La noche del terror

“Yo todo lo incendio, yo todo lo rompo
Si un día algún fulano te apaga los ojos
Ya nada me calla, ya todo me sobra
Si tocan a una
¡Respondemos todas!”
Canción Sin Miedo

Aquella noche más oscura, cuando la soledad me amenaza, con el frío mis libertades se paralizan… Los fantasmas de la ciudad acechan mi silueta, muerdo mi lengua, mi puta lengua muda en esta calle vacía que llaman pública pero no es mía. De ninguna de nosotras. Necesito encontrar a mis amigas, unos pasos desconocidos establecen mi sentencia, la inseguridad fiscaliza esta metrópoli de la injusticia.

Rechinan mis dientes y sudan mis manos, camino más rápido, se acerca el terror y viene armado. Precisamente hoy, nadie, mi quehacer de supervivencia está vigilando. Mis súplicas de auxilio se van deslizando por un cuchillo que de repente siento que mi cuerpo está rozando, es también la voz de un hombre que quiere mis pertenencias y se excita al percibir el miedo que me está provocando. Sociedad del asco.

Que se lleve todo, pero que me deje a salvo. Bestiales palabras obscenas me quieren húmeda, pero estoy llorando. Bastardo, nota mi celular que sobresale entre mi pecho y el sostén, lo arrebata, mientras lo hace, me convierte en un objeto que su depravado deseo está despertando. Horrible momento en que mi voluntad es violentada por un ser impune, criminal, como tantos.

Victimario premeditado, sin rastro, solo el dolor que muerdo en los labios. Por sus vejámenes conozco el odio, lo que se mataría con las manos. Desgraciado sistema que me aborta a merced de los malvados; fortaleza la de mi cabeza que, ante la culpa, conmigo misma no haya terminado. A lo lejos tres personas, otros hombres que se solidarizan con mi caso y me ayudan a llegar a casa; mi orientación y la esperanza se diluyen como la maldición de este suceso, cómplice de lo innominado.

Pesadilla, que aún despierta, en ella sigo estando. Ven mis ojos con impotencia la misoginia de instituciones que, arbitrariamente, desatienden la ofensa delictiva contra mi dignidad, este flagelo de tendencia feminicida ha sido normalizado. Estoy viva, pero mi historia se desgarra en corazones de mujeres que pudieron ser yo, que saben del peligro latente en todos lados. Testimonio de mi emoción, hoy colectiva, son los bienes destrozados: País indolente, en tu cara me violaron.


Nota de la autora: Este texto es una producción creativa que busca hacer memoria feminista del caso de violencia sexual y hurto cometido contra una menor de edad, en la red de transporte público de la ciudad de Bogotá, Colombia. Esta historia es una composición ficticia de la autora basada en una noticia criminal y de ninguna manera compromete el testimonio ni la versión de la víctima, ni el pensamiento de AlPoniente.


Otras columnas del autor en este enlace: https://alponiente.com/author/mmercedesf/

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María Mercedes Frank

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