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Los intocables: la familia al estrado

Tanto la infancia como la adolescencia parecen hoy estar inmersas en una burbuja que aunque permanece inmutable se resiste a ser vulnerada, y es tan fuerte que ni el peso endeble de la ley colombiana la corroe

A propósito de la permisividad con la que hoy asumimos la crianza de la infancia es menester intentar responder a la cuestión: ¿las prácticas de crianza poseen alguna influencia en la actitud violenta de la persona? Y consigo, ¿repercuten en la violencia desencadenada en la ciudad de Medellín?, podríamos simplemente asentir, soslayando por supuesto, fenómenos psiquiátricos y psicológicos graves y latentes que no abordamos aquí. Sin embargo, le añadiríamos factores exógenos y endógenos que funcionan sinérgicamente contribuyendo al fenómeno de la violencia, a saber: la ausencia del Estado, la herencia sicarial, la pobreza, el contexto social, la infaltable escuela, entre otros; hablamos aquí de procesos estrictamente formativos. ¿Y si por un momento pensamos en la responsabilidad del proceso formativo de la infancia que corresponde a la familia?, no única y exclusivamente a la familia, a su vez, a todos los factores previamente mencionados, pero aquí fijar la mirada al engranaje familiar y percibir que, en un porcentaje alto, dicho entorno incide necesariamente en la consecución de la conducta del sujeto so pena de influir en una actitud violenta, incluso a pesar de las potencialidades de las prácticas de crianza.

En ese sentido, ¿cómo estamos criando a nuestros hijos? Si como sostiene Lloyd deMause en su libro “La evolución de la infancia” publicado en 1974, la infancia ha sido criada a partir de nuestras reacciones, proyectiva y de inversión, esto es, a través de pautas, creencias y prácticas de crianza asociadas a cada época. Entonces, si dichas prácticas apelaron a la violencia no haremos otra cosa que reproducirlas, y en caso contrario, una tolerancia excesiva supondrá que las nociones de autoridad de la norma y la moralidad se verán fuertemente afectadas. Tanto la infancia como la adolescencia parecen hoy estar inmersas en una burbuja que aunque permanece inmutable se resiste a ser vulnerada, y es tan fuerte que ni el peso endeble de la ley colombiana la corroe.

Acaso, ¿los infantes se han convertido —o los hemos conducido a convertirse— en individuos intocables? Ni siquiera la familia se halla en condiciones de ripostar en el estrado precisamente porque los pueriles se encuentran bajo el amparo de la ley, toda vez que las labores de la crianza están supeditadas al binarismo aceptable-inaceptable. En la Europa de la Edad Media, y siguiendo a Philippe Ariès (1987) en “El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen”, los infantes son considerados adultos pequeños, razón por la cual debían realizar labores que le concernían a un adulto, como por ejemplo trabajar, hoy, sin embargo, es inaceptable si quiera concebir que los niños trabajen.  Para deMause el reforzamiento de la ley a favor de la infancia alude a su vulnerabilidad en la sociedad y en la familia, pues, como muestra, la infancia es susceptible de abandono, infanticidio, palizas desmesuradas, abusos sexuales, robo de infantes, etcétera. Y añadamos que, en la actualidad, son forzados —¿acaso instruidos, formados para?— a asesinar personas, extraer, producir y distribuir drogas ilícitas, introducirse en labores de inteligencia sicarial y demás. Si las leyes buscan proteger a la infancia de tales abusos, ¿qué debemos hacer cuando de víctimas los infantes pasan a ser victimarios?

Retomemos la cuestión inicial. DeMause es consecuente al afirmar que las prácticas de crianza se han concentrado en una especie de descarga de sentimientos que los adultos hacen en niños y niñas, es decir, reacción proyectiva. Por otro lado, sostiene que los hijos existen únicamente para satisfacer las necesidades de los padres, esto es, reacción de inversión. En ese orden de ideas, ambas reacciones, dice deMause, a lo largo de la historia han sido razón suficiente para criar a los pequeños. No obstante, es evidente que tales prácticas en lugar de subvertir el sistema lo que hacen es consolidarlo.

Finalmente, los adultos actuales han sido desposeídos de toda autoridad sobre la infancia, o bien, nunca la han tenido. Si en su infancia el adulto estuvo subordinado a prácticas coercitivas, actualmente se encuentra sometido a la autoridad de la infancia. En otras palabras, a la generación de adultos de hoy no les tocó mandar; en su infancia mandaron los adultos y hoy mandan los niños. El problema de todo esto radica indiscutiblemente en lo que considero una de las variadas causas de la violencia y que corresponde a las malas prácticas de crianza. Hemos dejado de enfatizar en los niños, por su condición de menesterosos,  prácticas de crianza que reflejen nociones fundamentales como la responsabilidad, el reconocimiento y la reparación. Conceptos que deben ser profundizados desde edades muy tempranas. No se trata de golpear al niño ni de abstenerlo de responsabilidades, se trata pues de enseñarle las responsabilidades que posee en la sociedad, de mostrarle que debe reconocer las vicisitudes de sus decisiones y orientarlo a que resuelva o repare las consecuencias de sus acciones inaceptables.

En ese sentido, criar a la infancia significa aceptar nuestras responsabilidades, reconocer nuestros errores y repararlos. Comencemos en casa; para lograr cosas distintas es necesario atreverse a realizar cosas distintas. No pretendamos hacer las mismas cosas que venimos realizando y esperar resultados loables. Es iluso. Que los infantes aprendan y se responsabilicen de las labores del hogar desde edades tempranas, por citar un ejemplo, no es un pasatiempo, significa instaurar en el sujeto normas que deben ser respetadas no por temor a ellas sino por su importancia en la convivencia; significa además, que antes de ser víctimas los niños y niñas son sujetos de derecho, pero también de deberes.

[@JuanDaMetaute]

Esto fue escrito por

Juan David Aguirre Metaute

Licenciado en Educación Básica con Énfasis en Ciencias Sociales de la Universidad de Antioquia, posee un diplomado en Estudios de Género con la Universidad Nacional de Colombia y actualmente realiza estudios de Maestría en Filosofía con la Universidad de Antioquia. Hace parte del Grupo de Investigación Infancias, Violencia y Sociedad. Además, es amante de la política y los animales.