No son desechables

es fundamental que Bogotá tome medidas para mitigar el impacto de la indigencia y la pobreza extrema”


La constitución política de Colombia, de 1991, dice en su artículo 13:

“Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica.

El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados.

El Estado protegerá especialmente a aquellas personas que por su condición económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ellos se cometan.”

En días anteriores, mi mamá y mi hermana me pidieron que las acompañara a la calle. Salimos con varios termos llenos de café caliente, vasos y bolsas repletas de pan. Caminamos por los alrededores del conjunto residencial donde se encuentra ubicada nuestra casa, en la localidad de Kennedy, sobre la avenida Boyacá, en Bogotá. Salimos alrededor de las siete de la mañana, y mientras caminamos, en pocas cuadras encontramos más de seis cambuches, como les llaman, que son espacios improvisados por personas que viven a la intemperie de la calle. En cada uno había entre seis y siete personas, algunas aun durmiendo y otras ya despiertas, sentadas en el piso, o en sus carretas de reciclaje, pensando, y viendo el mundo pasar a su alrededor. Al momento de acercarnos, para ofrecerles café y pan, nos miraron, la mayoría sorprendidos, otros incrédulos. Nos saludaron con los buenos días, y nosotros respondimos igual, como si pudieran ser buenos los días, amaneciendo en la calle, en medio de una avenida y debajo del cielo capitalino la mayoría de veces nublado o soltando una llovizna lúgubre. Sus ojos se abrían sorprendidos, felices, agradecidos, y sonreían mostrando sus dientes deteriorados, o sus encías muecas. Sus manos sucias, como sus rostros y ropas, se extendían temblorosas para recibir el vaso con café y el pan aún caliente; algunos alzaban su dedo pulgar, en señal de agradecimiento y otros pocos dejaban brotar de sus ojos un llanto de emoción. “Dios los bendiga” nos decía la mayoría. En un semáforo, nos acercamos a otro grupo de personas; mujeres con niños en sus brazos, tenían bolsas de dulces en sus manos, que ofrecían a conductores de carros que las ignoraban. Los niños, al ver que nos acercábamos, nos miraban felices, se emocionaban, y nos saludaban. Eran los que más nos agradecían, y los que más sonreían al tener un pan, que en sus manos se veía gigantesco.

Nos sorprendimos, al ver que en tan poco espacio, hubiera tantas personas en las mismas condiciones lamentables. Aún más nos sorprendió el hecho de encontrar niños en estas condiciones.

Ya habíamos pasado por estos lugares constantemente, pero no habíamos sido conscientes de cuántas eran las personas que en realidad habían allí alojadas. Creo que eso es lo que pasa, lo que le pasa a gran parte de los bogotanos: ya nos acostumbramos a ver el panorama en la calle, uno llenos de personas necesitadas, en condición de vulnerabilidad preocupante, pero ya se ha vuelto tan constante esta problemática, que el problema se ha hecho invisible.

El problema de la indigencia en Bogotá, siempre ha estado presente, pero se ha agudizado desde mayo del 2016, cuando el gobierno distrital de Enrique Peñalosa intervino la zona de “el Bronx” y “el Samber”. En gobiernos anteriores se había intentado intervenir la zona de una forma más progresiva y lenta, pero ese gobierno decidió hacerlo de una forma violenta y rápida. A partir de allí, las zonas ubicadas en el centro de Bogotá, fueron tomadas por el distrito, y las ollas de droga y los habitantes de calle que allí se alojaban, se distribuyeron por toda la ciudad, aumentando y esparciendo aún más la delincuencia común y la presencia de estas personas en las calles de la ciudad.

Realmente, con la excepción de la administración de Gustavo Petro, nunca ha habido una política de inclusión social para estas personas en Bogotá, siempre han sido tratadas como desechables, como la escoria de la sociedad.

Bogotá es una ciudad clasista, elitista y arribista. Eso se evidencia, por ejemplo, en la ausencia de baños públicos y espacios comunitarios para estas personas en condición de calle. “es que huelen horrible y son cochinos” dicen quienes en las calles los evaden para no tener siquiera contacto visual con ellos. ¿Cómo se supone que van a estar aseados, si ni siquiera tienen espacios para suplir sus necesidades básicas de aseo? Los gobiernos que ha tenido Bogotá, sobretodo los dos últimos, han sido los más crueles con estas personas. La policía persigue constantemente a estas personas, tratándolas como delincuentes mayores; no hay una política social que incluya a estas personas a la sociedad y les brinde ayuda como lo ordena la constitución. No hay una solución seria que permita la reincorporación de estas personas a la sociedad y las dignifique brindándoles derechos básicos como estudio y trabajo. No hay un plan siquiera, para sacar a estas personas de la indigencia, brindándoles un techo donde vivir. Es increíble la cantidad de niños que son sometidos a estas condiciones, incluso de esclavitud sexual y laboral en las calles de Bogotá. ¿Dónde está el instituto de bienestar familiar en estos casos?

No sé si este gobierno distrital lo haga, pues ya casi cumple la mitad de su mandato, pero es fundamental que Bogotá tome medidas para mitigar el impacto de la indigencia y la pobreza extrema.

La solución viable que yo encuentro y propongo acá, es la inclusión social, los programas de inclusión social. Darles dignidad a estas personas, brindándoles oportunidades de estudio y trabajo para lograr una transformación social. Redignificar su labor como recicladores remunerando su trabajo como recolectores y clasificadores de residuos sólidos y basuras en la ciudad.

Los proyectos de inclusión social, que entre los años 2012 y 2015, en la alcaldía de Gustavo Petro le permitieron a Bogotá tener los índices más bajos de delincuencia en la historia de la ciudad, deben ser retomados. Es fundamental la inversión en el sector salud, para atender a estas personas en casos leves y graves de drogadicción; deben regresar los centros especializados para atender personas en condición de calle, y suplir sus necesidades de aseo, alojamiento y alimentación; deben volver los proyectos artísticos que servían como programas de educación, brindando educación académica y artística a los niños y jóvenes más vulnerables de la ciudad. Se tiene que retomar el camino para llevar a Bogotá a niveles de superación de la pobreza dimensional superiores a lo anterior. Los recursos públicos de la ciudad no pueden seguir invertidos en una fuerza pública que violenta a su población sino que tienen que tener un fin, el de la transformación y la inclusión social.

Es de esta forma, como se combate esta problemática, cumpliendo la constitución, teniendo un poco de empatía y sentido común, de humanidad y cristiandad que por estas épocas se vuelve tan de moda. Si Bogotá re dignifica a los sectores marginados y por años olvidados de la sociedad, se convertirá en una ciudad sensible, segura, acogedora. Una ciudad humana y mucho más hermosa.

Las personas que tienen que vivir en la calle, no son desechables, ni son sobrantes, ni son la escoria de la sociedad. Son personas que necesitan de la sociedad, que necesitan nuevas oportunidades, que necesitan del amor, la comprensión y el recibimiento de la sociedad para su reincorporación a la vida social.

About the author

Leonardo Sierra

Soy bogotano, me gusta leer, amante del arte, la literatura, y la música. creo en el cambio, así que propongo cambios para esta sociedad colombiana en la que vivo, creo en la paz, la reconciliación y el perdón. respeto y defiendo toda clase de libertad y expresión.

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