La maldición del cuarto poder

Los medios de comunicación, en general, ¿pueden influir en las elecciones de un país? De acuerdo con un estudio provisto por la Universidad de Oregón (fuente AQUÍ) hay varias formas en las que, en efecto, pueden hacerlo. Colombia por supuesto no es ajena a esta realidad que, en una considerable cantidad de casos, termina conduciendo a la ciudadanía a crear un infierno en la tierra (otro).

La primera de dichas formas consiste en decidir qué candidatos van a cubrir y por cuánto tiempo; esta decisión por si sola puede tener un gran impacto en los votantes, ya que el elemento mas importante que promueve cualquier elección es el reconocimiento de cada candidato. La segunda es que, más allá de la afinidad en ideas, los comunicadores también se encargan de “posicionar” puntos de vista –muy sesgados por cierto– abordando campañas y temas específicos mediante guiones y narrativas que favorecen a una u otra agenda política. La otra forma de influir es publicando y “analizando” resultados de encuestas que inquietan la percepción de los votantes, algo que casi todos los medios en Colombia hacen a través de alianzas con empresas encuestadoras con las que ya tienen definido un partnership para el tema; por ejemplo, la gran encuesta presentada por la Revista Semana y el Centro Nacional de Consultoría.

Sobra señalar que el rol de la prensa en los nuevos tiempos resulta ser de trascendental –incluso vital– importancia. No en vano, la llaman el cuarto poder.

Parte del balance de poderes entre la sociedad civil y el Estado –por lo menos en los modelos de nación de la región– depende de la existencia de una prensa libre, independiente y objetiva. Los medios de comunicación son eje fundamental del sistema de pesos y contrapesos en las democracias de Occidente. Es por esa razón que uno de las primeros blancos de las dictaduras y toda manifestación del totalitarismo, así como el desacreditar y desmantelar gradualmente las fuerzas armadas tal cómo están concebidas hasta ese momento, es siempre la prensa libre. La desaparición de los medios independientes es una muy mala nueva que suele ser antesala de una mayor polarización, de la consolidación del populismo –o si no observe la acogida con la que cuenta hoy por hoy El Stalin de Ciénaga de Oro– y de la pérdida de la libre expresión y, en consecuencia, de la libertad.

Honestamente, para mi es bastante preocupante lo que actualmente está sucediendo con los medios masivos de comunicación de Colombia y del mundo en general. La confianza en estos es cada vez más baja, lo que a la larga constituye un auténtico peligro. El desbordante ego de personajes como Daniel Coronell, Daniel Samper, Félix de Bedout, María Jimena Duzán o Julio Sánchez Cristo, los amores y odios que ellos despiertan, y la visceral rivalidad entre los medios a los cuales pertenecen –sea que ellos en sí representen al medio o no–, parecen exacerbarse y avivarse con más ferocidad –puesto que no es nada reciente– durante estos tiempos electorales, algo que además puede agravarse y terminar muy mal. Son equiparables, literalmente, a Putin: dando guerra por diestra y siniestra.

El ciudadano de a pie ya no confía en la prensa y, en un sentido aún más amplio, en las instituciones del Estado, y mucho menos en quienes están tras ellas. Un rampante aumento de la desinformación durante la crisis a causa del COVID-19, ha significado también la propagación de una pandemia paralela: la desconfianza. En la era de la posverdad, el posconflicto, el posmodernismo y no sé cuántos más “pos”, prolifera el engaño, se le brinda más relevancia a las emociones que a los hechos, y la gente, saturada por un sobre-exceso de datos veraces y fake-news, simplemente no sabe en qué creer y a quién creerle. Imperan el desconcierto y el pesimismo, lo cual, beneficia a ciertas agendas, en especial a las más colectivistas; “divide y reinarás” como dirían por ahí.

Las implicaciones de esta compleja situación en tiempos de elecciones prenden las alarmas. La gente del común tiende cada vez mas a informarse con las redes sociales, desestimando las repercusiones que los que nos movemos en esto, sabemos eso conlleva. La creciente desconfianza en la prensa conduce al ciudadano de a pie a soportar una ráfaga de desinformación, inmediatez, y falta de contexto y profundidad propias de las redes; por ello, la mayoría que aún se informa a través de los medios masivos, lo hace para reforzar sus puntos de vista. Así como los afines a los republicanos en los Estados Unidos observan Fox News y los afines a los demócratas a CNN, sucede algo similar en nuestro país, con el perjuicio de que acá cada “alternativa” busca implantar todavía más caos y confusión.

La ética y otros valores en el periodismo han sido abolidos del debate político en medio de estos comicios electorales. La prensa, al igual que los otros poderes, son ahora parte del problema y no de la solución. Quizás aún existe algo de valores, pero la búsqueda debe hacerse minuciosamente, pues la competencia en redes sociales ha ahondado en la problemática.

Es muy importante poner los datos en contexto. Tal como están las cosas, esa tarea hoy en día recae mayormente en los ciudadanos y en los que integramos canales de comunicación diferentes a los medios masivos, porque la otra opción es aislarse determinadamente en una burbuja en la que no se tiene cabida para ningún otro punto de vista. Todo esto, sumado a lo que ya he dicho y en lo que he insistido, forman parte de un esfuerzo que es necesario y no da espera: comprender la raíz del problema y de sus impactos, para así, crear los anticuerpos que permitan controlar el virus de la desinformación. Los medios pueden ser la vacuna o la fuente de nuevas mutaciones de este terrible virus.

La prensa tiene una responsabilidad histórica en el momento que vive el país, responsabilidad que, aparte de, yace en deuda. ¿Se podrán revertir las malas acciones causadas hasta el momento? Naturalmente no, pero no es imposible trazar una nueva ruta. Mi recomendación para usted señor ciudadano: infórmese y edúquese por todos los canales posibles, siempre contemplando la posibilidad de que se pueda estar equivocando y procurando apegarse más a los hechos que a lo que a usted le pueda parecer. De lo contrario, los problemas persistirán, y su voto, posiblemente, se lo concederá a personas que no merecen ningún cargo público ni lidiar con la responsabilidad que esto trae consigo; le sugiero que no vote cegado y ligado a la pureza de sus ideas o por un asunto de rencillas personales, sino objetivamente. En sus manos, en las mías y en las de todos los colombianos de bien, no solamente reposa la responsabilidad de aspirar a tener un futuro menos sombrío, sino de romper con la maldición del cuarto poder.

Este artículo apareció por primera vez en nuestro medio aliado El Bastión.

About the author

Cristian Toro

Cafetero. Ingeniero Electrónico de la Universidad Nacional de Colombia Sede Manizales y Especialista en Gerencia de Proyectos de la Escuela de Ingeniería de Antioquia (EIA). Socio, administrativo y docente de Kumon Alto de Las Palmas: franquicia educativa que imparte una metodología de estudio japonesa como complemento para que niños y jóvenes mejoren su nivel académico.

Editor Ejecutivo (EIC) de El Bastión, miembro fundador de la Corporación PrimaEvo, y columnista permanente de Al Poniente y el portal mexicano Conexiones. Afiliado a la corporación de empresarios de Fenalco Antioquia. Miembro de las organizaciones Ayn Rand Center Latin America y México Libertario, y del equipo de colaboradores de The Bastiat Society of Argentina.

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