Opinión Selección del editor

Pandemias y globalizaciones

Peste Justiniana. Nicolas Poussin. Museo del Louvre

La pandemia de COVID-19 les ha dado a los modernos enemigos del comercio otro motivo para detestar la globalización.  Y en cierto sentido tienen razón.  La expansión del comercio y los vínculos que crea entre los pueblos propicia la difusión, hacia otros territorios y países, de enfermedades nacidas en cualquier lugar, incluso en los más remotos. Pero esa globalización – que vincula hoy a todos los países del mundo al movimiento incesante de mercancías, servicios, capitales y personas – no es la creación deliberada del “neo-liberalismo” sino el resultado de lo que Adam Smith llamara la propensión humana a cambiar que se ha manifestado desde los tiempos más remotos.

En su fascinante libro El mundo hasta ayer, Jared Diamond habla de informes arqueológicos que “demuestran que nuestros antepasados de la época glacial ya comerciaban hace decenas de miles de años”. Revela que en yacimientos cromañones al interior de Europa se encontró ámbar del Báltico y conchas del mediterráneo, además de obsidiana, sílex, jaspe y otras piedras de gran dureza trasladadas a miles de kilómetros desde el lugar donde habías sido extraídas.

No es improbable que con los objetos que intercambiaban los hombres de la época glacial llevaran de un sitio a otro las enfermedades que padecían. Probablemente los cromañones se extinguieron al ser contaminados por un virus incrustado en un trozo de sílex comprado a un comerciante neandertal.   Como no es imposible la ciencia de la arqueología médica, a lo mejor ya hay por ahí algún artículo o tesis de doctorado que nos informe de las pandemias asociadas a la globalización paleolítica.

La antigüedad greco-romana también fue muy globalizada. Del relato de la Ilíada se deduce que los intrépidos navegantes de entonces combinaban el comercio con el saqueo y, cuando tenía oportunidad, el rapto de las mujeres ajenas, lo que daba lugar a tremendas guerras como la de Troya.

En su obra Las guerras del Peloponeso, Tucídides describe la peste que llegó a Atenas procedente de Etiopía y causó la muerte de 4.400 de los 29.000 hoplitas y    3.000 de los 12.000 soldados de caballería. El gran Pericles fue una de las víctimas.

Los trirremes romanos surcaban el Mediterráneo llevando mercancías y personas de Alejandría a Bríndisi, de Sidón a Éfeso. Probablemente en uno de esos barcos se alojó la bacteria o el virus ¡váyase a saber! que desencadenó la peste de Agrigento de la que se contagió Publio Virgilio Marón, el poeta de La Eneida.

Se reportan muchas otras pestes en la antigüedad romana, como la Peste Antonina, en el siglo II, descrita por Galeno, y, la más terrible de todas, la Peste Justiniana, en el siglo VI, descrita por Procopio, que diezmó la población del Imperio de Oriente con un saldo de 25 a 50 millones de personas muertas.

En la Edad Media es mucha la gente que ha debido morir a causa de enfermedades infecciosas endémicas o epidémicas. Como medida sanitaria, los pueblos situados en las riveras de los ríos, embarcaban sus apestados, sus leprosos y sus locos en naves que soltaban aguas abajo. Todos se esforzaban por evitar que llegaran a sus puertos esos sombríos bajeles portadores de la peste, la locura y también del mal, porque – como recuerda Jaques Le Goff en Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval– en la cosmovisión de la época el pecado se expresa por la tara física o la enfermedad.

La gran pandemia de la época medieval es la llamada Peste Negra o Peste Bubónica, de cuya aparición y procedencia el gran Boccaccio, en el Decamerón, informa lo siguiente:

“…ya habían, los años de la fructífera encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trecientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, bellísima entre todas las de Italia, sobrevino una mortífera peste. La cual, bien por obra de los cuerpos superiores, o por nuestros inicuos actos, fue en virtud de la justa ira de Dios, enviada a los mortales para corregirnos, tras haber comenzado algunos años atrás en las regiones orientales, en las que arrebató innumerable cantidad de vidas y desde donde, sin detenerse en lugar alguno, prosiguió, devastadora, hacia Occidente, extendiéndose de continuo. Y no valía contra ella previsión no providencia humana alguna, como limpiar la ciudad operarios nombrados al efecto, y prohibirse que ningún enfermo entrase en la población, y darse muchos consejos para conservar la salud…”

Muy seguramente la peste llegó a Europa por La ruta de la Seda, trasegada desde el siglo anterior por intrépidos comerciantes florentinos y venecianos, entre los que se destaca el célebre Marco Polo. Según Henri Pirenne, en su Historia económica y social de la Edad Media, a causa de la Peste Negra, entre 1347 y 1350, pereció la tercera parte de la población de Europa. En Asia y África los muertos se cuentan también por millones.

La del cólera morbo en siglo XIX es, tal vez, la primera pandemia de la que se tenga registro en la historia republicana de Colombia. García Márquez, en su novela El amor en los tiempos del cólera, la imaginó de la siguiente forma:

“La epidemia de cólera morbo, cuyas primeras víctimas cayeron fulminadas en los charcos del mercado, había causado en once semanas la más grande mortandad de nuestra historia (…) En las dos primeras semanas del cólera, el cementerio fue desbordado, y no quedó sitio disponible en las iglesias, a pesar de que habían pasado al osario común los restos carcomidos de nuestros próceres sin nombre (…) Desde que se proclamó el bando del cólera, en el alcázar de la guarnición local se disparó un cañonazo cada cuarto de hora, de día y de noche, de acuerdo con la superstición cívica de que la pólvora purificaba el ambiente (…) Cesó de pronto como había empezado, y nunca se conoció el número de sus estragos…”

Según el Doctor Emilio Quevedo Vélez, historiador de la medicina, el brote de cólera que azotó a Cartagena, matando la cuarta parte de su población, ocurrió en 1849. Con la licencia propia de la literatura, García Márquez lo sitúa hacia mil ochocientos setenta y algo, para que pueda asesinar al padre, también médico, del Doctor Juvenal Urbino, protagonista principalísimo de su historia. En la novela, el doctor Urbino dirige con éxito el combate contra un segundo brote que solo existió por obra de la imaginación de García Márquez, puesto que, según el doctor Quevedo, las tres grandes pandemias de cólera de la segunda mitad del siglo XIX (1865-75,1881-86 y 1889-91), contemporáneas de la época en que discurre la acción de la novela (1850-1930), no tocaron a Colombia.

De la epidemia de 1849-1850, tenemos, además de la recreación literaria de García Márquez, el testimonio ilustrado de Salvador Camacho Roldán, comerciante y político de la época, quien dedica al tema el capítulo XI de sus Memorias. Dice así Don Salvador:

“El año de 1849 fue cruel para las poblaciones de nuestra costa atlántica por la visita de un viajero despiadado: el cólera asiático. Procedente de Europa a los Estados Unidos, de Nueva York vino a Colón, en donde hizo estragos entre los pasajeros de California y la ciudad de Panamá. Luego pasó a Cartagena y Barranquilla, en donde el flagelo se encarnizó en los meses de junio y julio. Se dijo que en Cartagena pasaron sus víctimas de 2.400, o sea la cuarta parte de la población (…) con referencia a (…) Barranquilla (…) las víctimas de los diez y ocho días de su aparición pasaron de 600 (…) en una población que no pasaba de 6.000 habitantes (…) se calculó que, entre las ciudades del litoral y las márgenes del Magdalena hasta Honda, el azote había causado la muerte, en tres meses, de más de 20.000 personas”

Esa cifra corresponde al 1% de la población de la época. Si el Covid-19 nos atacara con igual ferocidad cobraría la vida de 500.000 compatriotas. Las siete pandemias de cólera del siglo XIX mataron entre 10 y 20 millones de personas, es decir, entre el 1% y el 2% de la población mundial hacia 1850.

No se sabe cuánto tiempo le tomó a la Peste Negra llegar a Europa desde su lugar de origen, pero ha debido ser muchísimo puesto que, el cólera, con unos medios de transporte considerablemente más rápidos que los de la Edad Media, tardó más de 40 años en llegar a Colombia desde la China donde, en 1817, comenzó su propagación por el mundo. La Gripa Española tardó varios meses en llegarnos; COVID-19 solo unas cuantas semanas.

La llamada Gripa Española fue tremendamente mortífera y se expandió con gran velocidad. Entre enero de 1918 y diciembre de 1920, 500 millones de personas se contagiaron y murieron entre 20 y 50 millones. Según los autores del artículo “La pandemia de gripe de 1918-1919 en Bogotá y Boyacá” – publicado en septiembre de 2009 en la Revista Infectio de la Asociación Colombiana de Infectología – la pandemia habría ingresado por la Costa Caribe y llegó a Bogotá pasando luego a Boyacá donde tuvo su impacto más letal, causando la muerte de 2.800 de los 58.600 habitantes del Departamento.

En Bogotá se enfermaron de gripa 100.000 personas, el 80% de la población, y murieron cerca de 900. En la temporada de frío y lluvia de octubre y noviembre de 1918, la Ciudad se paralizó. Un testimonio de la época, recogido en el estudio mencionado, dice lo siguiente:

“Las oficinas públicas, los colegios, la universidad, las chicherías, los teatros y las iglesias estaban vacías; los servicios urbanos se colapsaron; la policía, el tranvía, el tren, el correo se paralizaron porque la mayoría policías, operarios, curas, alumnos, profesores y empleados enfermaron; se suspendieron todos los espectáculos públicos, y las calles de la ciudad, especialmente en la noche estaban casi desiertas”

Los autores del estudio encontraron una relación positiva entre el contagio de la gripa y su letalidad y la altura sobre el nivel del mar de las poblaciones. Al parecer, también ayudaron al contagio las pésimas condiciones de higiene pública y personal, descritas con sorna por Luis Tejada en una de sus crónicas recogidas en el libro Gotas de tinta. Vale la pena citar en extenso ese texto delicioso:

“Yo quisiera hacer un elogio sincero y apasionado de la mugre en Bogotá, de la buena mugre, tibia, densa y protectora, que, acumulándose sobre los poros y endureciendo la piel, da al hombre de estas heladas cumbres un atributo necesario que la naturaleza olvidadiza no le dio: la caparazón defensiva y formidable que preserve contra los fríos del invierno y contra las rachas veraniegas de Monserrate, mortales como espadas. Nadia sabría explicarse cómo las gentes limpias, felizmente muy escasas, pueden vivir en este páramo, cruzado de pulmonías por todas partes; cómo no se mueren instantáneamente al salir de teatro, o al descubrirse un poco la bufanda para tomar el aperitivo. Porque las neumonías prefieren los cuellos blancos y tersos de las mujeres que se han bañado, y se dirigen como balas a las camisas perfumadas de los caballeros ricos, y sienten delectación espantosa por la piel olorosa a jabón fino de los niños aristocráticos. En realidad, en estos climas, la muerte es la compañera inseparable del estropajo: bañarse y refrescarse con esponjas, no es solo alborotar los microbios para que tengan oportunidad de penetrar por las narices y los ojos, sino también abrir en cada poro un camino libre para que los enemigos dispersos en el agua y en el aire nos invadan. Además, el baño a esta altura, es un doloroso placer, algo perverso y delicioso al mismo tiempo, que asume la categoría de paraíso artificial, que puede convertirse en vicio refinado y peligroso, en pasión enfermiza, degeneradora de la voluntad; yo creo que hasta pecado será”

Parece pues que, por lo menos hasta hoy, con el comercio viajan las bacterias y los virus y se esparce la enfermedad. Reprimir el comercio – no veo otra forma posible que mediante la más violenta coacción – podría preservarnos de las enfermedades epidémicas, pero no nos salvaría de las enfermedades endémicas, sobre todo la más endémica de todas, la de la pobreza y la miseria, que surge y perpetúa en el aislamiento y se combate justamente con el comercio y el movimiento de capitales y personas.

Se oye decir, incluso de parte de personas que se presume son ilustradas, que no estábamos preparados para la pandemia del CORONAVIRUS. Por supuesto que no estábamos preparados en el sentido de esperar, con algún grado de certeza, la aparición del Covid-19 en un lugar y momento determinados. A lo mejor nunca lleguemos a tener esa clase de preparación. Pero si teníamos una preparación que en muchas formas es superior y que probablemente es la única a la que podemos aspirar: la preparación que resulta justamente de la expansión del comercio, de la profundización de la división del trabajo y de las innovaciones que surgen de aquellas para elevar la productividad y la calidad de nuestras vidas.

Nunca una pandemia había encontrado una humanidad mejor preparada para enfrentarla. Hoy somos más fuertes y saludables y estamos mejor nutridos que en cualquier momento del pasado. Tenemos más medicamentos y alimentos acumulados que en cualquier otra época y unas condiciones de almacenamiento inimaginables hace solo cincuenta años. Tenemos un inmenso aparato productivo distribuido por todas partes y que puede ser puesto en movimiento o reconvertido en breves lapsos. Tenemos un sólido sistema financiero que permite irrigar recursos a todos los lugares y actividades. Tenemos la población más educada y mejor informada de toda la historia. Tenemos esas camas UCI, esos respiradores e infinidad de dispositivos y medicamentos para combatir las más graves enfermedades.  En fin, tenemos hoy más médicos y científicos que los que ha tenido la humanidad en toda su historia.

Esa es la preparación que tenemos para hacer que el Coronavirus – con un millón de contagios, menos de 50 mil muertos y dos trimestres de recesión – pase a la historia como una pequeña pandemia que nos asustó mucho y nos dañó muy poco. Pero eso sí, hay que seguir lavándose las manos, saludándonos de lejitos, usando la máscara, siempre que sea necesario, y presionando al Gobierno, para que nos deje salir a trabajar lo más pronto posible.