Oro, incienso y mirra

     

Siempre hizo frio en aquel Enero del 2015, en la ciudad de Iliria. Era la noche del 5 y en los canales de la televisión pública recordaban el eterno viaje que los tres reyes magos de Oriente realizaban en esa fecha señalada por el mundo cristiano. Era el viejo rito nómada de tres personajes que siguieron el rastro de un cometa y que llegaron hasta un pesebre humilde en la aldea de Belén, para adorar el nacimiento del elegido, un niño que representaría a toda la civilización cristiana. La televisión mostró a Melchor, Gaspar y Baltasar recorriendo las calles de Manila, algunos barrios de Jerusalén, las avenidas de Toulouse, el centro urbano de Cefalú, la plaza de La Pobla de Segur, el casco viejo de Toledo, o las zonas mas humildes de Oporto. Sus majestades iban montados sobre dromedarios pacientes, o aterrizaban de un vuelo real, o llegaban a puerto seguro y transitaban sobre gigantescas carrozas recargadas de servidumbre y que portaban enormes sacas llenas de dulces que lanzaban apresurados a los millones de visitantes que los llevaban esperando desde el inicio de la festividad de la Navidad. La ilusión de su visita residía en los rostros de miles de niños, que habían escrito sus cartas a sus majestades reales pidiendo los regalos que deseaban y que habían sido recogidas por los pajes semanas antes de finalizar el año.


En Iliria los tres reyes magos llegaron temprano, los niños ya dormían, y se habían entregado a sus sueños. La pantalla del televisor parpadeaba y alguien le había quitado el volumen del sonido. Aquella víspera de reyes era solitaria para tres personajes que llevaban mucho tiempo sin verse las caras y que habían elegido aquel día para un reencuentro. Marchiore era un corredor de bolsa que llevaba viviendo doce años en Barcelona, Kaspar se había dedicado a buscar un remedio para restar los efectos del alzeimer y vivía en Hamburgo. El tercer personaje era Balthazar, un actor que siempre quiso subir a las tablas de los teatros de París. Los tres habían crecido en Iliria, y sus famílias eran de origen sirio.


Kaspar apagó la televisión y sirvió la octava ronda de tragos. Habían cenado, conversado sobre sus trabajos, de como la policía francesa había detenido a Balthazar una vez en Toulouse, de como a Kaspar lo confundieron una vez por un terrorista, de como atacaron a Marchione por el color de su piel en España en mas de una ocasión. Y hablaron del pintor Giotto di Bondone, que ilustró una adoración de los reyes magos alumbrados por un gigantesco cometa que el pintor vió en el año 1301.


La ronda de Campari bañado con jugo de naranja puso sobre la mesa la discusión de como habían sido pintados los tres reyes, con claros y oscuros por Rubens, con excesos por Durero, con serenidad por los pinceles de Velazquez o con rigor espiritual por el Greco. El Vaticano impuso el color de piel de estos tres personajes bíblicos, se sabía mas bien poco de ellos. Kaspar los definió como líderes tribales que habitaban en Judea y que quisieron visitar Belén para ofrecer sus riquezas. Las Sagradas Escrituras se encargaron con el tiempo a mitificar a los magos de oriente y a simbolizar los regalos que llevaban para el hijo de Dios con el oro de la realeza, el incienso de la inmortalidad y la mirra del sufrimiento y la muerte.


Balthazar propuso un juego, comparar la trinidad real de los Magos de Oriente con otros personajes. Marchiore comenzó a fumarse un Romeo y Julieta y citó al principe persa, al principe de las Indias y al principe mongol que aparecen en «El ladrón de Bagdad», una película muda de 1924. Eran tres principes que se convirtieron en pretendientes de la hija del sultán de Bagdad. Su búsqueda era material, tenían que encontrar los regalos mas valiosos para acceder a la mano de la princesa. Kaspar dudaba, amenazó con un soliloquio donde comparaba la celebración de los reyes magos con un motivo puramente comercial que jugaba con la ilusión de los niños. Balthazar eligió su trio mientras descorchó una botella de cava, para él sus personajes eran De Villefort, Danglars y Mondego, los tres villanos del «Conde de Montecristo». Para él eran mas importantes en la novela que el mismo Edmundo Dantés, representaban el motivo vital de la novela, el primero era juez y se robó las ideas de Dantés, el segundo era banquero y le robó su rango social, y el tercero le robó el corazón casandose con Mercedes, su prometida.


Hubo discusión, acerca del rango social, ya que Montecristo, nació como un humilde marinero de Marsella y pudo llevar a cabo su venganza gracias al inmenso tesoro que encontró con las pistas que le dió el abate Faria en la prisión de la isla de If. Kaspar quiso acordarse de tres personajes más para su elección, Athos era el mosquetero de la fidelidad, Porthos era el mosquetero de la nobleza y Aramis era el mosquetero espiritual. representaban los valores individuales, de tres soldados al servicio de un monarca.


En Iliria cantaron los primeros gallos del amanecer, y para Marchiore, Kaspar y Balthazar les quedaba el trabajo de entregar los regalos a sus hijos.


Aquella mañana del 6 de Enero los noticieros abrieron con una trágica noticia: El traficante de armas corso Erode Draco di Fiamma había tomado una población síria bajo la bandera del Estado islámico, las víctimas fueron un millar de niños cristianos.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://alponiente.com/wp-content/uploads/2014/12/Manel.jpg[/author_image] [author_info]Manel Dalmau Etxalar Nacido en un pequeño pueblo del pirineo catalán cuyo nombre es La Pobla de Segur. Adoptado en la ciudad de Medellín en 1998, paisa chivado desde Enero del 2010. Periodista, documentalista, historiador, dinamizador cultural y onanista compulsivo. Forma parte del equipo de la casa Museo otraparte desde el año 2010. El “NO” de su gorra es un adverbio positivo y un morfema ácrata. Es un “NO” a la intolerancia, al desajuste social, al abuso, es una invitación para que todo aquel que lo lea, se invente su propio NO. Es un yonqui de la tertúlia y un borracho de silencios. Intenta soñar. [/author_info] [/author]

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