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No vuelvo a comer pandebono

«Esta almojábana sabe a pandebono» esa fue la frase que me sepultó en la desgracia. Reniego cada día de la insulsa persona que se atrevió a comentar semejante cosa hostil.

Ya hace un par de años que esta pregunta me atormenta. Indagar se ha vuelto inútil, las referencias son paupérrimas y todo experto está equivocado. La cuestión se ha vuelto habitual en mis conversaciones, la he usado un par de veces para cortejar sin obtener éxito alguno. Quiero decir, ni para cortejar ni para las respuestas. Lo que queda siempre es una gran confusión por parte de ambos que sin más remedio, tristes y desilusionados regresamos a nuestras casas con las manos vacías.

En principio todos creen tener una respuesta, yo también creí tenerla. Necesitamos certezas para vivir… aunque sean falsas, aunque estemos erróneos. No podemos, a fin de cuentas, andar por ahí desconfiando de todo lo que nos rodea.

«Esta almojábana sabe a pandebono» esa fue la frase que me sepultó en la desgracia. Reniego cada día de la insulsa persona que se atrevió a comentar semejante cosa hostil. Sabrá el lector que esa persona ya no hace parte de mi vida. Desde entonces, cada que visito una panadería hago lo mismo. Le pregunté a una muchacha de Juan Valdés, se salió por la tangente: “Hay niño, yo no sé, eso lo trae el proveedor”. En el segundo sitio estuve más cerca de mi objetivo. Me dijo que la diferencia estaba en el queso, que una estaba hecha a base de cuajada por lo que era mucho más simple que la otra, menos salada. Pude haber parado allí, ser feliz con lo poco que sabía, pero la realidad siempre se encarga de joderle la vida a uno.

Rumbo a Coveñas, el bus paró en uno de esos restaurantes que son medianamente decentes y están en medio de la nada. Mi compañero, el muy cínico, pidió dos almojábanas y tres pandebonos. Yo comprendo las lógicas del libre mercado, pero ¿no es acaso eso inconstitucional? Me pregunto qué pudo pensar la pobre señora detrás del vitral; con su delantal blanco manchado de aceite y sancocho de bagre que había hecho esa tarde. Ella, indiferente a la sección de parva, hizo hasta donde pudo. Era de noche, ya estaba cansada. Empacó los cinco productos en ese papel café y luego una bolsa de plástico. Supe que el pandebono era más caro que la almojábana. Al final, otra vez montados en el bus, mi compañero destapó su bolsa cuyo contenido eran cuatro productos iguales y uno distinto. ¿cuál era cuál? Esa es una pregunta de la que jamás se obtuvo respuesta.

Se siguió indagando. Pregunté a nuevos sujetos, a nuevas panaderías. Se recorrió las calles del valle del aburrá, varios municipios del norte antioqueño y parte del suroriente. En cada lugar, una respuesta, y en nuevo sitio, otra que contradecía la primera.  “Una tiene bocadillo”, “la cuajada chico, la cuajada”. “Es la forma, las líneas que tiene arriba”. “los ingredientes”, “su origen” … y así por todos los caminos que andaba. Siempre una nueva perspectiva, una nueva falsedad. El último sujeto con quien me topé me dijo, casi airoso, como inflando pecho y mostrándose victorioso sobre esta importantísima discusión, que el pandebono era el que tenía un hueco en la mitad. Le contesté iracundo: ¿A vos cómo se te ocurre confundir un pandebono con un pandequeso? Mejor déjame en paz, que ya bastantes problemas tengo con esos dos para que vos metas a un tercero.

Yo comprendo las dificultades técnicas para distinguirlos. No digo que sea fácil. El pandebono (que se escribe junto, nunca separado) no es un pan, y, a desilusión de muchos, tampoco es creación del vocalista de U2. La almojábana o “almuǧábbana” es árabe y significa hecha de queso. Pero hecho de queso es el buñuelo, el pandequeso, el pandebono y el queso. Sostuve durante algún tiempo que quizás se trataba de lo mismo, que en lo que respecta a las recetas los ingredientes cambiaron debido al espacio geográfico. Pero los puristas no quisieron escucharme. Me insistían: No es el queso. Uno es de almidón de yuca y el otro de harina de maíz, “siempre ha sido así”.  Por si fuera poco, alguien acotó “no es harina, es fécula” como si eso resolviera mis problemas.

…me dijo, casi airoso, como inflando pecho, (…) que el pandebono era el que tenía un hueco en la mitad. Le contesté iracundo: ¿A vos cómo se te ocurre confundir un pandebono con un pandequeso? Mejor déjame en paz, que ya bastantes problemas tengo con esos dos para que vos metas a un tercero.

Finalmente fui a dar con un intelectual prototípico, de esos que sobran en Medellín, como quien escribe esto. Diome un estudio histórico, antropológico y sociológico sobre la constitución y herencia de la influencia de la culinaria árabe en nuestro mundo occidental. Del desarrollo de la lengua y la influencia que tiene con el territorio. Me habló de la derivación por la que tuvieron que pasar algunos productos debido a la escasez de insumos y, no conforme con su perorata, me dio una cátedra de tres pelos acerca del impacto económico que tiene el pandebono en nuestra región y porque hay que apoyar el producto local. Jamás me respondió la pregunta que le hice. Casi hasta pude creerle en lo otro, pero era un intelectual y a este punto yo he prescindido de creerles.

Yo propongo escalar esta discusión a la política nacional. Que pueda debatirse en el senado con el rigor y altura que exige el asunto. Que se cree una comisión técnica de Panaderos Ante la Nación (P.A.N) donde pueda generarse un consenso y que todos los establecimientos acaten a rajatabla los lineamientos respecto a los insumos y los procedimientos de horneado. Propongo que este sea puesto encima de la ley 1335 de 2009 que hay en todo establecimiento público. Las panaderías que no cumplan con lo establecido deberán ser suspendidas. Las reposterías deberán pedir licencias para la producción de almojábanas y bajo ningún motivo podrán ofrecer ambos productos. Además, en la medida de lo posible, establecer cátedras, virtuales o presenciales, donde a los colombianos se nos indique las diferencias de ambos para que por ningún motivo se nos venda almojábana por pandebono. Algunos pensarán que llevar esta discusión al congreso es absurdo y pretencioso, y puede que en verdad así lo sientan, pero esas personas no saben muy bien cómo opera el congreso ni mucho menos sus funciones. Tampoco saben sus pretensiones ni lo que buscan legislar. Comparado con el proyecto de ley que buscaba penalizar con 20 SMMLV a las personas que fueran infieles, o esa necesidad por declarar patrimonio inmaterial a cualquier cosa que se haya hecho en el país, considero que la búsqueda por la verdad de un conocimiento tan importante en panadería es más necesario para la nación.

Parte de toda esta discusión sin duda me enferma. Cada vez más dudas, cada día nuevas posibilidades para enfrentar el paradigma y superarlo. Tal consumo de energía lo deja a uno agotado. Es por eso, que mientras la situación no se aclare, yo he decidido comer solo almojábanas. Pero hay momentos, especialmente cuando estoy sentado en la mesa y doy el primer bocado, que observo con detenimiento a las personas a mi alrededor. Noto en ellas cierta mueca de burla, como si ocultaran algo, como si supieran lo que yo no sé. Es ahí cuando trago y comienzo a dudar y cierta indigestión se apodera de mí. Es entonces que ruego en silencio y clamo a Dios que no sea un pandebono lo que me estoy comiendo.

Esto fue escrito por

Andrés Felipe Pérez Tamayo

Estudiante de Ciencias Políticas (UPB). Ya no hay grandes descripciones de mi persona. A veces escribo. Ex cuerpo de paz. Aún queda algo por hacer

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