Halloween: el desafío adulto de enseñar a discernir

No todo lo que divierte es inocente. Y no todo lo que se celebra merece ingresar, sin preguntas, en el universo de la infancia. Halloween parece haber conquistado una suerte de inmunidad cultural: basta con llamarlo juego para clausurar cualquier reflexión sobre sus símbolos. Los disfraces, las calaveras, los espíritus y la estética de lo macabro quedan reducidos a una diversión simpática, como si el entretenimiento tuviera la virtud de vaciar de significado aquello que representa. Pero los símbolos no dejan de decir algo porque los adultos hayan dejado de preguntarse qué dicen.

Halloween no es simplemente una fiesta de disfraces. Su imaginario gira alrededor de la muerte, los espíritus y lo monstruoso. Sus raíces históricas son diversas y sus expresiones contemporáneas han cambiado; no corresponde atribuir a todos sus participantes las mismas creencias ni suponer que cada disfraz encierra una intención. La cuestión es otra, más profunda: ¿por qué nos parece tan natural convertir esos símbolos en motivo de celebración infantil? ¿En qué momento confundimos la posibilidad de jugar con la obligación de considerar inocuo todo aquello que se presenta como juego?

Decir que los chicos solamente se divierten no alcanza. La infancia no recibe el mundo mediante tratados filosóficos, sino a través de imágenes, relatos, gestos y rituales. Aprende también de aquello que los adultos celebran, de lo que vuelven atractivo, de aquello ante lo cual dejan de hacer preguntas. Ninguna fiesta determina por sí sola la conciencia de un niño; pero tampoco es serio sostener que los símbolos carecen de importancia. La educación no ocurre únicamente cuando hablamos. También ocurre cuando elegimos qué merece nuestra alegría.

Hay una diferencia que convendría no perder de vista: una cosa es enseñar a los niños a comprender sus miedos y otra, muy distinta, convertir la oscuridad en un espectáculo deseable. Una cosa es hablar de la muerte con la gravedad que merece y otra reducirla a una máscara, una calavera sonriente o un adorno festivo. La muerte no es una mercancía estética ni lo macabro adquiere profundidad por volverse divertido. Que podamos reírnos de nuestros temores no significa que debamos hacer de ellos el centro de una celebración. Mucho menos que toda representación merezca convertirse en una experiencia que los adultos promuevan para sus hijos.

Lo verdaderamente inquietante es la naturalidad con que se acepta esa inversión de sentidos. Vivimos en una época que muchas veces esconde el sufrimiento, evita hablar de la muerte y se incomoda ante las preguntas últimas de la existencia; sin embargo, encuentra atractivo transformar sus representaciones más sombrías en entretenimiento. La muerte se vuelve decoración, los espíritus se convierten en personajes y la oscuridad adquiere el encanto de lo comercializable. Todo puede consumirse, incluso aquello cuyo significado nunca nos hemos detenido a examinar.

Y aquí aparece una responsabilidad adulta que no debería despacharse con una sonrisa. Los hijos no necesitan que sus padres teman cada novedad, pero sí que sepan distinguir. No necesitan crecer aislados de las imágenes inquietantes del mundo, pero merecen que alguien les enseñe a mirarlas con criterio. Criar no consiste en seguir todas las tendencias para evitar que los chicos se sientan diferentes. Consiste también en tener la serenidad de explicar por qué no todo lo atractivo es valioso, por qué no todo lo popular merece nuestra adhesión y por qué la libertad no nos exime de discernir.

Hay una concepción de la existencia que encuentra su centro en la luz, en la dignidad de cada vida, en el amor que vence al miedo y en la esperanza que no se rinde ante la muerte. Desde esa mirada, no todos los símbolos son intercambiables. No da lo mismo celebrar la vida que estetizar aquello que la niega; no da lo mismo cultivar la esperanza que convertir la oscuridad en una diversión sin preguntas. No se trata de atribuir poderes extraordinarios a una fiesta ni de juzgar las intenciones de cada familia. Se trata de reconocer que también educamos con aquello que hacemos deseable.

Por eso, la pregunta no es si Halloween debe prohibirse. Es si los adultos estamos dispuestos a ejercer la responsabilidad de elegir. La tolerancia no exige indiferencia; la libertad no exige adhesión; y el respeto por quienes celebran algo no obliga a renunciar a la convicción de que ciertas representaciones merecen una reflexión crítica, especialmente cuando se las introduce en la infancia bajo la etiqueta tranquilizadora de lo inocente.

Hay una forma sutil de abdicar de la responsabilidad de educar: llamar inocente a todo aquello cuyas consecuencias simbólicas no estamos dispuestos a examinar. Así, cualquier pregunta parece un exceso, cualquier reserva una intolerancia y cualquier moda, una celebración legítima por el solo hecho de haberse vuelto popular.

Pero la madurez no consiste en aceptarlo todo, sino en comprender que nuestros actos también transmiten una idea de la vida.

Y acaso la forma más silenciosa de desamparo sea esta: dejar a los niños frente a una cultura que convierte todo en espectáculo, sin ofrecerles una razón para distinguir aquello que deslumbra de aquello que ilumina.

Matías Leandro Rodríguez

Argentino, residente de la provincia de Buenos Aires. Abogado, escritor de Novela, Cuento y poesía.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.