Los que celebran la muerte van al paraíso y los que añoran la paz al infierno

bairon jaramillo valencia

¿En qué momento decir “paz” dejó de ser una expresión cristiana para convertirse en una sospecha política? ¿Cuándo comenzó a resultar más convincente un político que grita “¡Viva Cristo Rey!” —mientras ejecuta ademanes fascistas— que un religioso que pide detener la violencia? ¿En qué instante la guerra empezó a ser presentada como una manifestación de fe y la búsqueda de la paz como una forma de debilidad?, y aquí va la pregunta más incómoda de todas: ¿en qué momento los que celebran la muerte van al cielo y los que añoran la paz al infierno?

En Colombia, parece que algo extraño está ocurriendo cuando determinados sectores políticos consiguen introducirse en el territorio de la fe, hasta el punto de presentarse como intérpretes de la voluntad divina. Ya no basta con defender una singular política de seguridad, justificar un bombardeo o reivindicar la fuerza del Estado; ahora, en ciertos discursos, todo parece necesitar un sello superior (Dios, Cristo, la Virgen, la fe y la patria). En ese contexto, el movimiento discursivo hecho por algunos parece ser poco audaz, pues cuestionar a alguien que mezcla el poder político con la autoridad religiosa ha de costar la vida y, de forma similar, cuando una decisión política viene acompañada de semejante blindaje simbólico, objetar esos comportamientos puede convertirse en una especie de sacrilegio.

Cuando un político consigue presentar sus decisiones como si fuera la voluntad de Dios, la discusión democrática deja de ser racional y comienza a convertirse en una disputa entre supuestos creyentes y supuestos enemigos de la fe. El papa León XIV ha insistido en una concepción de la paz que no parece demasiado compatible con la glorificación de la guerra. La paz, para nada aristócrata por excelencia, exige precisamente aquello que la lógica de la confrontación suele despreciar; en otras palabras, moderación, prudencia y capacidad para reconocer la dignidad del otro. El mensaje pontificio para la Jornada Mundial de la Paz de 2026 lleva, precisamente, el título La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante. En una encíclica publicada ese mismo año, además, el pontífice advierte sobre el uso de la guerra como instrumento político y vincula la paz con la justicia.

Erving Goffman (1959) explicó que buena parte de nuestra vida social está atravesada por representaciones mediante las cuales intentamos producir determinadas impresiones en los demás. La política, por supuesto, no escapa de esa lógica. Un político no solamente gobierna; también construye una imagen, y cuando a esa imagen se le agregan símbolos religiosos, puede producirse una representación particularmente peligrosa, que no es más que la del dirigente que no habla únicamente en nombre de un programa político, sino que también lo hace en nombre de Dios. Entonces ocurre algo paradójico, y es que Dios termina convertido en avalista de decisiones humana: el político decide; Dios aprueba. El político bombardea; Dios lo acompaña. El político habla de enemigos; Dios está de su lado. El político reivindica la fuerza; Dios aparece en su discurso, y así, poco a poco, la responsabilidad del político se disuelve detrás de una voluntad divina creada por él mismo, y tanto aprobada como venerada por sus seguidores.

La sociedad colombiana ha visto cómo la expresión “¡Viva Cristo Rey!” aparece en escenarios políticos cargados de confrontación, y aquí el problema no es la expresión religiosa en sí misma, pues Cristo Rey pertenece a una tradición católica perfectamente reconocible. Lo preocupante aparece cuando esa afirmación queda vinculada a una narrativa política en la que la violencia, la confrontación y la eliminación del otro adquieren una especie de revestimiento espiritual. De hecho, el sacerdote jesuita Francisco de Roux ha advertido recientemente sobre el peligro de utilizar a Dios en la política y cuestionó precisamente la mezcla entre religión y militarismo.

Aquí conviene hacer una precisión, puesto que no todos los creyentes piensan así, y sería injusto afirmar semejante cosa, ya que también existen comunidades religiosas que oran por la paz, acompañan a las víctimas, rechazan la violencia y entienden su fe como un llamado a la reconciliación. En junio de 2026, por ejemplo, una parroquia bogotana denominada Cristo Rey participó en una vigilia por la paz promovida por la Conferencia Episcopal de Colombia, invocando precisamente el pasaje bíblico: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). La contradicción, entonces, resulta todavía más evidente. ¿Cómo puede una misma tradición religiosa producir personas que rezan por la paz y, al mismo tiempo, sus seguidores considerar casi una obligación moral celebrar la muerte del otro? ¿Cómo puede alguien leer “bienaventurados los que trabajan por la paz” y terminar convencido de que quien pide más guerra es quien verdaderamente representa a Dios?

Entonces, poco importa si ayer ese político pensaba de una manera distinta, si alguna vez se declaró ateo, agnóstico o indiferente frente a la religión. Lo verdaderamente importante es que hoy sepa pronunciar las palabras adecuadas: “¡Qué Viva Cristo Rey!” cuando presente bajas, que invoque a Cristo antes de un operativo militar y que hable de la patria como si fuese un milagro en el paraíso. Si ese político representa hoy una garantía de “éxito militar”, no parecería necesario relegarlo de sus funciones por su estado delirante, aunque sus decisiones contradigan los principios que se encuentran detallados en la biblia. Lo importante, ahora, es que ese político exterioriza la ira de quienes necesitan escuchar que alguien piensa exactamente como ellos.

Así, una persona que durante décadas ha tenido una tradición religiosa puede llegar a sentirse obligada a respaldar una guerra simplemente porque quienes la promueven dicen hacerlo en nombre de Dios. Si expresa dudas, aparece inmediatamente la acusación: “No eres un verdadero creyente”. Si cuestiona un bombardeo: “Estás del lado del enemigo”. Si pide negociación: “Eres guerrillero”. Si reclama misericordia: “Estás defendiendo terroristas”, y si menciona que también hay niños debajo de las bombas, entonces quizá termine convertido, paradójicamente, en sospechoso de no tener suficiente fe. Es como si alguien quisiera apagar el incendio con gasolina; cuanto mayor es la violencia, más recurre a un discurso que termina alimentando la confrontación en lugar de buscar una salida.

La muerte no se vuelve santa porque quien ordena la violencia pronuncie el nombre de Dios, y es incongruente —y absolutamente contradictorio— lo que se expone, pues aquello que debería conducir a la defensa de la vida termina siendo utilizado para justificar aquello mismo que la destruye. Por eso resulta tan preocupante que la religión pueda utilizarse como una especie de bula contemporánea para eximir de cuestionamientos a determinados dirigentes. Asimismo, una vez que alguien ha conseguido instalarse como representante de Dios ante sus seguidores, cuestionar sus palabras empieza a percibirse como cuestionar al propio Dios.

Jesús no necesita abogados políticos y tampoco necesita candidatos, presidentes, congresistas o líderes de opinión que le presten su voz para justificar cada decisión militar; de igual modo, Dios tampoco necesita que un político le explique a quién debemos odiar. El problema de fondo es que algunos no están buscando realmente una guía espiritual, sino una justificación trascendente para esa violencia que está reprimida en su interior y que las leyes sociales impiden que salga. Primero sienten ira, después direccionan esa ira hacia alguien, luego encuentran al político que expresa esa ira, y finalmente invocan a Dios para cerrar su argumento. Es una lógica que recuerda, salvando las distancias históricas, al macartismo; es decir, primero se señala al enemigo, después se construye una sospecha alrededor de él y, finalmente, se convierte esa sospecha en una licencia moral para perseguirlo, despreciarlo o desaparecerlo.

Si la paz convierte al creyente en sospechoso y la guerra lo transforma en patriota, si la compasión es interpretada como debilidad y la crueldad como firmeza, si quien pide diálogo es señalado como traidor y quien celebra la muerte es defensor de la fe, entonces deberíamos detenernos un momento y revisar qué es lo que ha ocurrido en nuestras vidas. Esto no es un asunto de menor cuantía, ya que estamos ante una inversión de valores en la que aquello que debería acercarnos al otro termina utilizándose para justificar la violencia.

Al final, alguien tendrá que explicar esta extraña paradoja: si Jesús llamó bienaventurados a quienes trabajan por la paz, ¿cómo terminamos convencidos de que quienes celebran la guerra son los que tienen reservado un lugar en el cielo? ¿En qué momento los que añoran la paz fueron enviados al infierno y los que festejan la muerte comenzaron a recibir las llaves del paraíso?

Referencias

Conferencia Episcopal Española. (2010). Sagrada Biblia: Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Biblioteca de Autores Cristianos.

Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Doubleday.

León XIV. (2026, 1 de enero). La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante: Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz. Santa Sede.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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