Los crímenes de la Unión Soviética (2da parte): El Terror Rojo

Tras la victoria de los bolcheviques en la guerra civil, Lenin no solo consolidó su liderazgo en Rusia sino que traspasó las fronteras, pues el 29 de diciembre de 1922 se firmó el Tratado de Creación la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRS), con la cual Rusia, Transcaucasia (hoy Georgia, Azerbaiyán y Armenia), Ucrania y Bielorrusia crearon una sola nación.

El tratado se ratificó en el primer Congreso de los Sóviets de la Unión Soviética el 30 de diciembre del mismo año, y con este primer paso se inició un periodo industrialización y electrificación, acompañado del horror, la represión, la censura, los asesinatos masivos, así como purgas internas.

Para ese entonces los países que componían la URSS eran en su inmensa mayoría rurales, y tenían una economía deficiente, lo cual ayudó, en parte, a que los bolcheviques pudieran derrocar al Zar en 1917.

Al tiempo que la URSS se industrializaba, la Cheká (policía secreta bolchevique) se transformó en el Directorio Político Conjunto del Estado (OGPU) del Comisariado del Pueblo Para Asuntos Internos (NKVD), el cual tenía bajo su mando la persecución política, religiosa e incluso sexual, al mando de una milicia que tenía en su modus operandi los arrestos arbitrarios, las ejecuciones extrajudiciales, masacres, entre otros; vale agregar que la OGPU era la organización encargada de “administrar” y “operar” los Gulag (campos de concentración soviéticos).

En el apogeo de su carrera, Lenin nombró a Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (Stalin), como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, y al mismo tiempo, Jefe de Inspección de los Trabajadores Campesinos, con lo que el georgiano iba ganando poder y apoyo dentro del partido, mientras mantenía serias diferencias con otros renombrados líderes bolcheviques como Trotsky.

Y mientras la Unión Soviética terminaba de agarrar forma, la salud de Lenin se venía deteriorando con rapidez debido al estrés, insomnio y fuertes dolores de cabeza, lo que lo hizo alejarse paulatinamente del ejercicio del poder, hasta que en mayo de 1922 tuvo un infarto cerebral que le paralizó el lado derecho del cuerpo. El 15 de diciembre del mismo año sufrió un segundo infarto, el cual lo dejó definitivamente paralizado.

El 9 de marzo de 1923 tuvo un tercer ataque con el que perdió la capacidad de hablar y comunicarse, hecho que finalmente lo saca de la carrera política. El 21 de enero de 1924, a las 4 de la tarde entró en estado de coma, y horas más tarde moriría.

Para este momento, las diferencias entre Stalin y Trotsky eran más que evidentes, y hasta la discusión de si embalsamar o no a Lenin, dejaba amargas disputas entre ambos. La razón era obvia: ambos querían suceder en el poder a Lenin.

Mientras esto ocurría, el Gobierno trataba de reprimir los levantamientos populares y ordenó la disolución de los Soviets que fueran opositores al nuevo régimen; esto fue llevado a cabo con extrema violencia a lo largo y ancho de la Unión Soviética.

La lucha interna por el poder tuvo fin en 1927 gracias a la alianza que Stalin hizo con destacados miembros del partido comunista como Lev Borísovich Kámenev y Grigori Yevséievich Zinóviev, con lo que logró expulsar a Trotsky del Comité Central del partido, además de revocarle el cargo de Comisario del Pueblo para la Defensa (que le daba poder sobre el Ejército Rojo); finalmente fue acusado por Stalin de cometer violaciones contra la disciplina del partido con la intención de debilitar al gobierno y fue enviado al exilio a Kazajistán, luego a Turquía, Francia y Noruega, para terminar en México gracias a la intervención del pintor Diego Rivera (esposo de Frida Kahlo); Trotsky moriría finalmente el 21 de agosto de 1940 por medio de atentado organizado por la NKVD.

De vuelta a 1927, una vez Stalin pudo deshacerse de Trotsky, formó una nueva troika con Nikolái Ivánovich Bujarin y Alekséi Ivánovich Rýkov, y así también logró la expulsión de sus antiguos aliados Kámenev y Zinóviev, con lo que se volvió el hombre más poderoso en toda la URRS.

Tras conseguir el poder absoluto, Stalin presentó y ejecutó el primer plan quinquenal que implicó uno de los crímenes más horrorosos de la URSS: la deskulakización. Los Kulák eran considerados por el partido comunista como los “campesinos más ricos” y durante esta campaña se efectuaron arrestos, deportaciones, ejecuciones y persecuciones bajo el pretexto de ser “enemigos de clase”.

Durante este periodo (1929 – 1932) la dictadura se apropió de la tierra de los campesinos y las “colectivizó” (¿democratizó?), lo que en realidad significó que estas pasaron a ser de propiedad del Estado; como consecuencia 2 millones de personas fueron deportados a los Gulag en Siberia, provocando una hambruna que afectó principalmente a la población de Ucrania, llevando a la muerte a al menos 6 millones de personas. El gobierno soviético señaló en su momento que “fue una medida necesaria para acabar con la retención y sabotaje de productos que ilegalmente practicaban los kulaks”.

En 1930 la URSS también llevó a cabo la campaña conocida como “La Gran Purga” o “El Terror Rojo”, con el que se persiguieron a los propios miembros del partido comunista que implicaban algún tipo de estorbo para Stalin; se les acusó de contrarrevolucionarios, burgueses o enemigos del Gobierno. Entre 1930 y 1939 fueron enviados a los Gulag más de 1,5 millones de personas (la mayoría moriría debido a los trabajos forzados) y cerca de 700 mil fueron asesinados.

En agosto de 1939 la URSS firmó el tratado de no agresión con la Alemania Nazi conocido como el Pacto Ribbentrop-Mólotov, con lo que ambos países acordaron la no agresión entre ellos y la invasión a Polonia. La ofensiva empezó el 17 de septiembre de 1939, dejando como resultado el arresto y deportación a Siberia de más de 452 mil soldados polacos, y la represión violenta contra 13 millones de ciudadanos que se negaban a ser parte de la URRS. Dentro de los crímenes cometidos en esta invasión, destaca la masacre de Katyn, en la que la Unión Soviética masacró a más de 20 mil polacos entre abril y mayo de 1940.

Se estima que la población polaca sufrió la baja de más de un millón de personas entre militares y civiles, y más de 1,5 millones fueron enviados a los Gulag en Siberia.

Después de la ruptura de las relación entre soviéticos y germanos, la URRS se unió al bando de los Estados Unidos, Francia e Inglaterra para combatir a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial hasta el 9 de mayo de 1945, cuando el Ejército Rojo ondeó la bandera de la Hoz y el Martillo en Berlín como símbolo de victoria contra el Tercer Reich.

Tras la victoria soviética en Berlín se inició una horda de violaciones masivas contra mujeres y niñas alemanas. Algunos registros señalan que las germanas eran violadas hasta 70 veces al día por los soldados soviéticos; el investigador Antony Beevor, quien escribió el libro Berlín 1945, señaló que durante su búsqueda encontró documentos que indicaban que muchas mujeres alemanas preferían matar a sus hijas y luego suicidarse, antes que prestarse para los vejámenes de los comunistas.

Aunque se presenta un subregistro, se estima que al menos 100 mil mujeres alamanas sufrieron violaciones masivas tan solo en Berlín, de las cuales, 10 mil murieron a causa de las agresiones; en toda Alemania las víctimas son calculadas en alrededor de 2 millones en un periodo entre 1945 y 1947.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, se inició una nueva etapa para la Unión Soviética, conocido como La Guerra Fría y la ocupación de Europa del Este por parte de la URSS en lo que se llamó La Cortina de Hierro.

Los crímenes y métodos usados por la URRS y la Alemania Nazi son muy similares, al punto que ambas naciones fueron cómplices al inicio de la gresca mundial, no obstante, los delitos cometidos por los soviéticos han sido ocultados, tanto por el subregistro de los mismos, así como por la ocultación de evidencia y finalmente, y más perverso aún, por la propaganda política que presentó a los comunistas no solo como los grandes héroes tras la Segunda Guerra Mundial, sino como los exponentes del “humanismo” y “faro moral” para varias naciones y grupos insurgentes/terroristas en otras latitudes del planeta.

Reza el adagio popular: quien no conoce la historia, está condenado a repetirla.


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About the author

César Augusto Betancourt Restrepo

Soy profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Defensor del sentido común, activista político y ciclista amateur enamorado de Medellín.

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