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Expone Galo Ibarra Haciendo la lucha, serie fotográfica

Galo Ibarra Palacios. Fotografía: Carolina Moreno Echeverry

“Haciendo la lucha, serie fotográfica del artista mexicano Galo Ibarra Palacios, hombre de lodo, está inspirada en los héroes y villanos que no solamente se observan en las arenas, sino también en las películas, en la obra plástica de diversos autores, en las funciones televisadas, en los textos de algunos de los escritores más reconocidos de México”.


“Respetable público: lucharán, a dos de tres caídas, sin límite de tiempo. En esta esquina: el Santo y el Cavernario; y en esta otra: Blue Demon y el Bulldog”. Esta canción del Conjunto África es emblema de una de las manifestaciones más importantes de la cultura popular mexicana: la lucha libre; versión de la lucha libre profesional, en la que se combinan las disciplinas de combate y artes escénicas para representar enfrentamientos cuerpo a cuerpo.

El estilo de las llaves; las acrobacias aéreas dentro y fuera del ring; la rivalidad entre los “técnicos” (héroes que al utilizar técnicas legales buscan ganar de manera “limpia” el combate) versus los “rudos” (villanos que infringen las reglas del cuadrilátero); el uso de las máscaras, signos distintivos de los luchadores; la euforia y algarabía de los espectadores son algunos de los rasgos más característicos de este espectáculo deportivo.

Míticos son los luchadores mexicanos: El Santo, Blue Demon, Cavernario Galindo, Huracán Ramírez, Rayo de Jalisco, Mil Máscaras, Canek, Perro Aguayo, Místico, Dr. Wagner, Rey Misterio. Estos gladiadores entrenan durante años para fortalecer su cuerpo, soportar los golpes, amortiguar las caídas de sí mismos y de los contrincantes, mejorar el dominio de las técnicas acrobáticas y de sumisión; adiestramiento que les permite ganar reconocimiento entre el público y ser reconocidos como los dioses enmascarados:

Dentro del barrio,
existía un temerario,
un loco, que luchador se creía…

Con máscara de Blue Demon,
en la multitud se metía
a luchar contra todos con valentía.

Lo enloquecía las peleas del sábado,
la Triple A, rudos contra técnicos,
máscara contra cabellera.

El loco se emocionaba

con delirios salía y peleaba contra cualquiera,
que en su rumbo se metiera.

La máscara le daba poderes,
a los policías, la cabellera les mordía,
y a los demás, con técnicas vencía.

Un buen día, la gente se rifó,
y lo mandaron a un manicomio,
donde al mismísimo Santo encontró.

Allí, los dos luchadores,
entretenían al público invisible,
que los colmaban de aplausos y emociones.

Los guardias con tranquilizantes llegaban,
pero Blue Demon y el Santo se miraban,
se ponían de acuerdo, chocaban sus palmas,
y a los guardias ¡se cargaban!

Adversarios en el ring, amigos en la vida.

¡Viva Blue Demon!

¡Viva el Santo!

En el ring, según Carlos Monsiváis, “la violencia callejera alcanza su hermosura posible”: los luchadores van y vienen, las piernas se estiran para renacer como tenazas, los brazos se anudan casi en cualquier parte, el réferi sigue a los contendientes en espera de ser tomados en cuenta en la última caída. De acuerdo con el escritor y periodista mexicano, la lucha libre es deporte, teatro y festividad del pueblo:

¿Qué odio inmisericorde no anhelaría el desahogo de unas patadas voladoras? ¿Qué necesidad punitiva no desea estrechar al enemigo con un ‘abrazo de oso’? En la arena, los cabellos recién cortados del rival son trofeo de guerra y son la guerra misma, el desenmascaramiento es la pérdida del rostro, y los cetros mundiales y nacionales son ilusiones que la Raza de bronce reconoce. Sin suspender su envío de latas de cerveza y de aullidos casi líquidos, el público envejece, rejuvenece y se estaciona en cualquiera de las fechas de su entrañable anacronismo.

Las amenazas y desafíos, transgresiones y revanchismos de los contendientes, cuya rivalidad se va construyendo en el tiempo, propician que los espectadores se involucren en la lucha libre hasta formar parte de ella con sus gestos, expresiones, gritos e insultos, haciendo que este espectáculo deportivo sobrepase los límites del cuadrilátero. En las funciones de los domingos, por ejemplo, es bastante frecuente observar a las niñas y niños usando las máscaras de sus luchadores favoritos, se entusiasman tanto o más que sus padres. El uso de la máscara, como bien recuerda Julio Crespo, “guarda relación con la cultura popular mexicana, y se enraíza hasta llegar a la historia prehispánica del país”, con los precedentes de las máscaras olmecas, teotihuacanas, aztecas y mayas.

Haciendo la lucha, serie fotográfica del artista mexicano Galo Ibarra Palacios, hombre de lodo, está inspirada en los héroes y villanos que no solamente se observan en las arenas, sino también en las películas, en la obra plástica de diversos autores, en las funciones televisadas, en los textos de algunos de los escritores más reconocidos de México. Esta exposición nace con la intención de hacer un reconocimiento a estos gladiadores contemporáneos; pretende retratarlos en escenarios distintos a los cuadriláteros; busca mostrar a algunos de estos ídolos del ring en su esencia más natural.

La muestra Haciendo la lucha actualmente se exhibe en Flores y sabores, restaurante ubicado en el barrio Carlos E. Restrepo de Medellín, y permanecerá abierta hasta septiembre.

 

Esto fue escrito por

Carolina Moreno Echeverry

Ingeniera civil, Maestra y Doctora en literatura. Consultora empresarial de instituciones públicas y privadas, docente e investigadora universitaria en Colombia y México. Ha sido colaboradora en diversos medios de comunicación mexicanos. Lectora gozosa y apasionada difusora de los placeres de la lectura y escritura.

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