Guardarse un hueco

Elena Odriozola - Sentimientos encontrados

Uno siempre tiene que buscar la forma de guardarse un hueco, ya sea en el espacio o tiempo, por omisión o por gusto. Buscar dentro de todos nuestros atiborrados confines un “algo” que no sirva, que no estorbe, ni sume. Es un pequeño hueco para las postergaciones donde no sea necesario asumir las cargas de nuestras inutilidades. Dejarnos a la suerte de algún Nosequé, como dibujar sobre los márgenes, o hacer sapitos sobre el agua con una roca o acuchichar al aire con los versos de un poeta o un cantante.

Se trata de nosotros mismos en ciertos vacíos sin la fatigosa necesidad de justificar nuestros actos, y creo que está bien. Hay cosas que no se expresan, no se discuten, no se confrontan. No le debo a nadie la explicación del por qué no me gusta pisar las juntas de la calle, ni porque en ocasiones horado el vacío con puño certero a la ingle de un impertinente que no existe. Convivo pacíficamente con ciertos odios unilaterales que no me carcomen, como el aborrecimiento que tengo sobre las personas que hablan como si estuvieran llorando, o de los que caminan con traspiés, o los que no atinan a invitar a un tentempié, o los que omiten, por capricho, ciertas coqueterías.

He convivido en ocasiones con ese odio a mí mismo sin que me importe demasiado, y no sé cómo explicar que esto no es una contradicción, o tal vez que no es del todo mía esa indiferencia o repudio, sino que le pertenece a un otro que me habita, que es escurridizo y suele escaparse por vericuetos donde no lo alcanzo y no lo veo, y que solo puede verlo aquellos que me quieren aún tal vez, a pesar, o quizás por eso mismo.

Guardo en uno de tantos huecos la forma personal y crítica de querer un país que tiene más existencia en mi imaginación que en lo tangible, que no es ficticio, y lleva el nombre de Colón. Guardo en un hueco la agotada descripción de mi persona, que suelo usar para hablar con quien no me importa mientras hablo internamente conmigo sobre otros asuntos que oscilan entre lo profundo y lo banal. Descripciones, a todas estas, que de tanto decirlas y tanto creerlas, terminé por perderles la fe y por no escucharlas.

En mi corazón tengo un hueco habitado por ausencias. Corazón que hasta hace poco había tenido la fortuna de esquivar la muerte, la propia, sin duda, pero también la de mis seres queridos. Pero ahora que mi abuela se ha ido comienzo a sentir un dolor que no localizo, y de a poco tengo que asimilar que la tristeza no es creer que no llega, sino que no está. Que en el anfiteatro donde fuimos juntos hay una silla vacía que le pertenece. Y que esa y otras sillas más, dispersas al frente y los costados, comienzan a tener esa ausencia irrevocable mientras yo tengo que seguir mirando al frente y notar como paulatinamente el aplauso del final se hace cada vez más débil.

Entonces aguardo, me moro, me dejo en mora. Dejo que otro que también soy, sea el que me invada y me rompa, me transforme… me sane. Dejo en las esquinas y en el centro un par de huecos para caer en ellos y salir apenas. Para ver de soslayo un par de recovecos en los que he sido inútilmente feliz o triste. Y hacerlo con la tranquilidad que produce dar un paso sin pensar que se avanza ni se retrocede, como el que camina escuchando el poema de Machado en la voz de Joan Manuel Serrat. Un hueco para procrastinar, porque solo aquellos que han aprendido a hacerlo también han aprendido a aplazar las angustias y han desarrollado esa habilidad de no pre-ocuparse sobre un futuro a fin de cuentas incierto e inexistente.

Y hay grietas del tamaño de la luna o de un corazón roto, para tener en él eso que hemos sido o querido cambiar; lo que no fuimos y eso que no podemos dejar de ser. Y también hay que saber guardarse un hueco para nuestro descanso eterno. ¿De qué tamaño debiera ser? Tolstoi se preguntó ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Su respuesta fue – un hueco de dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, es todo lo que se necesita-. Pero eso es algo que podemos postergar para otro momento.


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Imagen: Elena Odriozola.

Andrés Felipe Pérez Tamayo

Politólogo UPB. A veces escribo sobre lo que me da la gana y otras sobre lo que necesito. Ex cuerpo de paz. Me gusta narrar.

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