La revolución de lo local

La búsqueda de lo universal a través de pequeñas parcelas, de una calle, de una esquina barrial… de la casa.

Inmanuel «Ivánovich» Kant pierde un aeropuerto – Hyperbole

Kant en Könisberg

En estos tiempos de virus y pandemias, de cambios climáticos, al parecer irreversibles, y del dominio (¿tambaleante?) del capitalismo salvaje en el mundo, vuelve a aparecer en el escenario de las reflexiones el valor de lo local. El confinamiento universal, la conjugación de actividades antes impensables en un mismo lugar, como la casa, muestran un panorama que no deja de ser atractivo. ¿Acaso el mundo se reduzca a lo más elemental?

La vuelta a la casa, el regreso a lo simbólico de ella, el útero, la madre, la patria que no son escudos ni himnos y mucho menos lo que de esta última proclamen los politicastros, es un modo de visualizar la importancia infinita de lo local. Y aquí es pertinente recordar un aforismo de Kafka, el 109: “No es necesario que salgas de la casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, sólo espera. Ni siquiera esperes, quédate en absoluto silencio y soledad. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; arrobado, se retorcerá ante ti”.

La célula de lo universal está en lo local. La puedes hallar en la casa, en ese fragmento-segmento doméstico, en esa nada si se compara con la globalidad (que es un concepto de la economía). Tal vez lo más universal ahora pueda ser tu cuadra, tu esquina, el patio, la sala, el pedacito de cielo que se cuela por la ventana atardecida… Habitar el interior, la pequeña parcela de lo casero, puede ser una conexión con el mundo de afuera, ese que “se retorcerá ante ti”.

¿Quiénes, en la historia, le han sacado partido a lo local? Muchos. Y ahí están filósofos y escritores y poetas y científicos. Sabían, quizá, que los lugares, la casa, por ejemplo, eran una parcela del universo, tal vez una maqueta del infinito. Epicuro, en su jardín, halló el modo de aspirar a la alegría. Incluso, para descubrir que a los dioses poco les importaban los hombres. Qué cuento de dioses, construyamos aquí y ahora.

No sé si era Lucrecio quien proponía que hay que quedarse donde uno sea el dueño de su mundo, de su observatorio, como la casa, desde donde puede ir desenmascarando el afuera, las relaciones de poder, los ascensos y descensos de los imperios, la caída de los zares, de la nobleza, de los banqueros (vampiros de ayer y de hoy) … Nada es eterno y todo cambia. Tal vez desde ese territorio, que si no se sabe entender puede convertirse en cárcel, se descubra, como acontece en El aleph, la manera de apreciar todo el universo.

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Emily Dickinson, que escogió un confinamiento voluntario, descubrió desde su casa en Amherst todas las coordenadas del universo. “De la existencia del paraíso / todo lo que sabemos / es la incierta certidumbre”, poetizaba la solitaria dama de aquel pueblo de Nueva Inglaterra. Y desde su casa vio todos los paisajes, los del adentro, los del afuera. Puede ser, como lo atisbó Kafka, que no se requiera salir, sino profundizar el mundo en que se vive. Y ese mundo puede ser, por qué no, la casa, la manzana, el barrio, o, a lo japonés, el atreverse a profundizar en la complejidad de su propia tierra.

Tal vez el no estar tan cerca de las alucinaciones del mercado, ante los cantos de sirena del consumo, conduzca a que desde la buhardilla, desde la ventana o el balcón, ante la mirada del confinado se cruce el universo infinito. Estamos, como se ha dicho tantas voces, ante la amenaza de una nueva extinción. El capitalismo ha producido un cataclismo, una destrucción masiva en la tierra, en sus hábitats, en la imposición de órdenes mundiales en los que el hombre, el trabajador, es solo un mecanismo de producción de plusvalías para unos cuantos.

“Nos enfrentamos a la sexta extinción y la gente ni siquiera lo sabe. Dicen los científicos que van a desaparecer la mitad de todos los hábitats y animales de la tierra en ocho décadas”, advierte el sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin, el mismo que dice que las grandes compañías desaparecerán, ante los nuevos paradigmas que establecerá la tercera revolución industrial, en la que tiene que haber un nuevo acuerdo, una relación diferente entre el hombre y el planeta.

Hace años, el humanista e ingeniero antioqueño Jorge Alberto Naranjo, en una charla sobre el valor de lo local, decía, hablando de Immanuel Kant, ese filósofo que desde su Königsberg natal revolucionó el mundo de la razón, que no es necesario salir de la casa para, desde ella, desentrañar el universo. Y, como lo avizoró Leonardo, las cosas primero se sueñan y luego aparecen en la realidad. Entonces, que ese modelo de lo local, la casa, nos sea propicio a todos para transformar el mundo y sus pandemias.

(Artículo publicado en Elespectador.comabril 28 de 2020)

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Casa californiana

Reinaldo Spitaletta

Bello, Antioquia. Comunicador Social-Periodista de la Universidad de Antioquia y egresado de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional. Presidente del Centro de Historia de Bello.

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