Nuestro propio algoritmo

Reducir la sociedad y la experiencia humana a un flujo de datos optimizables es ignorar que nuestro verdadero código fuente no se compone de ceros y unos, sino de finitud, vulnerabilidad, elección deliberada y el anhelo irrenunciable de la eudaimonia.

El mapa digital de la polis contemporánea

En la civilización contemporánea, obsesionada con la optimización y el rendimiento, la técnica informática ha pretendido colonizar incluso aquellos reductos que tradicionalmente se consideraban el santuario de la inefabilidad humana: el arte, las decisiones morales, la educación y los vínculos afectivos. Hoy, la sociedad moderna se comporta como si estuviera regida por un inmenso y omnímodo sistema informático, un conjunto de parámetros invisibles que dictan nuestros consumos, modulan nuestras atenciones, miden nuestra productividad y, peligrosamente, pretenden anticipar nuestras decisiones políticas y existenciales.

Este fenómeno no es meramente técnico; es una mutación antropológica y política profunda. Al pretender que la vida social funcione con la precisión aséptica de un software, olvidamos que la comunidad política (polis) no es una línea de código ni un conjunto de datos estandarizados, sino un tejido frágil de voluntades, afectos y conflictos corporales. Para desenmascarar esta ilusión tecnocrática y rescatar lo que verdaderamente nos define, resulta imperativo volver la mirada hacia los clásicos griegos, y en particular hacia los ricos matices de la Ética a Nicómaco y la Ética a Eudemo de Aristóteles. En ellas no hallaremos respuestas técnicas para la era digital, pero sí el instrumental filosófico más lúcido para descifrar cuál es nuestro propio algoritmo y determinar, con urgencia inaplazable, qué es lo esencial que debemos proteger.

I. De la Techne[1] al cálculo absoluto: El peligro de despojar a la acción de su sentido

En la arquitectura conceptual aristotélica, existe una distinción fundamental que la modernidad hipertecnológica ha borrado sistemáticamente: la diferencia entre la techne (la producción, el saber hacer instrumental orientado a un objeto exterior) y la praxis (la acción moral orientada a la buena vida en sí misma).

La inteligencia artificial y los macrodatos (big data) son la cúspide evolutiva de la techne. Operan bajo la lógica de la eficiencia instrumental: maximizar resultados minimizando el esfuerzo, predecir patrones a partir de la estadística acumulada y eliminar sistemáticamente el error. Sin embargo, cuando trasladamos esta lógica de la producción industrial al ámbito de la sociedad, de la justicia, del derecho y de la convivencia, ocurre un vaciamiento ontológico radical. La vida en común deja de ser un espacio de deliberación ética para convertirse en una serie de transacciones predecibles.

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles advierte que la política y la ética no pertenecen al orden de las ciencias exactas ni de la producción técnica, sino al ámbito de lo contingente y lo deliberativo. Pretender que un algoritmo decida sobre la justicia distributiva, la educación de las nuevas generaciones o el valor de una obra humana equivale a confundir el fin de la existencia —que es la realización de la virtud y la convivencia justa— con el medio técnico que facilita una tarea. Cuando la sociedad adopta el algoritmo mercantil y digital como su única guía, olvida que la existencia humana no busca ser “eficiente”, sino digna, significativa y justa.

II. ¿Cuál es nuestro propio algoritmo? La carne, el afecto y la prohairesis[2]

Si aceptamos la metáfora del “algoritmo” para referirnos a las reglas invisibles que estructuran nuestras respuestas colectivas e individuales, debemos preguntarnos con rigor: ¿Cuál es nuestro propio algoritmo? ¿Qué subyace en el código fuente de lo humano que ningún sistema artificial podrá jamás compilar?

La respuesta no se halla en los circuitos, sino en tres dimensiones irreductibles que emergen con fuerza al leer conjuntamente la Ética a Nicómaco y la Ética a Eudemo:

– La biografía somática y la finitud: A diferencia de la máquina, cuyo tiempo es la mera acumulación de ciclos informáticos sin conciencia de término, el ser humano está atravesado por la mortalidad. Nuestra creatividad, nuestros afectos y nuestros vínculos nacen del cansancio, del dolor, del gozo y del sudor de un cuerpo situado en un espacio y un tiempo irrepetibles. Nuestro “algoritmo” es, antes que nada, carnal y finito. Sabemos que vamos a morir, y es precisamente esa conciencia de la escasez del tiempo la que dota de valor absoluto a nuestras elecciones.

– La prohairesis (la elección deliberada): En la Ética a Eudemo y la Ética a Nicómaco, Aristóteles subraya que la virtud moral no es un reflejo automático ni un cálculo de probabilidades, sino una prohairesis, es decir, una elección deliberada acompañada de razón. Un algoritmo calcula el paso siguiente basándose en el pasado (en la media estadística de lo que ya ocurrió); el ser humano, en cambio, es capaz de interrumpir la cadena causal mediante la deliberación consciente, arriesgándose a lo nuevo, al desvío, al error creador y a la responsabilidad ética. Elegimos a pesar del riesgo; la máquina solo ejecuta estimaciones.

– El phrónesis (la prudencia práctica) y la vulnerabilidad compartida: La vida social no se sostiene mediante reglas fijas aplicadas maquinalmente, sino mediante la phrónesis, esa sabiduría práctica que permite juzgar qué es lo justo, lo bueno y lo oportuno aquí y ahora, frente a situaciones inéditas y complejas. Esta prudencia requiere empatía, la capacidad de conmoverse con el dolor ajeno y de reconocernos vulnerables. Un sistema digital procesa datos de dolor, pero no padece el dolor; simula justicia, pero no experimenta la injusticia.

III. Eudaimonia frente a la hiperoptimización: El bien supremo que ninguna máquina puede calcular

El síntoma más evidente de que nuestra sociedad ha extraviado su rumbo es la sustitución del concepto aristotélico de eudaimonia (la felicidad entendida como actividad del alma conforme a la virtud a lo largo de una vida completa) por la noción mercantil y algorítmica de “rendimiento”, “bienestar medible” o “experiencia optimizada”.

Las plataformas digitales y los sistemas de inteligencia artificial comerciales operan bajo una economía de la atención diseñada para mantenernos hiperestimulados pero vacíos, midiendo nuestro valor social en métricas de interacción, clics y productividad laboral. Nos empujan a convertirnos en empresarios de nosotros mismos, gestionando nuestra vida como un portafolio de activos digitales y métricas de éxito superficial.

Frente a esto, la ética aristotélica nos recuerda que el bien supremo de la sociedad no es la acumulación de datos ni la maximización del tiempo útil, sino la realización de aquellas actividades que son valiosas por sí mismas: la amistad auténtica (philia), la contemplación, la justicia en las relaciones humanas y la participación cívica en la polis. La eudaimonia exige pausa, silencio, asombro y el cultivo del juicio crítico, negándose a aceptar el facilismo de las respuestas automáticas.

¿Qué es lo esencial que debemos proteger?

Indagar en nuestro propio algoritmo nos conduce a una revelación fundamental: lo esencial que debemos proteger como sociedad es el margen indomesticable de la experiencia humana, aquello que se resiste a ser codificado, medido, monetizado o predicho.

Debemos proteger con firmeza:

  1. El valor insustituible del error y la vulnerabilidad: El espacio donde la equivocación no es un fallo técnico corregible de inmediato, sino el terreno fértil de la maduración moral y el arte verdadero.
  2. La autonomía del juicio ético (phrónesis): La capacidad ciudadana e intelectual de pensar por cuenta propia, deliberar sobre lo justo y negarnos a delegar nuestras decisiones existenciales y políticas en la comodidad de una recomendación algorítmica.
  3. El vínculo corpóreo y la co-presencia: La mirada cómplice, el abrazo, el debate cara a cara y la creación comunitaria que exigen la presencia física de cuerpos mortales que se juegan la vida en el presente absoluto.

Si renunciamos a defender este reducto, la sociedad dejará de ser una comunidad de seres libres para convertirse en un rebaño estadísticamente optimizado. Nuestro “algoritmo” propio —el de la carne, la finitud y la libertad— no necesita ser actualizado ni depurado de errores; necesita ser cuidado, honrado y ejercitado con valentía frente a las quimeras de la técnica.

 

[1] Technē es un término utilizado por los antiguos griego para designar una destreza un arte o un oficio.

[2] La prohairesis es la facultad racional que nos otorga la capacidad de decidir moralmente.

Jonathan Alexis Acevedo Viana

Soy abogado con maestría y docente investigador en el Tecnológico de Antioquia. Mi trabajo se centra en el derecho privado y su adaptación a los retos sociales y tecnológicos. Investigo neuroderechos y neurociencia, con énfasis en la relación entre derecho, ética y tecnología y la protección de la autonomía, la identidad y la privacidad mental. Integro docencia, investigación y producción académica con impacto teórico y práctico. Además, analizo críticamente la realidad política desde una perspectiva interdisciplinaria.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.