Etnopolítica en movimiento: organización indígena

Las características de las movilizaciones étnicas en cada localidad responden a distintas situaciones políticas, económicas, sociales y culturales en las que se ven sumergidas, así mismo, las exigencias por las que una organización surge, y porta como objetivo, también se supedita a las condiciones particulares de la misma. Las estrategias que estos grupos etnopolíticos formulan varían conforme a su peculiaridad; no existe una manera estricta de llevarse a cabo, sin embargo, comparten elementos comunes de acción y organización; una de ellas es que “recurren en sus demandas a un lenguaje político estructurado de acuerdo a la lógica dominante”. (Bartolomé, 2000, p. 235). Al hablar sobre etnopolítica se puede hacer referencia a una reivindicación política a través de criterios étnicos o una reivindicación étnica a través de criterios políticos; la primera corresponde a la toma de decisiones para con los grupos étnicos desde el plano gubernamental, el segundo -que es el que se tomará a consideración-, a la organización étnica con inserción en la política dominante, retomando la lógica del Estado como un medio para obtener los beneficios que consideran correspondientes a la situación particular en la que se desenvuelven. Aunque no se limita sólo al espectro político y jurídico, sino que abarca cuestionamientos de carácter identitario, por ello, uno de los objetivos principales de los movimientos indígenas es la de construir o reconstruir una identificación colectiva como base que posibilite la inserción al ámbito político con mayor presencia.

Los grupos etnopolíticos rompen con los esquemas tradicionales de organización, se van desenvolviendo en el ámbito político con la participación activa de líderes intelectuales que, no precisamente, forman parte de la misma organización local que comúnmente se enfocan en el ámbito religioso. Este hecho afectando notablemente en el poder de convocatoria y movilización, ya que la apropiación de las lógicas de estado hacia una comunidad con características organizativas propias, ocasiona un grado de redimensionalización y refuncionalización que llegan a ser discutibles en la localidad.

Una de las discusiones que se tiene al respecto de los movimientos etnopolíticos son las que van enfocadas al manejo y desviación de estos. Si bien, no necesariamente hay o puede haber manipulación por parte de un entramado de partidos políticos, gobiernos u organizaciones privadas o sociales, que aprovechan la generación de grupos de carácter étnico para ser un artilugio de intereses, es un hecho que esto ocurre; normalmente articulados como grupos de choque o, incluso, para ser benefactores de políticas públicas de tipo asistencial para la obtención de recursos económicos. No se trata de reducir el movimiento etnopolítico a una organización manipulable, ni negar la legitimidad con la que se despliegan, sino de la comprensión real de la dimensión que estos grupos pueden o tienen como organizaciones con un cierto grado de fuerza y representatividad.

A su vez, se vuelve necesario mostrar que los movimientos etnopolíticos han logrado integrarse a los sistemas gubernamentales, desarrollando una definida base social en la cual apoyarse; así, los esquemas consuetudinarios y las nuevas formas de organización se flexibilizan propiciando que a partir de las bases jurídicas y políticas para su beneficio se complementen sin ninguna dificultad.

La falta de apoyo y la poca respuesta gubernamental ante la situación indígena ha desarrollado en ellos una serie de formas de organización que van más allá de las exigencias hacia el sector político, ampliado su relevancia considerablemente hasta llegar a ser expositoras de un proyecto integrativo de alcance nacional. Su carácter se configura y reconfigura constantemente, las relaciones sociales e identitarias se van transformando de acuerdo al dinamismo y logran así, otras formas de organización.

Un elemento sustancial a la hora de hablar sobre etnopolítica es sobre el concepto de autonomía. Esta concepción es relativamente nueva y fue posicionada dentro de la esfera social y académica mexicana a partir de la celebración en torno al quinto centenario del llamado “descubrimiento” de América, atenuado con mayor énfasis dos años después con el levantamiento zapatista de 1994 en Chiapas; no obstante, el complejo desarrollo de la autonomía ya se ha llevado a cabo con anterioridad en distintas épocas: dos casos concretos son La república de indios en la Nueva España, cuya ordenamiento político y territorial era llevado a cabo a partir de normas propias, y los llamados Quilombos, que fueron organizaciones políticas de esclavos negros en América.

La autonomía se define cabalmente de manera tipológica por Mabel Thwaites (2004) a la luz de la experiencia argentina del 2001 de la siguiente manera: “Autonomía del trabajo frente al capital (autogestión), autonomía del sujeto social frente a las clases dominantes (ideológica) y, por último, la autonomía social e individual (como modelo de sociedad). (p. 17).  Es decir, no hay una  única vía para el proceso de la autonomía; así como las problemáticas sociales y las formas por las que una organización surge son diversas, la autonomía depende, de la misma manera, de las características de cada país y de las culturas que comprende.

La autonomía es un grado de ordenamiento mayor que se emprende evolutivamente con la organización etnopolítica; es decir, la reivindicación étnica a través de criterios políticos toma a consideración la organización propia, se compone y estructura de acuerdo a los parámetros que la articulan y es, a partir de ahí, que la autonomía puede convertirse en un modelo de funcionamiento que le permita resolver las necesidades que le son propias. Por otro lado, la autonomía no es un objetivo que toda organización étnica busque para sí, ya que la diversidad que hay respecto a las formas de organismo es proporcional a la heterogeneidad de un país que se consagra como multicultural.

No hay duda de que la multiculturalidad es evidente, existe y funciona bajo sus propias dinámicas con su correspondiente lógica de organización; tampoco lo es el hecho de que existe un sistema hegemónico de dominio en el cual esta diversidad étnica tiene que desenvolverse. Propuestas sobre la autonomía, los planteamientos del indigenismo participativo y las consideraciones del etnodesarrollo son elementos que surgen para posicionar el hecho indígena dentro de la esfera política nacional e internacional; es cierto que algunas movilizaciones pueden cuestionarse en efecto de su organización, pero es innegable que en sí mismo encierra ya un rompimiento al esquema nacional impuesto y regido bajo los mismos parámetros, entendiendo que la diversidad cultural es inherente a la condición humana, y reducirla a un solo enfoque es contraponer lo evidente por esquemas abstractos que terminan siendo insostenibles desde la base. Como atinadamente menciona el antropólogo Jesús Serna Moreno (1983):

Ni las más despiadadas formas de genocidio y etnocidio, ni las más sutiles de los actuales integracionismos, que en tantos siglos se han puesto en práctica contra los pueblos indios de América Latina han logrado extinguir su variopinta presencia. (p.58)

 

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[author] [author_image timthumb=’on’]https://pbs.twimg.com/media/Bw37T68IAAAs0UU.jpg:large[/author_image] [author_info]Raíces Estudiante de Sociología de la Universidad Autónoma de Querétaro. Actual integrante del Instituto de Investigaciones Multidisciplinarias y co-autor de investigaciones de forma independiente sobre movimientos etnopolíticos. Columnista en el suplemento Voz Zero y Al Poniente. Escritor autónomo con participación periódica en revistas locales y nacionales. Intereses en: Movimientos sociales, literatura y filosofía.[/author_info] [/author]

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