¿Otra columna sobre Inteligencia Artificial?

Como a muchas personas, y como mi algoritmo decidió, estoy viendo temas relacionados con Inteligencia Artificial (IA) en todas partes. De una parte, los gurús que prometen que la productividad aumentará 20x, lo que per se debería ser motivo suficiente para interesarse en estas tecnologías y seguirlos en LinkedIn. De otra parte, quienes anuncian el apocalipsis porque vamos a perder nuestros trabajos y tal vez no tengamos la capacidad de adaptarnos rápidamente a los cambios que hasta ahora estamos interpretando. Sé que estoy siendo reduccionista, pero el punto es que ya no es opcional entender y/o relacionarse con la IA.

No soy la persona más entusiasta del cambio, entonces tiendo a estar en el grupo del apocalipsis. Probablemente sólo es miedo, ¿infundado? En cualquier caso, no quiero perder habilidades cognitivas por delegar tareas simples y verme atrapada en un efecto bola de nieve, medio embrutecida e incapaz de escribir un texto sin asistencia de la IA. A gran escala, también es una preocupación sobre los efectos tendrán estas tecnologías sobre las relaciones y cómo nos vamos a diferenciar de las máquinas.

Hay infinitos temas por explorar, pero como punto de partida quiero indagar por la relación entre la IA y la alteridad. Para ello acudí a Simone Weil, quien tiene una de las filosofías sobre el amor más bellas que conozco y quien encarnó ideales cristianos siendo muy joven y atea. Renunció a sus privilegios en Paris y a su rol como docente para trabajar en las fábricas de Renault y conocer de primera mano la condición obrera, participó brevemente en la guerra civil española y fue redactora en Francia Libre durante la ocupación Nazi. Si hay una pensadora que puede orientarme sobre lo que me interesa de lo humano, es ella.

Como lo explica Emilse Galvis en Simone Weil: Escritura de la gracia, atención y materialidad, para Weil la atención no es un ejercicio voluntario de concentración, es una actitud de espera, un vaciamiento de sí que está profundamente relacionado con la capacidad de conocer y recibir al prójimo; es en la «descreación» que se abre el espacio para conocer el mundo. Para la filósofa, este vaciamiento es producto de la destrucción exterior e interior de la opresión en la fábrica, pues el obrero debe adaptarse a los ritmos de producción y debe dedicar tal energía a su labor que se reduce su capacidad de atención. Dicha capacidad es esencial para el conocimiento, entonces la fábrica termina debilitando la relación del obrero consigo mismo y su posibilidad de ser receptor del mundo.

Afortunadamente, hoy la mayor parte de los trabajadores formales tienen mejores condiciones laborales. Sin embargo, existen otros mecanismos de anulación del yo que producen resultados similares a los de la fábrica. Aunque aparentemente superamos los horrores de las plantas de ensamblaje, la productividad sigue siendo el eje sobre el que gira, o nos dicen, debería girar nuestra vida. Dormir lo suficiente, alimentarse bien, hacer ejercicio y pasar tiempo con las personas que uno ama no son únicamente actividades que generan bienestar, sino un mandato para crear individuos «felices» y productivos. Así las cosas, la felicidad no es buena per se, es sólo una variable que nos permite optimizarnos. ¿No suena esto detestable? En esa lógica el bienestar y la dignidad sólo son concedidas a quien produce.

En esta exigencia por ser más productivos aparece la IA como la herramienta que nos ayuda a avanzar eficientemente en diferentes tareas. En teoría, ya no es necesario leer el libro al que no pudimos sacarle el tiempo porque tenemos acceso a un buen resumen, no es necesario pasar horas buscando los artículos con los argumentos y las cifras que necesitamos, no tenemos que esforzarnos por escribir cada vez mejor porque tenemos sistemas autónomos que convierten un par de ideas en párrafos completos y gramaticalmente correctos. Ahora, tal vez en ese tiempo que nos ahorramos también dejamos de descubrir, de emocionarnos por encontrar nuevos elementos que no habíamos considerado y de generar relaciones entre variables que no habíamos visto. ¿Realmente es necesario que nos vinculemos con el tiempo, el mundo y el trabajo desde el afán de terminar una cosa para empezar la siguiente? Lo dudo, justamente creo que no es posible vaciarse para experimentar el mundo y relacionarse con el otro si vivimos como Sísifo.

Además, estos sistemas no son infalibles y parecen querer quitarle la textura a la vida fuera de la pantalla. Hace poco descubrí el término sycophancy, que básicamente se refiere a la complacencia de los chatbots que refuerzan sesgos y creencias del usuario. Si este tipo de interacciones empiezan a ser la norma, la IA se transforma en un espejo que refuerza el yo, donde se crea una barrera que reduce la atención e impide mirar al otro. Si tenemos todas las respuestas a un chat de distancia, ¿qué necesidad de tenemos de buscar mentores, de hacer el esfuerzo por leer el libro completo y por buscar a otras personas para poner a prueba nuestros puntos de vista?

Justamente, como la IA también reduce la fricción de la diferencia valdría la pena seguir indagando por los efectos que tiene su uso en nuestras relaciones, incluso en el rol que tiene en ella la corporalidad y la capacidad que tenemos de leer un gesto. Es muy diciente que existan personas que prefieren tener como pareja y confidente un chatbot. Sé que el aumento de la soledad en el mundo moderno no es producto exclusivo de la IA, pero si puede reforzarla en aquellos que no han tenido la fortuna de encontrarse con grandes maestros (en sus diferentes presentaciones) y/o construir lazos lo suficientemente fuertes.

En ese proceso, si no tenemos el criterio, terminamos cediendo la capacidad misma de pensar y conocer. Dice Weil que no hay separación entre hacer y pensar, la experiencia permite la comprensión de lo que nos rodea. Entonces si cambiamos el libro por el resumen perdemos la experiencia de conocer el estilo del autor, ampliar nuestro vocabulario, reflexionar sobre frases maravillosamente escritas, reconocernos en un personaje. Entonces, ¿cómo usamos la IA? ¿La usamos para terminar tareas que realmente nos permiten experimentar el mundo o para reemplazar el mundo?

Laura Álvarez Martínez

Magíster Cum Laude en Construcción de Paz (Universidad de los Andes) e Internacionalista (Universidad del Rosario). Especialista en articulación público-privada y seguridad ciudadana.

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