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No necesitamos riqueza infinita para ser felices

“Nuestro fin no es exclusivamente acumular bienes, sino tener resueltas nuestras necesidades básicas, vivir dignamente, felices con lo que tengamos y ayudando a que otros también lo sean”.


Uno de los principales problemas que tenemos como humanidad es la desigualdad, causada en parte, por la creencia de que podemos generar riqueza infinitamente. En uno de los capítulos del texto Desarrollo y Libertad del Premio Nobel de Economía Amartya Sen quien sentó las bases para que Mahbub ul Haq creara el Índice de Desarrollo Humano utilizado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) para medir el desarrollo y bienestar de los países más allá de lo económico; se explica que la riqueza no es un fin sino una herramienta para lograr un propósito superior, directamente relacionado con la libertad de las personas.

Suele creerse que el desarrollo es sinónimo de riqueza económica, obviando aspectos como calidad de vida, que en mi concepto se explica en cuatro componentes: el primero, tranquilidad económica para vivir dignamente, tener una casa, la posibilidad de pasear, de darse gusto; el segundo, tener un buen sistema de salud que permita una atención integral y de calidad cuando se requiera; el tercero, acceso a educación de calidad, donde desde la infancia se reciba información que permita tener criterio y tomar decisiones para la vida, que le dé las herramientas a las personas de tener la capacidad de agencia para desarrollar lo que quieran ser y ayudar a impactar positivamente la vida de los que más puedan; cuarto, tener libertad para elegir lo que se quiera ser, siempre y cuando no afecte los derechos de los demás. Hay un ejemplo que me llamó la atención en el texto citado de Sen; en el Siglo XIX, a finales del periodo de esclavitud de Estados Unidos, los esclavos tenían expectativas de vida más alta -comparable con los países desarrollados de Europa- y gozaban de mejores bienes que los agricultores libres de la Nación; sin embargo, casi todos los esclavos que veían la oportunidad de escaparse lo hacían. Con la abolición de la esclavitud, los dueños de los cultivos trataban de recuperar a sus esclavos, pero a cambio de pagarles un salario que era un 100% más alto de lo que recibían, esta iniciativa no prosperó. Estas personas no se movían únicamente por el dinero, sino por desarrollar un proyecto de vida propio y en libertad.

En la vida actual, comparo la libertad con la posibilidad de hacer lo que a uno lo que gusta, tener tiempo para ocio: hacer ejercicio, leer, compartir tiempo en familia, disfrutar con los amigos, pensar. En suma, tener un equilibrio entre lo personal y familiar.

Parece una paradoja que entre más tenemos, menos tiempo gozamos, entre más alto son los cargos laborables, mayores son las responsabilidades y menor el tiempo para disfrutar de otras dimensiones; a eso hay que agregar el consumismo concebido bajo la premisa de riqueza infinita que nos invita a comprar permanentemente cosas que incluso no necesitamos: un par de zapatos, cuando tenemos suficientes  en buen estado, tres carros cuando con uno puede bastar, cambiar de celular cada año cuando el que tenemos funciona bien; y ni se diga de la obsolescencia programada de las empresas, que obligan a comprar el consumidor los aparatos que premeditadamente se hicieron dejar de funcionar. Todo se hace pensando en crecer económicamente, pero dejando un lado los planos ambientales y sociales.

Por eso comparto el concepto del Índice de Desarrollo Humano, la calidad de vida de un país y de una persona no se pueden medir exclusivamente por su riqueza, hay que mirar otros aspectos esenciales como educación y salud; nuestro fin no es exclusivamente acumular bienes, sino tener resueltas nuestras necesidades básicas, vivir dignamente, felices con lo que tengamos y ayudando a que otros también lo sean.

Esto fue escrito por

José María Dávila Román

Comunicador Social - Periodista de la UPB con Maestría en Gerencia para la Innovación Social y el Desarrollo Local de la Universidad Eafit. Creo que para dejar huella hay que tener pasión por lo que se hace y un propósito claro de por qué y para qué, hacemos lo que hacemos. Mi propósito es hacer historia desde donde esté, para construir un mundo mejor y dejar un legado de esperanza y optimismo para los que vienen detrás. Soy orgullosamente jericoano.

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