Necesitamos más ideas que personalidades

     

La coyuntura electoral pone en evidencia la enfermedad más dolorosa del sistema político colombiano, no existe un sistema de ideas que recoja las posturas ideológicas de los colombianos y la representación fue capturada por personalidades, muy pocos colombianos militan en algún tipo de idea, la gente milita  de manera irreflexiva, en el carisma de algún tipo de líder; no parece haber en Colombia liberalismo, conservatismo, derecha, izquierda, ambientalismo, progresismo, lo que hay es Uribismo, gavirsmo, pastranismo, petrismo, robledismo, fajardismo etcétera tenemos una sociedad que no privilegia las ideas sino las personalidades.

Las instituciones sirven sobre todo para que la falibilidad propia de las personalidades no protagonice las decisiones, no pretendo negar que todas las decisiones son subjetivas, digo que cuando estamos obligados a considerar varias subjetividades el riesgo de que las decisiones sean caprichos es menor.

Por el contrario, las decisiones basadas en la personalidad carismática, sustentadas en el tono y el genio del ungido líder, tienden a ser caprichosas y lejanas del interés público;  la exaltación de la personalidad en política es el origen de la barbarie; es un suicidio de la democracia, porque quien toma las decisiones prefiere verse bien al espejo y ante los demás que tomar la decisión correcta, lo público termina siendo presa de la cosmética y ninguna decisión va a ser difícil, pues predominará la opinión del momento.

Entiendo el ejercicio político en la democracia como un escenario de disputa y, sobre todo, de negociación de intereses sobre lo público, intereses que en el mejor de los casos esta precedido de ideas concretas sobre la realidad: cosmovisiones, en resumen, el escenario político es el que escoge una sociedad para transar entre las distintas cosmovisiones que la componen.  Sin embargo, estos escenarios deben ejecutar soluciones concretas a problemas comunes, lo que significa que no en todos los casos, diría yo la mayoría de los casos, las decisiones correctas son las decisiones más populares.

Así las campañas políticas son más publicidad que ideas,  marketing no basado en hacer conocer las ideas que representan los candidatos  sino con el propósito de convencer al público, sin importar lo que piense, de que el candidato es el mejor, que va a ganar, que no se equivoca, que es la versión terrenal de cristo ( lo que sea que eso signifique) pero en resumen que es bueno y ya, que nos caiga bien.

La publicidad se apropió de las ideas políticas a tal nivel, que no tenemos candidatos falibles y humanos, sino superhéroes, personajes, estrellas de cine, que no se enferman, ni se equivocan, que nunca han cometido al error, por eso este juego populista de las personalidad es una tragedia, porque elegimos a seres humanos que se caracterizan por su imperfección creyendo que son perfectos, héroes de revista ( no mitológicos que están caracterizados por la dificultad) preferimos elegir una mentira a esforzarnos por elegir la imperfección más conveniente. Porque tenemos la idea de que los problemas tienen orígenes y, por tanto, soluciones inmediatas.

En este sentido, cuando elegimos entre un carisma u otro, sin importar su talante, elegimos la barbarie, porque ningún personaje de ficción va tomar una decisión complicada por ser impopular o las va a tomar para contradecir a sus opositores porque, por supuesto, no hay superhéroes sin súper villanos.

Concuerdo con la crítica a lo que son en la práctica los partidos, participo también de la idea de que izquierda y derecha son categorías que no logran significar la realidad del espectro político; lo que tampoco creo es que la solución sea la exaltación de la personalidad, las campañas basadas en las payasadas para llamar la atención en un espectáculo o acoger la abominable idea de una postura política inexistente como el centro.

Por el contrario, creo que el ejercicio político debe ser, también, un escenario pedagógico, hay que recuperar la necesidad de ser representados por ideas no por saltimbanquis en bicicleta o a caballo, política con menos pose y más acción. Los ciudadanos además debemos pensar más en el eventual gobierno que en la creatividad de la campaña, no estamos comprando unos zapatos; la delegación de elegir a las autoridades es una obligación ciudadana que debe asumirse con seriedad.

Lo claro es que esta columna es un cantaletaso basado en la impotencia, que además puede ser inútil, porque a la gente a la que quiere llegar por lo general no lee más de 300 caracteres, ojalá supiera dibujar o hacer ilustraciones. ¿pero qué hacemos? No me queda sino la palabra.

 

Adenda: He utilizado este espacio que con tanta paciencia me facilita Al Poniente, para poner en evidencia que Fajardo representa un no lugar que detesto en política y debo decir, que mordiéndome los labios votaré por el sí en un proceso de selección democrática supera a Humberto de la Calle, hay que pensar más en el gobierno que en la campaña o en el candidato.

About the author

Carlos Mario Patiño González

Abogado de la Universidad de Antioquia, Magister en Derecho económico del Externado de Colombia, de Copacabana-Antioquia. Melómano, asiduo conversador de política y otras banalidades. Tan zurdo como puedo pero lo menos mamerto que se me permita.