Medio ambiente y pseudociencia

Aunque frecuentemente se le critique por inflexible y tradicional, la Iglesia Católica fue en el medioevo la institución más adelantada: sus líderes se dieron cuenta mucho antes que el resto del mundo que quien posee el conocimiento es quien tiene el poder. Después de la antigüedad, llena de pensadores que construían libremente su sabiduría, llegó el Medioevo con la concentración de todo el conocimiento europeo en los monasterios. Este monopolio sobre la información fue la base del poder que la Iglesia ejerció en gran parte del mundo durante más de un milenio. No es coincidencia que la Iglesia empezara a perder su influencia en Occidente a partir del momento en que fue posible la difusión masiva de las ideas de una nueva generación de pensadores, artistas, sabios, científicos, médicos e ingenieros. Pero es falsa la idea de que la Iglesia siempre se opuso a estos nuevos conocimientos, pues aunque en aquel momento predominaron las actitudes anticientíficas de algunos integrantes del clero, hubo una gran cantidad de religiosos apoyando las nuevas visiones del mundo. Algunos incluso desarrollaron importantes teorías o descubrimientos. A los frailes Gregorio Mendel y Giordano Bruno les debemos la genética y la noción de que el Sol es una estrella entre millones de cuerpos iguales. Bruno moriría quemado en la Inquisición, pero en el largo plazo han sido sus ideas y no las de sus victimarios las que han aportado más.

Se dice que a partir de ese momento la superstición y la irracionalidad dieron paso a la ciencia y la filosofía (de la mano del arte) como métodos para comprender todas las cosas, pero eso no es del todo cierto. La superstición sobrevivió y se puso una máscara, un disfraz, convirtiéndose en pseudociencia. La pseudociencia resultó difundiéndose por los mismos medios a través de los cuales los grandes descubrimientos de la ciencia habían recorrido el mundo. Hoy es difícil discernir entre ambas: los medios de comunicación, tal vez víctimas, tal vez cómplices, se han encargado de prestarle el disfraz a la superstición y de maquillarla cada vez mejor para que quede lo más parecida posible a la ciencia.

Los objetivos de la pseudociencia son similares a los de la ciencia. Busca cambiar la manera de pensar y sobre todo, la manera de vivir de la gente. Eso incluye por supuesto la forma de consumir, los productos que compramos, la organización de nuestra sociedad y las actividades a las que nos dedicamos. La pseudociencia usa muchas herramientas para lograr sus fines incluyendo los argumentos de autoridad, el efecto placebo y el rescate de prácticas y teorías de las antiguas civilizaciones, pero sobre todo una herramienta que para triunfar con mentiras es fundamental: el miedo. Nos meten miedo a los espíritus, a los muertos, a los vivos, al fin del mundo, a los extraterrestres, a los meteoritos, a los agujeros negros, al mal de ojo, a las malas energías y al enemigo más de moda últimamente: el calentamiento global.

El miedo al calentamiento global es justificado por gobiernos y empresas como herramienta útil para cambiar nuestros patrones de consumo y para extraer los recursos naturales de una forma más sostenible. Existen consecuencias ambientales para nuestras acciones, ya que todo lo que hacemos afecta de algún modo al gran sistema que es la Tierra. No obstante, el calentamiento global del que tanto nos hablan no ha sido comprobado. Se sabe que el planeta ha atravesado otras etapas de calentamiento y enfriamiento que no tenían nada que ver con la contaminación. Un ejemplo claro es la última era del hielo (no es la única) en la que vivieron los mamuts y otros grandes mamíferos. Puede ser que estemos a punto de una nueva etapa con altísimas temperaturas, como puede que no; y puede que estas altas temperaturas sean causadas mayoritariamente por la actividad humana, como puede que no. Existen personajes inescrupulosos que aprovechan la hipótesis del calentamiento global por acciones humanas para obtener fines individuales o políticos. A través de los medios de comunicación nos bombardean con noticias alarmistas para presionarnos a adoptar ciertas actitudes, o nos presentan falsas asociaciones entre nuestro comportamiento y fenómenos naturales que han existido siempre. No pretendo decir que lo que hagamos o dejemos de hacer no tenga efecto sobre la Tierra, sino que debemos ser más críticos con la información que nos llega en los grandes medios y con las palabras de nuestros gobernantes.

En 2007, la BBC reportó que un científico norteamericano de apellido Maslowski había proyectado la desaparición absoluta del hielo del Océano Ártico en el verano para el año 2013 (o incluso antes). La realidad es que en pleno año 2014 aún tenemos hielo en el Océano Ártico, y no solo eso, sino que el área cubierta por hielo ha incrementado en los últimos años (aunque persiste el problema en relación con el volumen de hielo en el mar).

Las palabras de Maslowski resultaron en la boca del ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, que ganó por su activismo sobre el cambio climático. Dicho activismo ha consistido en promocionar tecnologías “amigables con el medio ambiente” para que estas sean adoptadas en las leyes de los distintos países. Esto no solo le ha permitido ganar un Nobel, sino también hacer crecer su propia fortuna. Gore pasó de un patrimonio neto de menos de 2 millones de dólares cuando salió del gobierno en 2001, a invertir 35 millones de dólares en 2009 en una empresa que desarrolla las tecnologías que él presiona a gobiernos y legisladores para que adopten. Eso viene siendo algo así como si un alcalde de un pueblo obligara a todos los habitantes a comprar mosquiteros para prevenir la malaria y a su vez fuera el dueño de la empresa que fabrica los mosquiteros. Ese es el truco de como Al Gore se enriquece con cada ley que logra aprobar, sea en el congreso norteamericano, en el parlamento europeo o incluso en el de nuestro país (de hecho estará este mes en Bucaramanga).

En febrero de 2014, el zar de ciencia de la Casa Blanca llegó a afirmar que prácticamente todos los desastres naturales que sucedieron en la Tierra en los últimos años fueron producidos por el calentamiento global

como si antes no hubieran terremotos ni sequías. Científicos de los Estados Unidos criticaron la afirmación pseudocientífica basados en que la medición del cambio climático se debe hacer con indicadores y modelos computarizados representativos del planeta o de grandes regiones, no con eventos locales como una inundación. La razón principal por la que a veces nos parece que aumenta la frecuencia de los desastres es porque anteriormente no había redes sociales ni medios masivos que pasaran casi inmediatamente las noticias que ocurrían en cualquier parte del mundo, con imágenes y testimonios incluidos. Si hoy hay un sismo en una provincia china, en cuestión de minutos están pasando videos de la tragedia por los canales de televisión en Colombia y por internet. Así nos enteramos de lo que antes pasaba desapercibido, lo que nos lleva a pensar erróneamente que cada vez estas catástrofes son más frecuentes que antes.

Estos son pocos ejemplos de cómo un tema tan delicado e importante como el medio ambiente se ha convertido en justificación para agendas políticas y para negocios multimillonarios usando para ello el miedo y la superstición. En Colombia no es distinto: hace pocos días vimos con gran tristeza como una sequía en el departamento de Casanare causó la muerte de una inmensa población de chigüiros, que son los roedores más grandes del mundo y que únicamente habitan en América del Sur. El gobierno de Juan Manuel Santos, lejos de intervenir para proteger nuestra fauna, lanzó una declaración vergonzosa: la ministra del medio ambiente dijo que la tragedia no era tan grave pues de un millón de chigüiros solo murieron seis mil.

La única reacción crítica provino de sectores de extrema izquierda con una propuesta tan peligrosa como la misma sequía. El desastre les cayó como anillo al dedo para justificar la expulsión de las compañías multinacionales y el control absoluto del estado sobre sectores de la economía como la minería. La causa de este problema no es la extracción de recursos naturales como tal, ni el hecho de que entre quienes lo hagan estén grupos extranjeros; sino la explotación sin vigilancia por parte del gobierno que prefiere cerrar los ojos para no ver lo que está pasando. En Colombia hace falta una alternativa seria que proponga soluciones efectivas a los problemas ambientales sin caer en la demagogia del socialismo. ¿Acaso el Estado va a ser capaz de regular una actividad que él mismo ejecuta y a partir de la cuál obtiene beneficios tanto económicos como políticos? ¿Es capaz la burocracia estatal de generar los cambios que se necesitan? No, la burocracia lenta, corrupta e inefectiva no lograría controlar la explotación que ella misma causaría, ni sería exitosa en plantear alternativas más respetuosas con la naturaleza. Por el contrario, hemos visto demostraciones de que las empresas privadas con visión de largo plazo son capaces de liderar cambios positivos para medio ambiente, por ejemplo, con la creación de vehículos híbridos, el uso de otras fuentes de energía, la creación de productos nuevos con material reciclado o reutilizado y con las baterías recargables. Piense en cuanto papel necesitaría usted para almacenar toda la información que tiene en su computador y agradezca a las “grandes multinacionales” por haber salvado los árboles con la invención del disco duro, las memorias USB y la nube.

Hay que evitar caer en la trampa de los grupos que pretenden solucionar esto con control estatal de toda actividad individual o empresarial, generalmente ocultando el lucro de algunos personajes oscuros. Si el control estatal no es efectivo ni deseable, hay que encontrar acciones individuales y sociales que nos permitan vivir en mayor armonía con el entorno. Lo más importante a nivel político es generar conciencia de la gran riqueza natural de nuestro país, inculcar prácticas sanas de consumo e incentivar a las empresas privadas para la innovación y la adopción de acciones orientadas

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a proteger nuestra biota y nuestros minerales, mientras se vigilan las grandes intervenciones sobre los recursos naturales y se castiga con firmeza a quienes incumplen las normas. En el plano individual hace falta ser más críticos con la información que nos presentan, lo cual no significa creer que podemos hacer lo que queramos con la naturaleza sin sufrir consecuencias, sino reconocer los intereses que se mueven detrás de las palabras de los periódicos y las imágenes de la televisión. También hay que difundir las buenas ideas y premiar con nuestra compra a los productos y las marcas que resulten del esfuerzo por cuidar la Tierra. Obviamente hay que poner en práctica las acciones que ya todos conocemos: meter la basura en la caneca correcta, cerrar la llave del agua, evitar los aerosoles, respetar los animales y cuidar la vegetación; las cuales no siempre efectuamos aunque sabemos que son indispensables.

Los sujetos que nos han mentido y aterrorizado sobre el estado del medio ambiente terminarán cayendo tarde o temprano, pero el daño causado por esa confusión entre pseudociencia y ciencia hará que cuando una problemática real se presente y sea inminente, pase como con el pastorcito mentiroso: nadie se lo va a creer hasta que todo haya pasado.

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1 Comment

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  • José! Exacto el grave problema del Casanare es que eso no tiene reversa… que el impacto ambiental generado por las malas prácticas sobre el suelo tiene consecuencias y no solo para los chigüiros … el gobierno no se puede limitar a enviar aviones para regar con agua la tragedia … se necesitan acciones concretas en otras partes del país donde pronto veremos esas consecuencias…. Colombia es rico pero las malas administraciones pueden acabar también con lo que desconocemos de nuestra riqueza