LA TECNOLOGÍA QUE PRODUCE LA TECNOLOGÍA | Gobierno, economía y moral (Conclusión)

“La fuerza que posee la propaganda totalitaria –antes de que los movimientos tengan el poder de dejar caer telones de acero para impedir que nadie pueda perturbar con la más nimia realidad la terrible tranquilidad de un mundo totalmente imaginario– descansa en su capacidad de aislar a las masas del mundo real.”
–Los orígenes del totalitarismo | Hannah Arendt (1951/2006).


NOTA: La parte anterior a esta, la última entrega, puedes leerla AQUÍ.


Si alguna vez ha existido un caso más descarado de suplantación, es el que hay entre ley y mandato. Para aclarar por qué, primero la definición: El mandato es particular y concreto, y la ley es general y abstracta. Solo con la definición, nos damos cuenta de que aquellos asuntos que son puntuales, y muy pequeños, no requieren una ley, sino un mandato. Las normas de tránsito son un buen ejemplo de un mandato, que además está ajustado y subordinado a leyes, tanto a las de la física como a los derechos fundamentales como el de la vida; por eso es mejor parar en un semáforo en rojo, que sufrir un accidente.

El mandato: fracción funcional de baja resolución, subordinado a la ley

Un Estado que usurpa la soberanía del individuo e interrumpe la negociación natural de las reglas y normas generales (creación de preceptos morales, leyes y principios) entre seres humanos, tiene que recurrir a una artimaña del lenguaje y nombrar los mandatos que produce como leyes. ¿Por qué lo hace? Porque de entrada no cuenta con la posibilidad de que, mediante la participación general, se hagan las contribuciones a la discusión de una ley como tal, y el resultado, es una imagen de muy baja resolución que no es capaz de abarcar sino una mínima parte de la solución del problema, en un marco de tiempo estático que nace muerto, porque claramente carece de la dinámica propia de un resultado en el que todos están participando todo el tiempo.

¿Qué es un mandato? Con una comparación lo podemos aclarar. Imagínense que alguien les dice que una foto en donde aparece un tablero de ajedrez, con solo dos colores: blanco y negro, es, en realidad, un video de alta definición que retrata todo un paisaje y sus habitantes, donde todos además están vivos. ¿Qué le diríamos? He ahí el resultado de que Congresos, Cortes y Ejecutivo estén en una tarea que no es propia de ellos. La distancia que hay entre unos cuantos cuadros blancos y negros, y un video de alta definición, es la misma que hay entre un mandato y una ley.

La ley contiene más que solamente pixeles: es una representación viva y dinámica de una sociedad entera y sus costumbres. El mandato, por otro lado, puede ser el resultado de líderes bien intencionados que no entienden –pese a que simulan lo contrario– que la economía es una unidad de orden espontáneo, con reglas que no es posible intervenir desde afuera –hasta el capricho de un burócrata arrogante que nos cree estúpidos o demasiado inmaduros para decidir sobre nuestros propios asuntos–.

El mandato tiene varias patologías asociadas. Una de ellas es que, como su nombre lo indica, implica mandar y dar órdenes, y si no se obedece, se usa la fuerza para imponerlo. Esa es la razón por la cual es muy útil en la organización militar, porque se manda y se ordena, algo válido exclusivamente en un contexto en el cual la velocidad de la transformación de la información en acciones es crucial, para que los procedimientos pre-programados en la doctrina y el entrenamiento sean iteraciones de la memoria muscular. No todas las personas en una sociedad son susceptibles de ser mandadas, o de someterse al régimen militar. Varias han sido las sociedades que han ensayado esto, y el resultado siempre es el mismo: un declive de la producción intelectual y el fracaso económico, como en la antigua URSS.

Los ejércitos, aunque son maquinarias complejas, no son susceptibles de usarse como modelos para una sociedad, pero he aquí un detalle aún más curioso: si los ejércitos son de voluntarios, en países donde hay libre expresión, son ejércitos muy fuertes, porque quien entra a la organización, asume libremente que va a ser mandado y va a perder su libertad de expresión en favor de otra cosa, y no cuestiona el procedimiento, porque sabe de su conveniencia y necesidad en esa situación y, obviamente, organización en particular. Luego, puede abandonar la institución militar cuando quiera, respetando los procedimientos establecidos.

Las sociedades no se pueden administrar ni como familias ni como ejércitos. Es decir, no se puede intentar darle de todo a todos desde un ente central, y tampoco esperar que cada miembro actúe según un plan pre-programado.

El mandato es un truco, es un dispositivo, es un embolsado que nos mete el “ente de autoridad” para hacernos obedecer lo que quiera y luego explotarnos económicamente más allá del punto de no retorno del fracaso económico. El mandato tiene varios enemigos, entre ellos la libertad de expresión y la libertad de mercados, aunque uno mortal: el libre porte de armas, como lo prescribe la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Los padres fundadores ya sabían de la tentación que tienen los administradores públicos de tratar de usurpar la función de generación de la ley y jurisprudencia, y, por tanto, los firmantes de la Constitución de los EEUU decidieron que había que incorporar una salvaguarda de última instancia, para cuando el Estado decidiera esclavizar al pueblo en aras de someterlo a sus caprichos.

Una de las principales tareas del liberalismo clásico y el liberalismo libertario, es reintroducir el mecanismo de producción legal como tarea exclusiva y fundamental de los ciudadanos, y desarrollar un sistema de Cortes que sirva para mediar los choques de principios, más no usurpe la función, tal como se usa en el sistema anglosajón, de Ley Común. Los seres humanos, por naturaleza, en su mayoría, podemos llegar a acuerdos sobre lo que es bueno, ¡y por ningún motivo debemos delegar esa función!, porque es el portal por el que se entra a la servidumbre y se padece la esclavitud bajo el mando de un cacique regente de tribu.

Economía: un reflejo de la moral y la ley

La economía es un sistema complejo más allá de cualquier posibilidad de planificación o comprensión. No es solo una imagen de alta definición, sino una película que cambia de personajes, tramas y actores a medida que se rueda y se proyecta. La economía es un medio: surge espontáneamente, y entre muchas otras cosas, sirve para resolver los constantes conflictos que entre los individuos se generan. No es solo una forma de repartir “eficientemente” los recursos escasos, pues esto es un beneficio secundario, sino que es la red de información en tiempo real de todas las ideas que producen todos los individuos en la sociedad planetaria.

Si una economía no es moral, es decir, si no es el producto de la libertad de expresión y de normas acordadas libremente para el intercambio de ideas, tiende a ser una economía atrasada y pobre. No importa que tenga grandes infraestructuras, o que sus fábricas sean enormes. Lo que importa, al final, es el refinamiento de sus productos, su capacidad de actualización, y su capacidad de sostener espiritual y emocionalmente a los individuos al mantener un gran nivel de satisfacción con la ética de sus acciones, derivada y en concordancia, con los acuerdos comunes, en un marco complementario de abundancia material producto del mérito y el trabajo duro, el cual, solamente es posible si se asume la carga de la responsabilidad.

Conclusión: la palabra crea y destruye

Igual de fantasioso y peligroso, es creer que se puede planear la economía libre perfecta, incluso para individuos sin virtud. O que se puede crear y planear perfectamente la economía para el individuo que encarna la virtud sin defectos dentro del colectivo, pero sin libertad.

La tecnología que produce la tecnología, es la libertad de expresión, y con esta, la libertad de intercambio de información. La palabra crea y destruye el límite entre el orden y el caos. Es la manifestación de nuestra consciencia, aquella que nos separa de los animales y nos permite nombrarlos a ellos, en vez de ellos a nosotros. Quien pretende controlar el lenguaje, desea en realidad controlar nuestra consciencia. Afortunadamente, la relación de causalidad es imposible de invertir, aunque se lo intente a punta de fusil, porque la consciencia permanece, aunque no se articule la palabra.

Las “buenas intenciones” de quienes desean ardientemente regresarnos a un paraíso sin sufrimiento, se reducen a obligarnos a renunciar a la consciencia. Como dice un amigo: “en El Paraíso si había sufrimiento, lo que no había era consciencia para superarlo”. Para quienes la seguridad de lo conocido es la única opción viable y es mucho más importante que la libertad, regresarnos al estado animal, no es un gran costo; Stalin, Hitler, Mao, y los demás como ellos, de hecho, lo lograron con millones de personas a quienes privaron de la posibilidad de expresarse mediante guerras, gulags, campos de concentración y “reeducación”. Todos ellos fracasaron, pero lo seguirán haciendo; algunos no dejarán de intentarlo, porque el miedo a enfrentar la incertidumbre, vence a muchos hombres, que terminan convertidos en niños gigantes y deformes escondidos en una cueva, secuestrando a todo el que se acerca a ella para devorarlos.

Tenemos políticos locales en Colombia que admiran a estos genocidas, porque odian lo desconocido, porque creen que sus palabras son sagradas e irrefutables. Sin embargo, son incapaces de enfrentarse a un mundo que no esté lleno de garantías y seguridades; por eso quieren que todos tengan todos los derechos, porque sin ellos, no hay sufrimiento, ni responsabilidad –dicen ellos–. ¿Para qué?, si, ¿el Estado es nuestro padre? Y cuando alguien se revela contra él, debe ser tratado como la Serpiente del Paraíso: como el Demonio, como el hijo rebelde que hay que disciplinar, incluso con la muerte, por el bien de toda la sociedad.

El comunismo, el fascismo, y sus variantes contemporáneas como el posmodernismo y la socialdemocracia, respectivamente, son todas maneras diferentes de expresar la idea de que es mejor el sufrimiento permanente colectivo a cambio de una seguridad ficticia que únicamente existe en la mente de quienes predican estas formas de organización social. Para dichas corrientes, es horrorosa la libertad individual, que nos impulsa naturalmente a mirar hacia el cielo, no solo para orar, sino para ver las estrellas e intentar alcanzarlas. El estado natural del ser humano, es la búsqueda de significado y propósito, que requiere una carga de responsabilidad para funcionar y enfrentarse a lo desconocido.

El lenguaje no desaparece, como tampoco la consciencia, porque son el proceso de exploración y sus partes al mismo tiempo, y poseen su propio mecanismo de control: la economía, que nos permite saber si lo que crea el lenguaje es valioso.

Referencias para esta última entrega

Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo (G. Solana Díez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1951).


Notas:

  1. SOBRE LA OBRA EN LA IMAGEN DESTACADA DE ESTA ENTREGA: Leutze, E. (1851). Washington cruzando el río Delaware [Óleo sobre lienzo]. Nueva York: Museo Metropolitano de Arte. https://www.metmuseum.org/art/collection/search/11417.
  2. Este artículo apareció por primera vez en nuestro medio aliado El Bastión.

About the author

Germán Contreras “El Perforador”

Independentista antioqueño. Fundador de ALS (Antioquia Libre y Soberana): Movimiento por la Independencia de Antioquia de Colombia.

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