Fragmentación política, esa nueva concepción ideológica

     

Es necesario levantar el discurso e instalar, a la luz de la filosofía política y el pensamiento contemporáneo, las grandes corrientes ideológicas que hoy predominan en el mundo…

“Del reino de la necesidad a un reino de la abundancia”   Marx.


En la cotidianeidad me puede faltar casi todo, no obstante, no me puede faltar la radio ni los informativos de la T.V. Soy en esencia y existencia un radioescucha de noticias. Ahora, si me preguntan por qué, a decir verdad, no lo sé bien. Hoy escuché un programa de políticos, me atraen estos programas de sobremanera, pero no los entiendo (como dice la mayoría de la gente):

Escuché que los liberales ayudaban más a los pobres, que los socialistas se habían aburguesado, que un demócrata tiranizaba a su pueblo, que la derecha se había caído hacia un punto neutro, hacia un punto ocupado por la izquierda tradicional, que la dictadura madura se prostituía “por todas partes”, que en el austro un joven marxista, imberbe todavía, pactaba con los de extrema derecha, y suma y sigue…

Creo entenderlos, estimados lectores, en tanta ambigüedad el debate político ha descendido a un nivel elemental, en donde se han dejado de lado las concepciones políticas, las posturas económicas y los desafíos en pro del bienestar social, por ventilar rencillas, anécdotas, corrupciones, peripecias electorales, y otros contubernios innombrables, entre una derecha que “mantiene livianamente su status quo” y una “izquierda recalcitrante, sin un horizonte”, sin sustancias ambas, a veces desligadas de la realidad, fuera de contextos y enfrascadas en eternas filípicas sobre lo mismo. Es necesario levantar el discurso e instalar, a la luz de la filosofía política y el pensamiento contemporáneo, las grandes corrientes ideológicas que hoy predominan en el mundo y que nos servirán para entender si nuestros políticos son consecuentes, tienen convicciones claras, o nos encontramos en el más absoluto extravío.

A saber, actualmente, en el mundo entero, predominan solo tres concepciones en la filosofía política, desde donde arrancan otros modelos ideológicos pero intrascendentes. Estas son, la Democracia Liberal, la Multiculturalista o Postestructural y la Marxista. Intentaremos darle una mirada a cada una de ellas, desde el problema del sujeto y desde la cuestión de la ideología, claro que, a grandes trancos, por la índole de esta columna de opinión.

La concepción Demócrata Liberal, sostiene que sus sujetos son de distintos estratos sociales, económicos, étnicos, diferentes edades, culturas diversas, iglesias y religiones, de lo urbano y de lo rural, de géneros singulares, etc., y que comparten una misma línea ideológica, consensuada, deliberada y desarrollada desde un mismo acuerdo comunicativo, siendo todos diferentes, y todo porque poseen una cosa en común, la racionalidad de todos los sujetos. Explicita igual que sus sujetos racionales son soberanos de sí mismo, de su racionalidad, desentendiéndose en gran parte de sus identidades, a modo del sujeto cartesiano (Pienso, Luego soy). A la luz de los acontecimientos, esta concepción eminentemente mercantilista ha dominado gran parte de occidente, trayendo, sin duda, progreso y bienestar, empero, a costa de una enorme crisis de la identidad, especialmente moral.

La concepción Multiculturalista, llamada también Postestructuralista de Michel Foucault, es totalmente contraria a la demócrata liberal, no cree en un sujeto racional, dueño de sí mismo, consiente de su libertad y toma de decisiones, sino de un sujeto (más bien un individuo con identidad) producto de los influjos de la experiencia histórica, la contingencia y el poder. En suma, una identidad producto de la más extrema subjetividad histórica (Circunstancia de ser una persona en concreto y no otra, determinada por un conjunto de rasgos o características que la diferencian de otras): a la raza que pertenece, a su identidad de género e identidad sexual, al estrato socio-económico, a la etnia que pertenece, a la región que profesa, a su nación o terruño, incluso a sus modas y formas de vivir. Este sujeto, desde su subjetividad debe anclarse a la colectividad de identidades, la que es modelada por la creación de un contexto histórico y las fuerzas de poder imperantes.

La concepción Marxista, ideológica por antonomasia, no concibe un sujeto racional ni un sujeto determinado por un conjunto de rasgos o características que lo diferencia de otros, postula una idea de hombre, totalitario y producto de un proceso dialéctico histórico, en donde la propiedad, la organización de ella, el control y la distribución colectiva de toda la producción le pertenecen al estado. No obstante, valga decir que, después de la caída de los socialismos reales éstos no se han podido levantar (quizá jamás se levanten), pues ya no existe el sujeto proletario industrial, menos aún un relato convincente de “lucha de clases”.

Karl Marx, uno de los magnos maestros del siglo XIX, autor de “El Capital” y de “El socialismo científico”, sigue vivo, sin duda; sin embargo, su “concepción materialista de la historia”, aquella concepción que cambiara, en su tiempo, a la humanidad toda, concepción, cuasi profética, de una sociedad ideal, “del reino de la necesidad a un reino de la abundancia”, ha muerto, sólo su fantasma sigue vivo. Y de que se sepa los fantasmas no hacen la historia. Y lo más sorprendente, como los marxistas de hoy ya no tienen el proletariado, no tienen un sujeto material ni racional ni colectivo, persisten en inventarlo, con aquellos desplazados de la sociedad, con minorías descolgadas, descontentos, todo tipo de marginados, rebeldes, anómicos, intelectuales desadaptados, alumnos coléricos. Suma y sigue…

Mientras tanto, los burgueses siguen en su bacanal de mercancías y la clase media progresista circula por el mall universal de los deseos… El neoliberalismo capitalista, una faz renovada de la Democracia Liberal, impera en todos los espacios, especialmente en occidente, devorándolo todo.

Sin embargo, estimados lectores, hoy abundan las ideologías sucedáneas, sin suelos firmes en donde anclar a sus sujetos, que de pronto aparecen como espejismos, y como espejismos vuelven a desaparecer; existen, y de pronto no existen, como sujetos fenomenológicos para una conciencia ilusoria; porque, quizás hasta el sujeto “pensante” que somos, sea sólo una ilusión, un vacío, una herida que jamás podamos suturar.

 

 

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Víctor Henríquez

Profesor de Estado en Castellano y Filosofía

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