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La concepción del empresario en el pensamiento económico I El origen: Richard Cantillon

La forma como se concibe al empresario incide decisivamente en la percepción que las personas tienen de la economía de libre mercado y propiedad privada. Esa concepción determina la mayor o menor simpatía – o antipatía- que se experimenta frente a ese tipo de organización económica y la forma de propiedad a ella asociada.

Las ideas que la gente tiene del empresario y de su rol en el proceso económico están determinadas por el tratamiento analítico dado a esa figura en las dos grandes tradiciones del pensamiento económico: la clásica y la neoclásica. Esto no significa que la gente conozca estas tradiciones, incluso puede ignorar por completo su existencia. La cuestión es que las visiones o representaciones que se desprenden de ellas han sido trasmitidas, de forma cada vez más degenerada, por literatos, historiadores, periodistas y economistas, también.

Para ilustrar mejor este punto piénsese, por ejemplo, en el interés. La mayoría de las personas creen que surge del dinero, de la posesión del dinero, y buena parte de ellas tiene el sentimiento de que hay algo de injustificado en su existencia, aunque no atinen a entender muy bien por qué es así. La idea de que el interés es dinero engendrado por dinero y de que esto no tiene justificación porque el propósito del dinero es servir como medio de cambio, y nada más, procede de Aristóteles, de quien la mayoría de las personas conoce a lo sumo su nombre. Para estas personas, el prestamista se asocia, casi siempre a la siniestra figura de Ebenezer Scrooge, el personaje de Dickens, cuyas obras son responsables en gran medida de las sórdidas representaciones de la Revolución Industrial transmitidas por un sin número de historiadores. Con el empresario ocurre algo similar a lo que ocurre con el interés.

En la primera de las tradiciones mencionadas, la clásica, la figura del empresario es difusa, al punto en que puede decirse que es inexistente y que se identifica analíticamente con el propietario de los medios de producción, con el capitalista. Debemos a Smith esa visión. En la segunda, la neoclásica, prevalece una visión tan enteramente mecánica que el empresario se deshumaniza hasta diluirse en el concepto impersonal de empresa, que se maneja en los manuales estándar de microeconomía y macroeconomía. El origen de esta visión se encuentra en Walras.

Hay en el pensamiento económico una tercera tradición que comienza en Cantillon y llega a los modernos exponentes de la escuela austríaca, que aporta una visión de empresario mucho más rica y compleja, la cual, además de tener importantes implicaciones analíticas, lleva a una valoración moral de la economía capitalista más acertada y mucho más favorable que la derivada de las dos tradiciones mencionadas.

Probablemente es Richard Cantillon (1680 – 1734)[1] el primero de los grandes economistas del pasado en desarrollar y emplear sistemáticamente en su teoría el concepto de empresario. En su única obra, Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general, publicada en 1755, se encuentra el siguiente enunciado de sorprendente modernidad:

“La circulación y el trueque de bienes y mercaderías, lo mismo que su producción, se realiza en Europa por empresarios a riesgo suyo”[2].

¿Quiénes son esos empresarios?

En primer lugar, está el colono que promete pagar al propietario de la tierra “una suma fija de dinero (…) sin tener la certeza del beneficio que obtendrá de esta empresa”. Y no tiene certeza porque el precio de mercado de los artículos producidos depende de toda una serie de circunstancias que escapan a su control. Esto significa “que conduce la empresa de su granja con incertidumbre”. El colono vende sus productos al mayorista, que los lleva a los burgos o a las ciudades, y quien a su turno paga al colono un precio fijo “para obtener en la ciudad un precio incierto”. El mayorista o el colono mismo venden sus productos a los minoristas o artesanos quienes también pagan un precio cierto esperando un precio incierto.

“Por esta razón muchas gentes en la ciudad se convierten en comerciantes o empresarios, comprando los productos del campo a quienes los traen a ella, o bien trayéndolos por su cuenta: pagan así por ellos un precio cierto, según el lugar donde los compran, revendiéndolos al por mayor, o al menudeo, a un precio incierto”[3]

Es empresario el artesano, que compra la lana del comerciante o del productor, sin saber “qué beneficio obtendrá al vender sus paños y telas al sastre”. Es empresario el sastre, el lencero, el sombrerero, el vinatero, etc. Todos esos empresarios son consumidores y clientes los unos de los otros.

“Todos los otros empresarios, como los que benefician las minas, o los de espectáculos, edificaciones, etc. – lo mismo que los empresarios de su propio trabajo, que no necesitan fondos para establecerse, como lo buhoneros, caldereros, zurcidoras, deshollinadores, aguadores, etc. – subsisten con incertidumbre, y su número se proporciona al de su clientela. Los maestros artesanos, zapateros, sastres, ebanistas, peluqueros, etc., que emplean oficiales en proporción a los encargos que reciben, viven en la misma incertidumbre, porque sus clientes pueden abandonarlos de un día a otro: los empresarios de su propio trabajo en las artes y en las ciencias, pintores, médicos, abogados, etc., subsisten con la misma incertidumbre”[4].

 “Estos empresarios no pueden saber jamás cuál será el volumen de consumo de su ciudad, ni cuánto tiempo seguirán comprándole sus clientes, ya que los competidores tratarán, por todos los medios, de arrebatarles la clientela: todo esto es causa de tanta incertidumbre entre los empresarios, que cada día algunos de ellos caen en bancarrota”[5]

Y se llega a esta conclusión:

“…cabe afirmar que, si se exceptúan el príncipe y los terratenientes, todos los habitantes de un estado son dependientes; que pueden, éstos, dividirse en dos clases: empresarios y gente asalariada; que los empresarios viven, por decirlo así, de ingresos inciertos, y todos los demás cuentan de ingresos ciertos durante el tiempo que de ellos gozan, aunque sus funciones y rango sean muy desiguales”[6]

Con razón Murray Rothbard, quien como Jevons lo considera el fundador de la economía, ha dicho que el análisis del empresario de Cantillon es una de sus más notables contribuciones al pensamiento económico[7]. La incertidumbre es el rasgo característico de los mercados reales, algo que debía entender muy bien el comerciante, banquero y especulador que fue Cantillon. Su empresario alquila tierra y servicios productivos y adquiere insumos a precios conocidos esperando obtener de su actividad un beneficio incierto porque inciertos con los precios a los que venderá sus productos. Este es también el caso de aquellos que comprometen en su actividad sólo su propio trabajo y algunos escasos medios de su propiedad: todos los trabajadores y profesionales independientes.

La concepción de empresario de Cantillon, que, como lo indica Rothbard, anticipa la de Mises y la de la moderna escuela austríaca, desparecerá del pensamiento económico bajo la influencia aplastante de Adam Smith y, posteriormente, de León Walras.

Bibliografía

Cantillon, Richard (1755,1950). Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general. Fondo de Cultura Económica, México, 1950.

Rothbard, M. (1995, 2006). Economic Thought Before Adam Smith. An Austrian Perspective on the History of Economic Thought. Volume I. Ludwig von Mises Institute, AUBURN, ALABAMA, 2006.

 

[1] La gran significación de la obra de Cantillon para el desarrollo del pensamiento económico fue puesta en evidencia, por primera vez, por William Stanley Jevons en un ensayo titulado “Richard Cantillon y la nacionalidad de la economía política”, publicado en 1881. Este ensayo se reproduce en la edición española del libro de Cantillon publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1950.

Posteriormente, en su libro Precios y producción, Hayek recupera el análisis de Cantillon sobre la forma en que un aumento de la oferta monetaria, ocasionado por la explotación de nuevas minas de oro o plata, se transmite al conjunto de la economía alterando los precios relativos de las mercancías. Esta modificación de los precios relativos, a la que Hayek dio en nombre de Efecto Cantillon, es crucial en su explicación del ciclo y las crisis económicas.

 

[2] Cantillon, R (1755,1950). Página 39.