Pacífico no pacífico

Pacifico no pacífico: tierra de olvidos, como tantas, tierra de risas, como todas

«Tierra de olvidos, como tantas
Tierra de risas, como todas.»
Hay lugares en el mundo que son difíciles de alcanzar, tal vez por cuestión de suerte, o mala suerte, no son capitales, ni tienen aparentemente mayor importancia en la hiperconexión global de este siglo.

Tumaco, Nariño, en Colombia es uno de esos sitios. Por carretera, y prefiero no imaginarme en qué condiciones, hay seis horas hasta Pasto, la capital más cercana, donde hay una cultura completamente distinta. En avión, hay dos vuelos diarios en avioneta bimotor (20 pasajeros) a Cali.

Al llegar a Tumaco se ve el Océano Pacífico. Y Tumaco tiene fama, nada pacífica: violento, olvidado, pobre, negro. De esa manera está insertado en la red mundial. Es posible que tengan que existir miles de lugares así, de los que poco o nada sabemos, para que puedan existir Nueva York, París, Ciudad de México, Sao Paulo, Bogotá, etc.

Me pregunto que tendrá de interesante para el capitalismo llegar a un lugar de estos, tan inhóspito y aparentemente aislado, y rápidamente encuentro la respuesta: donde hay gente hay necesidades y donde hay necesidades hay la posibilidad de que algunos se enriquezcan a cuestas de, sobretodo, las más básicas. Tener una tienda en Tumaco es casi como tener una mina de oro. De pronto, blancos tienen más que negros, el dueño del mercado tiene más poder que las instancias gubernamentales. Poder percibir esto en un sitio como Tumaco, nos puede permitir llevarlo a otros sitios donde no es tan evidente.

Hay que decir que en Colombia los lugares con la fama de Tumaco, además de los problemas que provienen de estar desconectados en buena medida de esa red mundial, se le suma uno más con piernas de pulpo: conflicto armado y narcotráfico.

De esas cosas que poco se habla pero están implícitas: no se habla de por qué hay ejército en todas partes y al lado del aeropuerto una base de trincheras, y de por qué eso genera confianza y seguridad aparentemente. No se habla de que cualquier salida al mar es una salida de droga y más si estamos cerca de una frontera y sobretodo no se habla de que eso tiene que ver con los actores del conflicto que se van desvirtuando en sus acciones pero que viven ahí, a puestas, muy cerca, o dentro, de todo eso.

Dentro de esa fama uno se imagina llegar a un lugar terrible, y definitivamente no es así, a pesar de todo, la vida trascurre entre el mar y la selva, las incertidumbres y el aislamiento. Y tal aislamiento es sólo para algunos, los más vulnerables, la mayoría. Salvan el fútbol, el mar, la abundancia de agua, la pesca, la música y la remota posibilidad, casi como una lotería, para los jóvenes, de ser policía, soldado o futbolista.

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Escribí esto en Febrero de 2014, en un viaje que hice a Salahonda, municipio que queda al otro lado de la Bahía de Tumaco, a hora y media en lancha y una fortuna en combustible. A Salahonda sus habitantes le dicen La Isla. No es precisamente una isla, porque está conectada a tierra firme, y en marea baja se puede alcanzar a pie, aunque no hay carreteras, pero qué importa decir eso para quien realmente vive tan o más aislado que en una isla.

La tierra firme que tienen cerca es selva, y además de los peligros que ofrece y a los que seguramente ya están acostumbrados, el mayor de todos son los frentes guerrilleros que ahí viven y actúan. El ser humano es experto en adaptarse a la naturaleza, pero aún no nos adaptamos los unos a los otros. Durante los días que estuve ahí presencié el primer simulacro de evacuación de tsunami entre Ecuador y Colombia, las rutas indicaban subir a un cerro próximo, lo que no sabían los planos de evacuación, hecho en una oficina lejos de allí, es que la gente no sube a ese cerro porque ahí está la guerrilla.

Recupero este texto para comenzar este año, dos años después de esa experiencia, porque el 2016 debe ser el año que se firme esa paz. A Tumaco lo ha castigado duramente la guerra, por donde se le mire: social, ambiental, humanitariamente. Como Tumaco deben existir un sinfín de sitios que el simple hecho de que pudieran luchar su existencia sin esa carga demás, ya sería un gran logro. Por ellos, que el 2016 sea el año de la paz.SAM_6884

About the author

Isabel Pérez Alves

Colombobrasileña, aunque eso no quiera decir mucho. Geógrafa en vías de ser, lo que tampoco quiere decir mucho. Indecisa de nacimiento y contradictoria por opción. Insisto en lo imposible, porque de lo posible se sabe demasiado. Escribo, para mirar las cosas de otro punto de vista, leo. Nado, traduzco y pedaleo, todo como amateur. Colecciono nubes y atardeceres.

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