Medellín, la más innovadora

Existe en Colombia una ciudad que en el año 2013 fue reconocida como la más innovadora (socialmente) del mundo, este título reconocía la resiliencia de una sociedad emprendedora, hospitalaria y amable que superaba el horrible rastro de violencia que la acechó casi a someter en la zozobra durante las últimas décadas del siglo XX, a partir de políticas inteligentes que planearon el desarrollo urbanístico y la recuperación de tejidos culturales entorno a la calidad de vida de los sectores más vulnerables, articulándolos socialmente a una economía creciente y prometedora construida durante generaciones. Una apuesta que vinculaba en lo público a la academia, el sector empresarial, las instituciones del estado y la sociedad civil organizada; lo público entendido como ese espectro común que concierne a todos y que necesariamente nos involucra, aunque decidamos ignorarlo.

Esta ciudad modelo, la primavera del trópico diverso, explotó potencialmente el activo inmaterial más destacado por quienes alguna vez la observamos desde afuera o como visitantes: EL SENTIDO DE PERTENENCIA. Cabe distinguir este valor identitario de la propiedad material propiamente dicha, ya que es posible tener propiedad sobre las cosas sin sentir el menor aprecio por las mismas ni mucho menos que éstas logren influir en nuestra construcción como individuos, y en contra vía, es posible no tener bienes raíces en este territorio, pero sentirse parte en su idiosincrasia al punto de asumirse profundamente comprometido con su desarrollo y bienestar. Este activo escaso en algunas ciudades con mayor ingreso per cápita logró convertir una topografía compleja y por zonas estigmatizada, en uno de los mejores lugares para vivir de la región latinoamericana.

Las soluciones pragmáticas elevaron los indicadores reflejados en resultados al alcance de la cotidianidad, y debido a la actitud ‘pujante’ que caracteriza a los habitantes de este lugar, la restauración de la confianza entre diferentes rápidamente tomó ventaja en la carrera por la paz, pero no esa paz que se conoce por firmas entre élites armamentistas, sino una de base, fundamentada en oportunidades y el progreso equitativo, que le permitió soñar con mejores realidades a la ciudadanía “de a pie”. No obstante, quiero referirme someramente a la ciudad – múltiple – que hoy camino y no a un cuento de hadas que termina en la cúspide del momento feliz.

Como aquella fábula en que la liebre resuelve acostarse a dormir porque llevaba suficiente ventaja en la carrera contra la tortuga y al final gana esta última debido a que su paso estuvo constante; pareciese que los actores, que conjunta y articuladamente consiguieron progresar de manera resiliente por encima del crimen, se estuvieran convenciendo de que las acciones positivas en favor del interés general van tan aceleradas que adormecerlas un poco no afectará la ventaja ganada sobre el crimen que, si bien se mitigó, nunca ha dejado de existir.

Creo que si algo diferencia a las estructuras criminales – sea cual sea su índole; quizá un cartel mafioso, o de contratación, o de corrupción, o clientelista, o de competencia desleal, etcétera – de las estructuras institucionales – públicas, privadas, académicas, civiles – es la voluntad con la que operan; si esta voluntad se dirige al servicio y la búsqueda del interés general para consolidar armonía social, o por el contrario, se centra en ambiciones egoístas cuyos intereses están por encima de los demás, ignorando deliberadamente la destrucción que ocasionan al otro y por ende, a la sociedad en su conjunto.

Con una ocupación hotelera de aproximadamente el 76% en el mes de noviembre del 2021, solo superada por San Andrés Islas, Medellín data como uno de los destinos turísticos más importantes del país y que, por cierto, va ligado a la potencial reactivación económica que ha tenido la ciudad tras enfrentarse a la dura crisis mundial ocasionada por la COVID-19, que no solo develó las debilidades de nuestros sistemas políticos y económicos en el globo, sino que situó a parte de la población en cuestionamientos sobre la profundidad de los avances obtenidos por la democracia y la coherencia con que se han asumido los cambios circunstanciales en los modelos de gestión, gobernanza y administración de lo público; para el caso de Medellín, evaluando el “construir sobre lo construido”, es decir, si se construye sobre la costosísima confianza ciudadana y el noble sentido de pertenencia.

La pequeña ciudad nutrida de humildad montañera y culto al trabajo duro, en un lapsus de tiempo relativamente corto se convirtió en ‘una metrópolis cosmopolita sede de la cuarta revolución industrial’, apetecida por inversionistas, políticos y una serie de potencias externas interesadas en parcelar el jardín que alguna vez conocieron por las excentricidades que alcanzó el narcotráfico, sus narrativas distorsionadas acerca de la legitimidad de los poderes y los tentáculos desprendidos sobre la cultura que rentabilizaron la comercialización de este estilo de vida. La degradación de los cuerpos femeninos mediante la prostitución inducida y de los cuerpos masculinos como instrumentos de muerte, parece solo un espectáculo más para atraer flujos económicos mediante la mirada obscena del mundo.

Los duros procesos sociales que se afrontan al interior de las comunas para demostrarle al mundo y a su propia historia que se podía escribir un nuevo capítulo ‘Discovery’ en el lugar natal del ‘capo’ más reconocido de los últimos tiempos, se quedan atónitos ante la imagen de una medellinense amarrada por el cuello y en ropa interior, paseada por un extranjero en una calle de la zona rosa ubicada en un barrio que hasta hace poco era habitado por clases medias y altas de la ciudad, y que en este momento se reclama como zona de tolerancia – para el turismo sexual y el consumo de estupefacientes – ante migración. Zonas turísticas potenciales como el Graffitour de la Comuna 13 establecido así en 2015, fueron el efecto de crear valor social mediante la inversión en infraestructuras funcionales para modelar imaginarios populares sobre la función del Estado para con las personas, en comunidades que canalizaron a través del arte la historia de un territorio poblado con desplazamientos – de diferentes municipios de Antioquia, Chocó y la costa – y atravesado por guerras entre milicias urbanas, grupos guerrilleros y paramilitares, donde sus habitantes escogieron fundar agrupaciones culturales para cantar y pintar la memoria colectiva como resistencia de su humanidad y la potencia de su talento frente a la marginalidad impuesta por el conflicto armado vigente en el país.

Esta experiencia de transformación urbana que se hizo evidente para el mundo con la instalación de escaleras eléctricas a la intemperie para uso comunitario (en principio), la construcción de teleféricos (metrocable) que conectan las laderas con mayor dificultad de acceso – por la topografía y el estigma – con el sistema de transporte (metro) más avanzado y eficiente del país, no solo es una realidad en la recordada plaza de la Operación Orión del año 2002, sino en otras zonas con alta influencia ilegal como los altos de la Comuna 8, hoy integrada por un tren ligero también único en Colombia (Tranvía 2016) y dos rutas de teleférico, donde además se construyeron senderos ecológicos para el disfrute familiar de este territorio a partir de la colaboración de distintas estructuras – dentro y fuera de la ley – y el Estado que lograron acordar sobre lo fundamental: el valor, la tranquilidad y la esperanza de los habitantes.

Ahora, la crisis es connatural a las transformaciones y no necesariamente implica un problema, a menos que se haga demagogia con la voluntad de superarla o se busque provecho particular cuando la misma afecta a todos. Es razonable y justo que ninguna generación quiera repetir los entornos dolorosos que ya atravesaron quienes les preceden y por eso cabe recordar que el odio no – en ninguna de sus manifestaciones – debería ser aplaudido ni mucho menos admitido en su desprecio por lo único que han tenido en común quienes habitan la Medellín consciente de los alcances de su historia: El amor por esta ciudad, que logró superar el sufrimiento del ostracismo y el temor del resentimiento manifiesto, que se situó en la decencia del diálogo común antes que en la politización de lo público, que sopesó su valor más como hogar para la prosperidad que como plataforma cantera de enriquecimiento netamente monetario.

Las flores, la moda, el talento médico y la gran oferta cultural antioqueña ‘de pura cepa’, se van quedando ensombrecidas ante las disputas mediáticas entre sectores institucionales que en su afán de personalizar intereses pretenden desvirtuar el gran esfuerzo de la sociedad en su conjunto para transformar un pasado de terror y la relevancia de trabajar unidos si lo que se busca es avanzar con propósitos de ciudad. Vemos, así, como la ‘tacita de plata’ no era entonces un proyecto terminado como trofeo a ganar sino una serie de formas a sostener y mejorar para asumir los procesos constantes de una ciudadanía que logró ser más grande que el conflicto.

Los grandes proyectos gestados en el hermoso Valle cuentan, no solo, con un alto grado de inversión – posible, en parte, por la capacidad empresarial de los habitantes de este territorio – sino, además, con un sentido de impacto que permita habitar de manera sostenible a largo plazo; proyectos de transición energética como el Hidroeléctrico Ituango, son la muestra de una región planeada para afrontar los avances tecnológicos inminentes y el monumental reto de cuidar el planeta sin referirse como antonimia de la civilización humana.

El título de ‘Medellín, la más innovadora del mundo’ atrajo las distintas miradas del planeta y entre ellas, la de la ambición que omitió una parte relevante del título: ‘Medellín, la más innovadora SOCIALMENTE del mundo’, pues bien, esta no es precisamente la Silicon Valley que se pretendió en titulares electorales, pero ha sido algo mucho más valioso y bonito que eso, es un territorio que se forja para la vida, la buena vida, en un país que todavía sobrevive con heridas lesivas.

“Yo nací altivo y libre

sobre una sierra antioqueña

¡Llevo el hierro entre las manos

porque en el cuello me pesa!”

María Camila Chala Mena

Poeta. Abogada con énfasis en Administración Pública y Educadora para la Convivencia Ciudadana, Especialista en Gerencia de Proyectos y Estudiante de Maestría en Ciudades Inteligentes y Sostenibles. Fundadora de Ágora: Laboratorio Político. "Lo personal es político".

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