Lo que la gente hace a sus maestros

     

Las figuras más respetadas en un pueblo siempre fueron el alcalde, el médico, el cura y el maestro. Eran los llamados a resolver los dilemas y dificultades de una población por su sabiduría por lo que gozaban del respeto de todos sus habitantes que veían en ellos ejemplos a seguir por ser personas trabajadoras, entregadas y de real vocación.

 

De ese pasado queda poco y tal vez, de esas cuatro figuras, quien goza de peor estatus es el maestro. Valdría la pena hacer una reflexión sobre el papel del docente en la sociedad moderna para encontrar las raíces de esa problemática que ronda las aulas de clase llenas de estudiantes irreverentes, contestatarios, desafiantes, desinteresados y que no quieren aprender.

 

Cada vez escuchamos más historias de estudiantes, e incluso padres de familia, que humillan públicamente a sus profesores simplemente porque quieren cumplir con el trabajo de educarlos y formarlos para que sean mejores personas. Obviamente, en una sociedad enferma en la que algunos anti-valores parecen ser los nuevos valores, esta labor es titánica por no decir utópica.

 

Si analizamos algunos aspectos como la autoridad, la disciplina y la comunicación dentro del aula de clase, no es difícil concluir que hay una involución.

 

La autoridad ni siquiera es compartida pues hay estudiantes que tienen el control del aula a punta de amenazas a sus maestros que actúan por temor a ser asesinados porque, según los estudiantes, “el profesor me hizo perder.”

 

En otros casos no tan extremos, encontramos a estudiantes que no tienen el más mínimo respeto ni por la autoridad ni por sus mayores como solía ser en el pasado. Ya no les importa gritar a los docentes en mitad de clase dando poca muestra de auto-control y autoevaluación pues lo más fácil es culpar al docente por la falta de aprendizaje.

 

La disciplina en el aula y disciplina  de estudio cada vez se diluyen más. Basta con dar un paseo a lo largo de corredores de colegios y universidades para observar la dispersión de muchos estudiantes que mantienen la mirada clavada en sus celulares y se pierden en conversaciones que no aportan mucho al desarrollo de las destrezas y habilidades por las cuales llegaron a la Escuela.

 

De comunicación queda poco. Muchos docentes quedan solos en la lucha con sus estudiantes pues en muchos hogares se perdió la bella tradición de compartir horarios para cenar o ver la televisión juntos y de paso conversar. Cada cual llega a su cuarto a hacer lo suyo. Tenemos una sociedad llena de jóvenes que trata al profesor como trata al amigo, que cuando llega a clase no saluda ni se despide cuando se va, que no dice ‘permiso’, ‘disculpe’ o ‘gracias.’

 

Los profesores de vocación, porque se requiere de real vocación,  seguirán en la lucha. La respuesta no es ni imponer la autoridad ni la disciplina aprovechándose del poder que tiene la evaluación, ni ignorar al estudiante entrando en el juego de la no-comunicación.

 

Ser un verdadero maestro es hacerse respetar porque conquistó a sus pupilos por su carisma, dedicación y entrega. Esos maestros aún existen y por ellos existen personas que los recuerdan con gratitud. A esos maestros, ¡un feliz mes del maestro!

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-a-iad.xx.fbcdn.net/hphotos-prn2/t1/1796567_10151937446853683_326852548_n.jpg[/author_image] [author_info]Sandra Gaviria Monsalve Licenciada en Lenguas Modernas de la Universidad Pontificia Bolivariana con Maestría en TESOL de West Virginia University y Maestria en Educación de Maharishi University of Management. Comunicadora Social de la Universidad EAFIT. Ha sido colaboradora de la Revista El Eafitense y publicado algunos artículos en el Periódico el Mundo de Medellín y ADN. Leer sus columnas.[/author_info] [/author]

 

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