que produce contenidos “reales” en la mente- respecto del sujeto ecológico del conocimiento que se allana a las leyes del Cosmos y que guarda el necesario silencio.

El positivismo permitió, por un lado, el ascenso de la psicología en la observación de la consciencia de sí mismo, pero nunca pudo acceder al “más acá” del yo… a sus espaldas… al Universo donde nuestro yo se apoya para nutrirse y poder ser. Y mientras, por ejemplo, Karl Marx subordinaba el yo a lo real, otras mentes más abiertas daban un trasfondo universal a ese emergente y permitía contraatacar a Descartes y su “pienso, por lo tanto existo” con el “Soy donde no pienso” de Lacan. Y es en ese lugar donde no se piensa (donde no hay palabras y habitan los niños que buscaba el Mesías cristiano), el sitio en el que se da el descontrol que tanto asusta a quienes quieren que todo esté controlado por la Razón. El momento y el espacio donde se toma contacto con lo que empieza a dejar de ser… No hablamos del entorno del ecólogo tradicional, sino del entorno que nos determina, que nos contiene. Que nos genera y nos recibe. El entorno donde se encuentran las materias primas de la mística y de la creación artística. Porque allí donde no pienso, mi sistema se extingue en el todo, pero antes -y sostenido por la biología- irradia su luz hacia la conciencia. El cerebro y el sistema nervioso generarán, desde algún lugar inhallable para la mente consciente, los elementos “materiales” reconocibles por la experiencia: la palabra, el color o el sonido inherentes al arte y al símbolo. Esta suerte de “ausencia presente” es lo que los místicos llaman “misterio”: algo de cuya manifestación podemos dar cuenta, pero de cuyo origen lo ignoramos todo y de lo que no podemos decir nada. El misterio es siempre inefable.

La conciencia es una fracción infinitamente pequeña y limitada de nuestra mente. Nuestra conciencia inconsciente, por el contrario, se expande sin solución de continuidad a todas las dimensiones de existencia del Universo… Y, sin embargo, seguimos confiando nuestra supervivencia a una conciencia consciente que nos ha traído siempre más problemas que soluciones: en vez de tomarla como una herramienta puramente circunstancial del mundo material (“la materia es necesidad, la conciencia es libertad” dijo Henri Bergson), la hacemos objeto de todas nuestras atenciones y deferencias y fundamos civilizaciones sobre ella… y a eso lo llamamos “inteligencia”… La inteligencia profunda, por el contrario, es ‘ver interiormente’: intus legere… es otra cosa: es el mochuelo de Palas Atenea, la diosa de la Razón y de la Luz del mediodía griego, armada de lanza y escudo racionales y naciendo del cerebro del padre Zeus… pero también armada con el mochuelo: la lechuza de grandes ojos… Ojos que pedían y podían escrutar los misterios más oscuros del Universo…

Esto fue escrito por

Horacio Ramírez

Poeta, artista plástico, ensayista, crítico de cine, dedicado al estudio de la Simbología Universal, mitología y religiones comparadas. Formado en el ámbito científico de la Ecología fue derivando hacia el arte, la investigación en teoría poética, literatura japonesa, filosofías religiosas occidentales y orientales.

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