Los ojos de Úrsula Iguarán

“En todas las casas hay una Úrsula Iguarán que sacó adelante a su familia”.
Marleyda Soto

Hay actores que interpretan personajes y hay otros que los habitan. Marleyda Soto pertenece a esa segunda estirpe, rara y poderosa, capaz de convertir un papel en una presencia que permanece mucho después de que termina la escena. En momentos en que Netflix estrena el último capítulo de la segunda parte de Cien años de soledad, la actriz vuelve a ocupar el centro de la conversación cultural gracias a su interpretación de Úrsula Iguarán, la matriarca de los Buendía. Su personaje no solo sostiene a la familia más famosa de la literatura latinoamericana; sostiene también el peso de una memoria colectiva que millones de colombianos reconocemos como propia.

La actriz, nacida en Vijes, Valle del Cauca, criada en Cali y formada en la Universidad del Valle, llegó a este papel después de una sólida trayectoria en el teatro y el cine colombiano. Antes de convertirse en Úrsula ya era reconocida por la fuerza de sus interpretaciones y por una carrera construida con disciplina, lejos de los reflectores fugaces de la fama.

La mirada de Marleyda Soto parece contener generaciones enteras. En sus ojos habitan las mujeres que levantaron hogares en medio de las dificultades, las que administraron la escasez como si fuera un milagro cotidiano, las que enterraron sus tristezas sin permitir que el dolor detuviera la vida. Cuando la cámara se acerca a su rostro, no vemos solamente a Úrsula Iguarán. Vemos a las abuelas, madres y tías que han sostenido al país mientras otros escribían la historia.

Esa es la grandeza de su trabajo. No construye el personaje desde el artificio, sino desde la verdad. La actriz caleña ha explicado que creó a la matrona de García Márquez a partir de los recuerdos de muchas Úrsulas reales, mujeres de carne y hueso que habitan la piel de nuestros pueblos y ciudades. Por eso cada gesto suyo parece familiar. Su autoridad no necesita imponerse. Su fortaleza no depende del grito. Está hecha de silencios, de firmeza y de esa capacidad casi sobrenatural que tienen algunas mujeres para mantener la vida en pie cuando todo alrededor amenaza con derrumbarse.

En tiempos en los que la actuación suele confundirse con el exceso, Marleyda Soto apuesta por algo mucho más difícil: la profundidad. Su Úrsula no es un símbolo distante ni una matrona inalcanzable. Es una mujer que ama, teme, resiste y continúa. Y precisamente porque es humana resulta inolvidable.

Pero el brillo de su actuación encuentra el respaldo de una producción monumental. Durante décadas se dijo que Cien años de soledad era una novela imposible de adaptar. El universo de Macondo parecía inalcanzable para el lenguaje audiovisual. Sin embargo, la serie demuestra que cuando el talento, la visión artística y los recursos técnicos se encuentran, los imposibles pueden convertirse en realidad. Detrás de cada episodio hay un trabajo meticuloso de directores, guionistas, fotógrafos, diseñadores de arte, vestuaristas, músicos, técnicos y centenares de profesionales que lograron construir un Macondo vivo y creíble sin traicionar el espíritu de la obra.

La serie destaca por una fotografía deslumbrante, una dirección artística minuciosa y una puesta en escena que convierte cada imagen en una evocación de la literatura de García Márquez. Los paisajes, los colores, la música y los escenarios no son simples adornos visuales: construyen una atmósfera capaz de trasladar al espectador a ese territorio donde lo cotidiano convive con lo extraordinario. Es una demostración de que Colombia tiene hoy el talento y la capacidad técnica para producir obras audiovisuales que dialogan de tú a tú con las mejores producciones del mundo.

Sin embargo, la grandeza de esta adaptación no reside únicamente en su calidad cinematográfica. También radica en haber comprendido que Cien años de soledad nunca fue una historia aislada de la realidad. Aunque Macondo pertenece al territorio de la imaginación, sus heridas son profundamente colombianas. La serie logra reflejar al país no solo en la exuberancia de sus paisajes, en la religiosidad popular o en los colores del Caribe, sino también en los conflictos que han marcado nuestra historia: la violencia política, las desigualdades sociales y el abuso del poder.

El ejemplo más contundente es la masacre de las bananeras. En la novela, García Márquez narra la muerte de tres mil trabajadores tras la represión de una huelga. Años después, el propio escritor reconoció que había exagerado la cifra, no porque quisiera distorsionar la historia, sino porque comprendió que la literatura podía expresar una verdad más profunda que los registros oficiales. La realidad de aquella tragedia ocurrida en 1928 terminó convertida en uno de los símbolos más poderosos del olvido en América Latina. En Macondo, como tantas veces en Colombia, la violencia ocurre dos veces: primero en los hechos y luego en el esfuerzo por borrarlos del recuerdo.

La propia actriz ha dicho que Cien años de soledad termina siendo una radiografía de Latinoamérica. Y tiene razón. En la historia de los Buendía aparecen nuestras obsesiones, nuestras violencias, nuestras esperanzas y nuestras derrotas. La adaptación de Netflix, uno de los proyectos audiovisuales más ambiciosos realizados en Colombia, ha logrado que una nueva generación se acerque a la obra de Gabriel García Márquez y vuelva a encontrar en Macondo un reflejo de sí misma.

Probablemente allí radica uno de los mayores logros de esta producción. No solo consiguió llevar a la pantalla una de las obras más importantes de la literatura universal. También encontró a una actriz capaz de encarnar el espíritu femenino que recorre toda la historia de Macondo. Marleyda Soto entendió que Úrsula no es únicamente un personaje. Es una forma de habitar el mundo. Es la mujer que sostiene la casa cuando los hombres persiguen guerras, empresas imposibles o fantasmas.

Cuando dentro de algunos años se recuerde esta adaptación, seguramente se hablará de su escala, de su belleza visual y de la audacia de convertir en imágenes el universo de García Márquez. También se hablará del extraordinario talento colombiano que hizo posible semejante hazaña. Pero, sobre todo, se hablará de una actriz que logró algo mucho más difícil: condensar en unos ojos la memoria de un país.

Porque cuando la pantalla se apaga y Macondo vuelve al silencio, queda la certeza de que Marleyda Soto nos ha recordado la fuerza silenciosa de quienes construyeron hogares, sostuvieron familias y mantuvieron la ilusión en medio de todas las tormentas. Y mientras observamos su mirada, entendemos que Úrsula Iguarán no vive solamente en la ficción. Sigue habitando las casas colombianas.

Y ese, tal vez, sea el legado más hermoso de su mirada.

 

Duván Arnobis

Comunicador y periodista

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