Economía Selección del editor

Ingreso solidario permanente: mala política pública

El ingreso solidario permanente es una mala política pública porque eleva el desempleo estructural, incentiva la corrupción y aumenta el atractivo del socialismo.

La cantidad de trabajo que ofrece cualquier persona depende de la combinación de ingreso y ocio que le parece mejor, dado un valor del salario. El costo de oportunidad del tiempo de ocio es el salario monetario que se deja de ganar al abstenerse de trabajar ese tiempo. Cuando sube el salario, se eleva el costo de oportunidad de no trabajar y las personas ofrecen más trabajo, cuando el salario se reduce, el costo de oportunidad del ocio se reduce también y las personas ofrecen menos trabajo. Como, para quien lo recibe, el ingreso solidario permanente es un pago por no trabajar, su efecto es reducir el costo de oportunidad del ocio y, por tanto, su oferta de trabajo. Proyectada a una gran población, esta conducta se traduce en aumento del desempleo voluntario estructural.

Todo subsidio requiere un método de identificación de sus beneficiarios. La estratificación y el SISBEN en las tres versiones que hasta hoy se han inventado cumplen ese papel. Permear esos métodos y hacerlos funcionar en su beneficio es el objetivo de cualquier político corrupto para convertirse en redentor de sus clientelas. Las denuncias de corrupción en familias en acción, en el PAE y todos los programas sociales son pan de todos los días. La aplicación de la estratificación, dejada en manos de los alcaldes, ha llevado a la desaparición de los estratos 5 y 6 en casi todos los municipios pues de esta forma se maximizan los subsidios recibidos de la Nación. Los 5 o más billones del programa ingreso solidario son un suculento manjar para el clientelismo y la corrupción.

La obligación de velar por el interés personal disciplina a las personas en los hábitos de la regularidad, la moderación, la previsión y la confianza en sí mismas. Esto no ocurre, en general, por voluntad propia consciente sino por la fuerza de la costumbre.  Cuando las personas están obligadas a tomar sus propias decisiones y a mantenerse con su propio trabajo, son más esforzadas, constantes, ahorrativas, sobrias, orgullosas de sus propios logros y amantes de la libertad. Habituar a la gente a depender de las ayudas o los empleos poco demandantes del gobierno tiene un efecto deletéreo sobre esos hábitos, socava la dignidad personal y diluye el sentido de libertad, todo lo cual predispone a la aceptación de la sumisión y la servidumbre. No tiene por ello nada de sorprendente que los ideólogos totalitarios sean al mismo tiempo los ideólogos del asistencialismo, que busca hacer a las personas dependientes del gobierno porque esa dependencia moldea también las actitudes políticas.