Filosofía Opinión Selección del editor

Filosofía subversiva y conversiones vitales.

El pasado 18 de noviembre se celebró el día mundial de la filosofía. Desde Sócrates, esta disciplina ha sido una actividad subversiva en la sociedad, de ahí que hoy se la quiera suprimir de los currículos escolares, pues pensar resulta peligroso para el orden existente. En este artículo se explica su papel subversivo a la vez que se alude a las conversiones vitales que la misma debe producir. 

Una de las primeras alusiones a la palabra “subversión” la encontramos en el romano Cayo Salustio (86-35 a.n.e) en la expresión subvertere leges ac libertatem, esto es “subvertir las leyes y las libertades” que era justamente lo que quería hacer Lucio Sergio Catilina al tomarse el poder en Roma. Desde esta perspectiva, el concepto es tomado de manera negativa, pues hace referencia a la dislocación del orden natural (o naturalizado) y normal de las cosas. La subversión así entendida se refiere a un ataque contra el orden social establecido, podríamos decir, hegemónico. Por eso en los siglos venideros la expresión fue utilizada por los defensores del Statu quo para deslegitimar a todos aquellos que se opusieron a los sistemas políticos o regímenes sociales imperantes.

La palabra está relacionada con el verbo subvertir, de las raíces latinas sub, que quiere decir abajo, y, vertere, que significa dar vueltas. Así las cosas, subvertir es darle la vuelta a algo desde abajo, desde la raíz, esto es, voltear los pilares de algo. Por eso, el DRAE trae el significado de “trastornar o alterar algo, especialmente el orden establecido”. De ahí se deriva subversión como inversión o revolución del orden existente. La palabra también se ha utilizado como adjetivo, cuando se dice “esa doctrina es subversiva”, lo cual, en pleno Renacimiento llevó a la hoguera a más de un hombre heterodoxo. Desde este punto de vista, el adjetivo sirvió para macartizar hombres y doctrinas opuestos a la iglesia. Por eso la expresión se ha usado de manera peyorativa para deslegitimar los intentos de cambio social ya que puede llevar a la anarquía o a la dictadura. Sin embargo, como el lenguaje es también el sedimento de la experiencia, la historia está plagada de ejemplos donde el subversivo de hoy es el revolucionario del mañana. Basta pensar en los casos de Sócrates, Espartaco, Martín Lutero o Simón Bolívar. Ahora, ¿es posible hablar de una filosofía subversiva?

El caso de Sócrates es paradigmático porque permite dar una respuesta afirmativa a esa pregunta. La filosofía así calificada parte de la idea positiva de la subversión, entendida como como una acción moralmente justificada frente al orden de cosas presente. El subvertor no pretende destruir la sociedad sino “reconstruirla según novedosas ideas y siguiendo determinados ideales o utopías que no acoge la tradición”, como pensaba Orlando Fals Borda. En este campo, la filosofía no solo opera como disolvente de los valores hegemónicos y su justificación, sino que permite aclarar el panorama sobre el cual actuar; también puede apostarle a la creación de posibilidades, alternativas, vías y caminos posibles. Si bien la filosofía no da recetas aplicables, ni mucho menos fórmulas, en su quehacer aparecen muchas posibilidades, desde la recuperación de ideas sepultadas por la historia, ideas que pueden tener un grado de vigencia, hasta otras funciones como la aclaración del lenguaje, de los términos, pasando por su función inicial y más reconocida de ser crítica del tiempo presente, tal como lo fue desde Sócrates, quien incluso dio la vida por el amor a la verdad, por esa necesidad de taladrar las conciencias que creían saberlo todo, cuando en realidad no sabían dar cuenta de nada. Por eso, en Sócrates la filosofía ya es incomodidad, es impúdica porque desnuda la ignorancia prepotente, y porque cuestiona hábitos, costumbres y tradiciones asentadas, pero no reflexionadas, presentes en una sociedad. Si Sócrates fue víctima de los atenienses a quienes quería ilustrar, fue porque el pensar mismo es un riesgo, y porque permanecer en la comodidad de la tradición, de lo sabido y consabido, de lo dado, de lo solidificado, les parece más fácil y confortable a la mayoría y, muy especialmente, a quienes se benefician de la ignorancia democratizada.

Marx y Nietzsche también entendieron el papel subversivo de la filosofía. En el caso del primero, si subvertir es darle la vuelta a algo, tomándolo por debajo (sub-vertere), si es trastocar el orden, es claro que no se trata de una mera inversión. Era algo mucho mayor. Eso fue lo que planteó Marx cuando habló de la necesidad de superar la filosofía clásica alemana, lo cual debe entenderse como una “superación en cuanto realización”. Esa superación no operaba solo en el pensamiento, a nivel del concepto, sino que exigía el cambio del orden social vigente por uno más justo, lo que requería la transformación de las condiciones materiales de existencia y del orden social imperante. Esta idea de Marx trastocó, para bien y para mal, y pasando por muchas tergiversaciones, varios órdenes políticos en el siglo XX.

Nietzsche, por su parte, en una carta de 1888 le escribía a Paul Deussen que: “ser cristiano será indecente. Incluso de esta subversión la más radical que conoce la humanidad, hay ya en mí muchas cosas que se encuentran en acción y en marcha”. Nietzsche se refería a la transvaloración de todos los valores y a la superación de la sociedad cristiana occidental en una nueva época: la era postcristiana. Esa gran transformación es, pues, una subversión, ‘la más radical que conoce la humanidad’. Por eso en Ecce Homo es plenamente consciente de lo que su nombre y su obra significan: “Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo gigantesco,- de una crisis como jamás la había habido en la tierra, de la más profunda colisión de la conciencia […] contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido, santificado”.  Es preciso decir, que la subversión de la que habla Nietzsche no se da en el presente, sino en el futuro, y es a ello en lo que puede contribuir la filosofía, en la medida de sus posibilidades, para no caer en mesianismos filosóficos ni de ningún tipo, pues la realidad con sus determinaciones no se cambia bajo pedido, ni es producto del solipsismo teórico de un individuo, sino que requiere disputarse la hegemonía social en un mundo plural, diverso y, por ende, conflictivo. Si en cada época hay un “régimen intelectual” dominante, como ya sabía Augusto Comte, y como lo entendía Marx, no es descabellado pensar que la filosofía aspire a esa posición, pero eso requiere pasar por antagonismos, agonismos y disputas, si se desea producir subversiones reales y concretas. Esta posición utopista (y, por supuesto, optimista) implica tener en cuenta con Horkheimer que: “lo que nosotros entendemos por crítica es el esfuerzo intelectual y en definitiva práctico, de no aceptar sin reflexión y por simple hábito las ideas, los modos de actuar y las relaciones sociales dominantes”.

La filosofía subversiva implica recuperar “la filosofía como forma de vida” (Pierre Hadot), como dislocación del lugar en que habitamos en la vida cotidiana; exige vocación por la claridad y el esclarecimiento del presente y de la circunstancia, asunción del saber filosófico como una sabiduría, como un ejercicio permanente de autorreflexión sobre nuestra posición en el mundo y nuestras relaciones con el medio y con los otros. Aquí lo subversivo también es una perturbación de la manera como entendemos el mundo de la vida, y de cómo generamos cortocircuitos e interferencias en las ideas dominantes, en los hábitos no reflexionados, en las relaciones sociales no cuestionadas. Así, es una filosofía que desnuda lo cubierto de sus ropajes, una filosofía que desde los distintos ángulos de la sospecha se convierte en la “conciencia malvada de su tiempo”, como pensaba Nietzsche.

La filosofía como subversión al retomar la idea de la filosofía como forma de vida exige una conversión vital. Y esta es la segunda idea clave de este artículo. Normalmente, al hablar de conversión nos remitimos a la esfera religiosa y pensamos en la conversión de Pablo camino a Damasco o en la conversión de San Agustín o de Constantino al asumir al cristianismo, pero la conversión no es un fenómeno exclusivamente religioso, puede ocurrir en otras formas de vida. Hay conversiones políticas, cambios abruptos de ideología, pero también hay conversiones en las practicas vitales. En ese gran libro que es La construcción social de la realidad, que no es más que una lectura fenomenológica de la sociedad, es decir, de la fenomenología al servicio de la sociología, Peter Berger y Thomas Luckman presentan la conversión como una forma de “alternación”. Estas alternaciones son transformaciones totales. Y requieren procesos de “resocialización” porque exige la producción de una identificación fuertemente afectiva hacia un nuevo estilo de vida y, por ende, hacia la interiorización de una nueva realidad. Desde luego, esta forma de vida no surge de la nada, ex nihilo, pero implica desintegrar la anterior forma de vida, sus normas, sus valores, sus prácticas para producir una nueva realidad subjetiva.

Esta conversión supone resignificar la vida, los valores, las aspiraciones, el mundo, el sentido de la existencia. Exige el cambio de prácticas, por eso es que toda conversión equivale a “una ruptura biográfica” fundamental que comporta nuevos esquemas interpretativos de lo que somos. Las apuestas por la soledad, por el ocio creativo, por la vida modesta con los bienes necesarios, la revaluación de los placeres, el alejamiento del consumo masivo, la sustracción a las modas académicas y a las modas tecnológicas, el rechazo a lo hegemónico, a lo que le gusta a la mayoría de la gente, evitar el mal gusto de querer estar de acuerdo con todo el mundo, y el ser sincero y firme con la vocación por la filosofía, por el pensar, por la investigación, todos estos actos simples, equivalen a una conversión filosófica.

La filosofía que ha producido una conversión en el filósofo, tal como ocurrió con Wittgenstein, ha modificado su existencia, le ha dado un nuevo punto de apoyo, le ha abierto una nueva perspectiva y horizonte vital;  “cambia su modo de ver y valorar lo que se le ofrecía desde la perspectiva anterior”, como pensaba el filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez. Por ejemplo, para quien se ha convertido a la filosofía, la conversión equivale a salir de la caverna, o incluso, a dinamitarla, o pasar de la actitud natural donde vagamos y tratamos irreflexivamente entre y con las cosas, a una actitud filosófica donde, también, somatizamos la nueva forma de existencia y cuestionamos el llamado sentido común estructurado y enconado en la vida cotidiana.

Esta concepción de la filosofía no puede escapar a la autocrítica, lo cual sería un suicidio y una flagrante contradicción. Decía Gadamer: “La filosofía es ilustración, pero ilustración incluso contra el dogmatismo de sí misma”. Y es aquí cuando se hace necesario que la filosofía cuestione sus propias prácticas: el solipsismo, el clasismo, el aristocratismo, el elitismo, y hasta el sexismo, tal como lo anunciaba hace algunos años Michel Onfray. Y esta autocrítica puede abrir el trabajo filosófico tradicional a la asunción de una pluralidad de prácticas filosóficas más encaminadas a lograr una presencia de la filosofía en la esfera pública y en el ámbito social, o simplemente, derivando en otros posibles usos críticos de la filosofía. Esta apertura puede plenamente coexistir con las múltiples concepciones y prácticas actuales que se dan en el campo filosófico, entendido este como un “ámbito de realidad” compuesto por actores, prácticas, discursos y donde se dan disputas por ciertos bienes simbólicos. En la pluralidad de estas prácticas filosóficas y en su posibilidad, más allá de la filosofía “congénitamente profesoral”, como la llamaba María Zambrano, radica la riqueza del filosofar.

 

About the author

Damián Pachón Soto

Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander. Ha sido profesor invitado en varias universidades nacionales y extranjeras, ente ellas, la Universidad Nacional de Colombia, La Universidad de Antioquia, El Instituto Cervantes de Tokio, La Universidad de Nanzan en Nagoya y la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe en Japón. Autor de varios libros, entre ellos: Estudios sobre el pensamiento colombiano, Vol.1, Estudios sobre el pensamiento filosófico latinoamericano, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse (2a ed.).

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