“El marxismo no es una ciencia: es una fe. Una religión secular donde el proletariado juega el papel del Mesías y la revolución el del Juicio Final.” Raymond Aron, El opio de los intelectuales (1955)
Convertir la exégesis de una obra de ficción en el plano arquitectónico de la ingeniería social es, sin duda, la anomalía hermenéutica más trágica de la modernidad. Cuando Karl Marx publicó el primer tomo de Das Kapital en 1867, su propósito declarado era desnudar la “ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”. Sin embargo, el fundamento de su obra no opera bajo la fría lógica de la econometría[1], sino bajo las reglas de una sofisticada narrativa de anticipación y horror gótico. La crisis de la práctica política contemporánea no radica en la caducidad de sus datos, sino en una confusión de categorías: haber tratado una obra de profunda imaginación especulativa y mitopoiesis[2] como si fuera un manual de física social. Al transmutar esta distopía literaria en un dogma de Estado, Occidente inauguró un laboratorio totalitario que arrastró a naciones enteras hacia el colapso. ¿Cómo logró una ficción teórica suplantar la realidad y erigirse en la utopía rectora del mundo globalizado?
Para comprender el poder magnético de El Capital, es necesario examinar su estructura no como un tratado científico, sino como una fenomenología de lo invisible, una suerte de ficción extraña decimonónica[3] donde los objetos inanimados cobran una agencia monstruosa. Marx no describe el mercado como un espacio de transacciones racionales, sino como un escenario dominado por el “fetichismo de la mercancía”. En este ecosistema, las relaciones sociales entre personas quedan veladas y adoptan la “forma fantasmagórica de una relación entre cosas”. La prosa de Marx alcanza su punto más alto cuando recurre a la demonología y al horror corporal para ilustrar la dinámica de la acumulación:
“El capital es trabajo muerto que, al modo de un vampiro, solo revive succionando trabajo vivo, y vive tanto más cuanto más trabajo vivo succiona” (Marx, 1867/2017, p. 273).
Esta ontología espectral dota a la obra de una cualidad narrativa idéntica a la de la literatura de ciencia ficción gótica (pensemos en el Frankenstein de Mary Shelley): la criatura creada por el ingenio humano en paralelo con el sistema de producción y sus relaciones jurídicas; cobra una autonomía aberrante y termina por devorar a su creador. El obrero en El Capital no es simplemente un agente económico explotado; es el tripulante atrapado en los engranajes de una megaestructura autónoma, una suerte de nave espacial maquínica que se autopropulsa a costa de la energía vital de su biomasa.
El verdadero salto cualitativo hacia la ciencia ficción teleológica ocurre cuando Marx abandona la deconstrucción del presente y se aventura en la profecía del porvenir. La transición de la distopía capitalista a la utopía comunista que nos lleva a la disolución del Estado, la abolición de las clases y la superación definitiva de la escasez, con esto no se infiere de una ley histórica inmutable, sino de un mesianismo tecnológico desprovisto de anclaje antropológico, es decir, de divagar sin sustento. Se asume, de forma estrictamente ficcional, que la abolición de la propiedad privada transmutará la naturaleza del Homo sapiens, erradicando el conflicto, la asimetría del poder y la voluntad de dominio. Al analizar la arquitectura de estos metarrelatos de la modernidad, el filósofo Jean-François Lyotard demostró que el marxismo funciona bajo la lógica de una gran narrativa de emancipación, donde el conocimiento y la técnica se subordinan a un sujeto heroico colectivo – el proletariado – cuya misión es redimir a la humanidad del pecado original de la alienación (Lyotard, 1979). Marx no descubrió las leyes de la historia; escribió su epopeya de ciencia ficción más perdurable.
La catástrofe geopolítica del último siglo sobreviene cuando los ingenieros sociales del bloque soviético, la China maoísta o los mal llamados socialistas del siglo XXI intentaron tratar este texto sagrado de la ciencia ficción como un plano de ingeniería civil. Intentar edificar una sociedad real basándose en la profecía de El Capital equivale a intentar ensamblar un reactor de fusión nuclear utilizando como único plano el guion de una novela de anticipación tecnológica, algo que no tendría ningún sentido lógico, pero si una consecuencia palpable. Al forzar la compleja y contingente naturaleza humana dentro del corsé de una teoría perfectamente simétrica, pero empíricamente estéril, estos regímenes chocaron inevitablemente con las leyes de la escasez, los incentivos económicos y la psicología evolutiva, aunque algunos no dicten del conocimiento básico para aceptar el fin ineludible.
Dado que la realidad se negaba a moldearse según las predicciones del texto literario, el Estado totalitario se vio obligado a emplear la violencia sistemática para corregir las “desviaciones” de la arcilla humana. La abolición de la propiedad privada y la planificación centralizada no condujeron al marchitamiento del Estado prometido por la ficción marxista, sino a una hipertrofia burocrática y policial. En su monumental crítica al historicismo y a las utopías platónicas y marxistas, Karl Popper desnudó con precisión quirúrgica el peligro de esta fe estética:
“El intento de hacer el cielo en la tierra produce invariablemente el infierno, al conducir a la intolerancia, a las guerras de religión y a la salvación de las almas mediante la inquisición” (Popper, 1945/2010, p. 431).
La persistente fascinación que El Capital ejerce en los claustros académicos y en los movimientos políticos contemporáneos revela una preocupante adicción a la narrativa por encima de la evidencia empírica. Ante las innegables fallas y asimetrías del capitalismo tardío, la intelectualidad suele refugiarse en las páginas de Marx no como quien estudia un valioso fósil de la arqueología del pensamiento económico del siglo XIX, sino como quien consulta las escrituras de una revelación futurista. Se confunde la lucidez de una crítica poética y visceral contra los excesos de la industrialización victoriana con la viabilidad técnica de un modelo de gobernanza.
El desafío actual consiste en operar una estricta separación epistemológica: debemos rescatar a Marx de los altares de la economía y la política para restituirlo a su verdadero lugar de honor: el de los grandes mitógrafos de la literatura universal. El Capital merece ser leído junto a la Odisea, la Divina Comedia o las grandes distopías de Philip K. Dick, como un monumento a la capacidad humana de cartografiar el terror y el deseo mediante la palabra. No obstante, continuar utilizando su profecía emancipatoria como brújula para el diseño de políticas públicas y sistemas jurídicos es un error metodológico y moral que la historia ya ha juzgado con suficiente severidad. La ficción pertenece a la biblioteca; la gestión de la polis exige el rigor de la realidad.
Referencias bibliográficas
Lyotard, J.-F.* (1979). La condición posmoderna: informe sobre el saber. Les Éditions de Minuit.
Marx, K.* (2017). El Capital: Crítica de la economía política. Tomo I (P. Scaron, Trad.). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867).
Popper, K. R.* (2010). La sociedad abierta y sus enemigos (E. Martínez, Trad.). Ediciones Paidós. (Obra original publicada en 1945).
[1] Especialidad que aplica al análisis económico modelos basados en técnicas matemáticas y estadísticas.
[2] Es un género narrativo en el cual el autor crea todo un conjunto de conceptos, regiones, personajes, sucesos y arquetipos interrelacionados, creando una mitología propia. Wikipedia.
[3] Perteneciente o relativo al siglo XIX. RAE














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